Florian Boesch, en aguas profundas y oscuras

Vilabertran

23 / 08 / 2021 - Antoni COLOMER - Tiempo de lectura: 3 min

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Florian Boesch / operaactual.com Florian Boesch y Malcolm Martineau agradecen los aplausos en Vilabertran © Schubertíada / Silvia PUJALTE
Florian Boesch / operaactual.com Un momento del intenso recital de Florian Boesch © Schubertíada / Silvia PUJALTE
Florian Boesch / operaactual.com El barítono Florian Boesch en Vilabertran © Schubertíada / Silvia PUJALTE

Schubertíada a Vilabertran

Recital de FLORIAN BOESCH

Schwanengesang, de Franz Schubert. Malcolm Martineau, piano. 21 de agosto de 2021.

Perceptibles aún los ecos del impactante recital de Konstantin Krimmel y Daniel Heide con su extraordinaria versión de «Die schöne Müllerin», se imponía necesariamente la presencia de una figura carismática y con peso para llenar de nuevo el escenario de la Canónica de Santa María de Vilabertran. Y la Schubertíada a Vilabertran encontró al cantante ideal en el barítono Florian Boesch.

El cantante austríaco (aunque nacido en Saarbrücken, Alemania), que estuvo presente en el recital de Krimmel (como Krimmel lo  estuvo en el de Boesch) subió al escenario con su desparpajo habitual y personalidad desbordante. Boesch posee un modo particular de desenvolverse en escena, consiguiendo crear desde el primer momento un particular clima de complicidad con el público gracias a su mirada pícara y una desconcertante naturalidad. Una naturalidad que se refleja también en su modo de cantar, caracterizado por una extrema sencillez en el fraseo que tiende, por momentos, a un estilo conversacional. Pero no hay que confundirse pues esa sencillez esconde una gran profundidad analítica y expresiva así como muchas sorpresas que fueron apareciendo a medida que avanzaba el recital. Y es que, con Florian Boesch, si algo no existe son las medias tintas.

Abrió el recital el pianista escocés Malcolm Martineau con las primeras notas de «Liebesbotschaft», la primera canción de Schwanengesang, ese ciclo que no es un ciclo sino la recopilación, por parte del editor Tobias Haslinger, de las últimas creaciones liederísticas de Franz Schubert antes de su muerte prematura en noviembre de 1828. Por ese motivo, el orden de las trece canciones de este D 957 ofrece diferentes posibilidades que no alteran el producto final. Boesch y Martineau, como en su grabación discográfica, optaron por interpretar primero el bloque con textos de Ludwig Rellstab y, tras una mínima pausa, los seis de Heinrich Heine, de mayor componente dramático. Consiguieron crear, así, una línea dramática ascendente que culminó con la asombrosa e inquietante «Der Atlas».

"Fue en 'Abschied' donde pianista y acompañante por fin se encontraron. Y a fe que ya no se separaron, pues a partir de ese momento uno y otro se retroalimentaron hasta la espectacular catarsis final"

Boesch y Martineau, pareja liederística de hecho, curiosamente tuvieron cierta dificultad para encajar durante las dos primeras piezas («Liebesbotschaft» y «Frühlingsensucht») pues el cantante apostó por un tono susurrante e insinuante que no se correspondió con el volumen que Martineau extrajo del teclado. Una disfunción que provocó que la línea melódica vocal quedase a menudo sepultada por el piano, pero que fue desapareciendo paulatinamente, primero con «Ständchen» y, definitivamente, con una juguetona versión de «Abschied» donde pianista y acompañante por fin se encontraron. Y a fe que ya no se separaron, pues a partir de ese momento uno y otro se retroalimentaron hasta la espectacular catarsis final.

Finalizado el bloque dedicado a Rellstab, el de Heine empezó con el Lied más ligero de los seis, «Das Fischermädchen», sutilmente interpretado por una Boesch que, ya con el instrumento perfectamente caldeado, se permitió ampliar la gama dinámica a placer y penetrar en los recovecos más sutiles del texto, a veces con ironía otras con ternura. Era la calma antes de la tormenta, pues a partir de ese momento, primero con «Am Meer» e «Ihr Bild», pero sobre todo con ese tríptico visionario que forman «Die Stadt», «Der Doppelgänger» y «Der Atlas», pianista y cantante se transfiguraron.

El resultado fue una explosiva interpretación de estas tres piezas, cargada de un dramatismo visceral por parte de un Boesch y un Martineau desencadenados. Del cantante amable de las primeras piezas no quedaba ni rastro. Al contrario, en el escenario había dos intérpretes sumergiéndose a pulmón en las aguas más profundas y más oscuras del alma torturada del último Franz Schubert. Un grito desesperado que hizo temblar los cimientos de la iglesia de Vilabertran.

Tras el apoteósico final, y ante la insistencia del público, el cantante regaló la considerada última canción del compositor, «Die Taubenpost» y, finalmente, excusándose en un perfecto castellano por ofrecer una propina tras un ciclo como El canto del cisne, interpretó «Heldenröslein» con esa ironía y sencillez desarmante con la que había empezado el recital.