Ganó la música, perdió el teatro

Sevilla

15 / 02 / 2021 - Ismael G. Cabral - Tiempo de lectura: 3 min

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Ballo La Estatua de la Libertad, protagonista de la producción de Gianmaria Aliverta © Teatro de La Maestranza / Guillermo MENDO
ballo Ramón Vargas cantó el rol protagonista © Teatro de La Maestranza / Guillermo MENDO
Ballo Lianna Haroutounian y Olesya Petrova © Teatro de La Maestranza / Guillermo MENDO

Teatro de La Maestranza

Verdi: UN BALLO IN MASCHERA

Ramón Vargas, Gabriele Viviani, Lianna Haroutounian, Olesya Petrova, Marina Monzó, Andrés Merino, Gianfranco Montresor, Luis López, Moisés Molina. Coro de la A. A. del Teatro de la Maestranza. Real Orquesta Sinfónica de Sevilla. Dirección: Francesco Ivan Ciampa. Dirección de escena: Gianmaria Aliverta. 14 de febrero de 2021.

Al asomarse a Un ballo in maschera resulta curioso comprobar cómo lo que tuvo que ser, probablemente, una historia trágica de intrigas políticas y burguesas derivó, por culpa de las circunstancias que rodearon a Verdi y de las presiones que este soportó, en un folletín romántico ambientado en Estados Unidos: de recrear el asesinato del Rey Gustavo III en la Suecia de finales del siglo XVIII a contar las andanzas improbables de un conde enamorado de quien no debía en el Boston colonial. Sin embargo, nada de esto restó al compositor para verter en sus pentagramas toda su maestría y erigir la obra en una de las cimas de su catálogo. Como tampoco la peripecia impide a los directores de escena reinterpretar con claridad toda esta colección de tópicos y coyunturas melodramáticas. No es el caso, lamentablemente, de la propuesta de Gianmaria Aliverta en esta producción para el Teatro La Fenice de Venecia. Todo es rabiosamente convencional en ella; hasta el punto de afirmar que, de todos los montajes líricos fichados por el actual director del Maestranza, Javier Menéndez, este representa su único pinchazo hasta la fecha, conectando con los años de atonía escénica que le precedieron.

Arranca este Ballo con la sempiterna gran escalera, claroscuros de libro y estatismo coral. La escena de la adivina Ulrica, ataviada como un trasunto de la Bruja Averia, precedió a un bailecito ridículo de las almas que esperan al inmisericorde destino. Mayor acierto hubo en el juego con las plataformas a distintas alturas y la presencia de los conspiradores ataviados con ropajes que remiten al Ku Klux Klan. Por aquí y allá columnas de cartón piedra y muebles decimonónicos para rematar en una fiesta de máscaras sin apenas jolgorio y con los invitados mirando no se sabe qué. Una gran cabeza de la Estatua de la Libertad surge al final para coronar un dislate en el que la dirección de actores brilló por su ausencia; otra vez cantantes afectados y transidos, caídas de función colegial, teatrillo chusco.

"Ramón Vargas, que llegaba a estas funciones en plena forma, cantó con una voz muy en el centro, el espacio en el que se mueve mejor, aunque esto vaya en demérito de una menor pirotecnia vocal en los agudos"

Otro mundo fue el apartado estrictamente musical, con un Ramón Vargas de carrera larga, notabilísima, que llegaba a estas funciones en plena forma. Cantó con una voz muy en el centro, el espacio en el que se mueve mejor, aunque esto vaya en demérito de una menor pirotecnia vocal en los agudos (estuvo más ajustado, pero correcto, en el dúo del segundo acto). Luego está su fraseo, toda una lección de canto en el aria «Ma se m’e forza perderti» que construyó de menos a más, con un control de la tesitura y también de los afectos muy importante. La soprano armenia Lianna Haroutounian acompañó a Vargas con una enorme fuerza expresiva, una sensibilidad dramática un punto henchida pero siempre haciendo valer la agilidad de su registro. Tiene un centro delicado y un uso de legato muy expresivo, que demostró en la agitada «Ma dall’ arido stelo divulsa». La voz de Gabriele Viviani oscila entre la de un barítono y la de un bajo, por lo que teniendo en cuenta al personaje de Renato, no es mala opción. No pasó desapercibido por el esmero con el que resolvió la imponente aria del tercer acto, «Eri tu».

Marina Monzó es una estupenda cantante y actriz que pareció pasárselo en grande con su personaje de Óscar, trasunto del Cherubino mozartiano, que dibujó con aparente facilidad. La bruja Ulrica fue resuelta por Olesya Petrova, que cantó con voz amenazante, de cuerpo ancho. El plantel de secundarios conformado por Andrés Merino, Gianfranco Montresor, Luis López y Moisés Molina cumplieron, como también lo hizo el Coro del Maestranza. En el foso estuvo un director extraordinario, Francesco Ivan Ciampa, que subió la temperatura orquestal frente a una Sinfónica de Sevilla de la que extrajo sonoridades plenamente verdianas, rutilantes, sin tapar nunca a las voces y llevándolas al máximo nivel de compenetración con el conjunto.