Ermonela Jaho, instinto y sensibilidad

Peralada

07 / 08 / 2022 - Antoni COLOMER - Tiempo de lectura: 4 min

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jaho-peralada-operaactual La soprano Ermonela Jaho © Festival Castell de Peralada/Joan CASTRO-ICONNA
jaho-peralada-operaactual Ermonela Jaho en el Festival Castell de Peralada © Festival Castell de Peralada/Joan CASTRO-ICONNA
jaho-peralada-operaactual Ermonela y Pantesilena Jaho © Festival Castell de Peralada/Joan CASTRO-ICONNA

Festival Castell de Peralada

Recital ERMONELA JAHO

Obras de Leoncavallo, Bellini, Donizetti, Verdi, Puccini, Tosti, Cilea, Mascagni, Gounod, Massenet, Lara y Giordano. Pantesilena Jaho, piano. 5 de agosto de 2022.

Con el de la soprano Ermonela Jaho, el Festival Castell de Peralada ha culminado una espectacular serie de recitales vocales en la Esglèsia del Carme, recinto en el que se desarrolla el apartado camarístico del certamen ampurdanés. Cuatro destacadas intérpretes, de personalidad, características vocales y repertorio sumamente contrastados, han sido las protagonistas. La mezzosprano ítalo-canadiense Emily D’Angelo causó auténtica sensación, revelándose como una de las cantantes con mayor talento y proyección de la nueva generación. Por su parte, Sonya Yoncheva revalidó el éxito obtenido en las recientes funciones de Norma en el Gran Teatre del Liceu, mientras que Lise Davidsen confirmaba, una vez más, que está llamada a hacer historia.

Jaho no quiso ser menos y se presentó en Peralada con un interesante y exigente programa con el que rindió tributo a la mítica Rosina Storchio (1872-1945), cantante con la que la soprano albanesa tiene considerables puntos en común. Ambas coinciden, según indican las crónicas históricas respecto a Storchio, en una carismática y poderosa presencia escénica, así como en un instrumento vocal no especialmente privilegiado, pero al que las dos cantantes sacan insospechado partido gracias a su gran inteligencia musical e instinto dramático. Pero el aspecto que las vincula definitivamente es que ambas sopranos brillan con especial intensidad en el repertorio verista. Storchio fue la musa, en su momento, de los Mascagni, Leoncavallo, Puccini y Giordano, autores que tienen en la actualidad a Ermonela Jaho como una de sus más distinguidas intérpretes.

La primera parte del recital consistió en una serie de canciones italianas hilvanadas a través de un criterio principalmente cronológico. De Bellini («Malinconia, ninfa gentile») o Donizetti (precisamente con el «Lamento per la morte di Bellini») hasta Tosti («Tristezza»), Cilea («Non ti voglio amar») o Puccini («Sole e amore»), pasando inevitablemente por Verdi («Brindisi»). Un bloque de canciones que estuvo enmarcado por dos escenas operísticas: «Musetta svaria sulla bocca viva», de La Bohème de Leoncavallo, que abrió el recital, y «Un dì ero piccina», de Iris de Mascagni, para cerrar la primera parte.

"La soprano se mostró elegante y expresiva, con una dicción clarísima y gran dominio de un instrumento que consigue hacer atractivo gracias a una capacidad comunicativa única"

La soprano se mostró elegante y expresiva en todas las canciones, con una dicción clarísima y gran dominio de un instrumento que consigue hacer atractivo gracias a una capacidad comunicativa única. El centro no posee demasiada contundencia ni variedad de colores, mientras que las franjas grave y aguda, sin llegar a deslumbrar, están bien resueltas sirviéndose de un talento canoro fuera de lo común. Es ese superlativo instinto el que ha convertido a la soprano albanesa, por méritos propios, en una de las figuras más destacadas del panorama operístico actual. Pese a ello, dos aspectos restaron algunos quilates a esta primera parte. El primero, menos importante, fue un cierto exceso gestual, por parte de la soprano, en el apartado de canciones.  El segundo es recurrente y afectó, de manera evidente, al resultado final del concierto, pues Pantesilena Jaho, pianista y sobrina de la cantante, no tiene el nivel exigible para un recital de estas características y un festival del prestigio del de Peralada.

Fue en la segunda parte cuando la soprano puso toda la carne en el asador, primero con un bloque francés en el que brilló una lectura tan intimista como dramática de «Adieu, notre petite table» de la Manon de Massenet. Fue el conmovedor prólogo a cuatro romanzas veristas de gran calado que se inició con la de Nedda, en Pagliacci, una parte que se adapta como un guante a las características de Jaho pues, junto a la garra dramática, le permite lucir unos impecables pianissimi en el registro agudo, recurso que domina a la perfección.

La breve, pero intensa, «Nel suo amore rianimata», de la últimamente recuperada Siberia de Giordano, dio paso a dos de los momentos álgidos del recital. Con «Flammen, perdonami», de la Lodoletta de Mascagni, Jaho demostró su afinidad absoluta con este repertorio, sacando petróleo de cada una de las frases, mientras que su recreación de «Un bel dì vedremo» puso, una vez más, al público en pie. Dos propinas, especialmente una magnífica interpretación de «Io son l’umile ancella», de Adriana Lecouvreur, constituyeron el colofón a una gran velada operística y a toda una serie de excepcionales recitales vocales en la Esglèsia del Carme de Peralada.  *Antoni COLOMER, crítico de ÓPERA ACTUAL