Gerald Finley, el ‘über’-romántico

Madrid

22 / 11 / 2023 - José María MARCO - Tiempo de lectura: 3 min

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ciclo lied Gerald Finley y el pianista Julius Drake en el Teatro de La Zarzuela © CNDM / Rafa MARTÍN

Centro Nacional de Difusión Musical (CNDM)

Recital de GERALD FINLEY

XXX Ciclo de 'Lied'

Obras de Robert Schumann, Franz Schubert, Henri Duparc, Benjamin Britten, Graham Peel, Ralph Vaughan Williams, Franz Liszt, Charles Ives y Cole Porter. Julius Drake, piano. Teatro de La Zarzuela, 20 de noviembre de 2023.

Para su recital en el Ciclo de Lied del del CNDM y del Teatro de La Zarzuela, Gerald Finley y Julius Drake escogieron un programa variado; la primera parte la dedicaron al más puro romanticismo alemán y la segunda a la canción anglosajona, con un intermedio dedicado a la mélodie francesa y cuatro canciones de Henri Duparc.

En la vertiente alemana, el hilo conductor resultó ser Heinrich Heine, autor de los poemas que sirvieron de inspiración a las obras seleccionadas de Schumann y de Schubert: del primero, una antología de canciones variadas, y del segundo, las firmadas por Heine del Schwanengesang (Canto del cisne). Es una excelente elección para Finley que se mueve como nadie en ese universo, entre lo heroico, lo lúgubre y la ironía, cuando no el sarcasmo, tan característico del poeta alemán. También hacen de él el genio romántico por excelencia, como en nuestro país lo es Larra, y al mismo tiempo —¿cabe algo más romántico?— el crítico más implacable y más cáustico de los clichés románticos: véase la versión, con un Drake en estado de gracia, de la enigmática y burlona Mein Wagen rollet langsamMi carruaje rueda lentamente— de Schumann.

"Hay en la voz de Finley, de una belleza que a estas alturas no necesita ser ponderada, una calidad heroica, siempre enérgica, juvenil, propia de una masculinidad a flor de piel"

Y es que hay en la voz de Finley, de una belleza que a estas alturas no necesita ser ponderada, una calidad heroica, siempre enérgica, juvenil, propia de una masculinidad a flor de piel que le permite afrontar abiertamente, sin segundas intenciones, el retrato de los dos granaderos derrotados de Schumann, con su cita, demasiado humana, grandilocuente y grotesca, de La Marsellesa (Die beiden Grenadiere) o la tragedia patética de un Atlas sometido a la tortura de sostener para siempre el mundo entero. Esa dimensión sobrehumana, hecha posible por una proyección fabulosa y un control apabullante de las dinámicas y los reguladores, le permite también escenificar, sin llegar a la extroversión operística, la truculenta escena de Belsatzar de Schumann y, claro está, iluminar como quien lo está viviendo la siniestra alucinación de Der Doppelgänger (El doble) una de las muchas maravillas de la velada. Esta calidad, tan propia de Finley, no le impide transitar con inteligencia y sensibilidad por territorios más líricos. El barítono canadiense sabe fundir su voz en registros de extraordinaria suavidad, reducir para subir al agudo, mantener un hilo de voz milagroso sin perder el color y mantener una línea de canto tan elegante que parece que una canción entera vaya interpretada sin una sola pausa.

Así se pudo comprobar en Lehn’ deine Wang’ (Posa tu mejilla) de Schumann, que abrió el recital (con cierta brusquedad antisentimental muy bienvenida, y muy de Heine), en la preciosa versión de Das Fischermädchen (La pescadora) de Schubert y, claro está, en las cuatro mélodies de Duparc, cantadas con una nonchalance que no impidió el contraste casi violento entre, por ejemplo, la voluptuosidad artificiosa y deprimente de L’invitation au voyage (Invitación al viaje) y la sensualidad solar y veraniega de la virgiliana Phidylé. Vino luego el bloque anglosajón, del que Finley es un gran paladín. Resultó, como es lo propio de este repertorio, y eso a pesar del virtuosismo del cantante, un poco tedioso: canciones para sorber el té con scones y velitas aromáticas. En estas circunstancias, el Night and Day de Porter resultó casi tétrico. Gracias a Dios, en las propinas llegó una canción de Ravel, y con ella toda la vitalidad, la gracia y el gusto por el teatro propios de Finley y su fabuloso acompañante, un Julius Drake en permanente estado de gracia.  * José María MARCO, corresponsal de ÓPERA ACTUAL en Madrid