CRÍTICAS
INTERNACIONAL
El triunfo de la música de Händel sobre la escena de Carsen
Roma
Teatro dell'Opera
Händel: IL TRIONFO DEL TEMPO E DEL DISINGANNO
Johanna Wallroth, Anna Bonitatibus, Raffaele Pe, Ed Lyon. Dirección musical: Gianluca Capuano. Dirección de escena: Robert Carsen. 7 de abril de 2026.
Il trionfo del Tempo e del Disinganno no es una ópera como tal, sino el primer oratorio de Händel que el compositor escribió en Roma en 1707 sobre un libreto en lengua italiana redactado por un alto eclesiástico. Se trata de un oratorio sui generis, ya que su argumento no es religioso ni narra un episodio de la Biblia, de los Evangelios o de la vida de un santo, sino plantea una disquisición moral protagonizada por cuatro personajes alegóricos: Belleza, Placer, Tiempo y Desengaño. Tampoco aparece un coro, que se convertiría en el verdadero protagonista de los oratorios que Händel escribiría posteriormente en Londres.
Parecería imposible construir un espectáculo escenificado a partir de este libreto. Pero Robert Carsen lo intentó en Salzburgo en 2021 y ahora aquella producción ha sido recuperada en la Ópera de Roma. La primera parte se desarrolla entre estudios de televisión, desfiles de moda y discotecas, en medio de un bullicio de bailarines, mimos y figurantes. Las relaciones entre lo que se veía y lo que se escuchaba resultaron misteriosas e inaprensibles, y quien salió perjudicada fue la música. Tras el intermedio parecía asistirse a otro espectáculo. Ahora Belleza repudiaba a Placer y se volvía hacia pensamientos espirituales, y la escena se encontraba en perfecta consonancia con el texto y la música. El escenario aparecía semivacío y sumido en la penumbra. Al levantarse el telón, una gran superficie espejada situada al fondo reflejaba la sala del teatro, mientras en una pantalla se proyectaban imágenes de rostros y ojos intensos y pensativos dirigidos hacia un invisible mundo ultraterreno. En escena permanecían únicamente los cuatro protagonistas: entonces la música pudo resplandecer magníficamente.
Resultó significativo que en la primera parte se produjera solo un tímido intento de aplausos a escena abierta, mientras que la segunda quedó jalonada por los vítores espontáneos y cálidos del público. La mezzosoprano Anna Bonitatibus, intérprete de Placer, fue especialmente aclamada por adecuación estilística e intensidad expresiva; su voz ha perdido algo de la frescura de la juventud, pero en en esta obra ello no restó mérito y quedó ampliamente compensado por sus cualidades. También recibió aplausos el contratenor Raffaele Pe (Desengaño), de quien se admiraron la dulzura y la luminosidad del timbre, así como las largas y flexibles florituras que desplegó con elegancia.
El público, en cambio, no se entusiasmó con el tenor Ed Lyon: en los recitativos otorgó al Tiempo un vigor casi hierático —Carsen lo había vestido, de hecho, como a un sacerdote—, pero no siempre se mostró cómodo en las florituras exigidas por la vocalidad del siglo XVIII. La Belleza de la soprano Johanna Wallroth resultó problemática en la primera parte: la voz se percibió pequeña y mostró notables desigualdades entre registros; las coloraturas se transformaron en una serie de notas inconexas, irregulares y ásperas. Sin embargo, en la segunda parte, el personaje repudiaba el Placer y se orientaba hacia valores más altos y espirituales. Händel escribió entonces para ella arias meditativas, sin las florituras hedonistas de la primera mitad, y en ese tipo de escritura Wallroth se movió con mayor comodidad, ofreciendo una prestación claramente en progresión.
La dirección de Gianluca Capuano resultó impecable. La orquesta actuó como una auténtica coprotagonista: siempre presente pero nunca invasiva, sostuvo a las voces y reforzó con inteligencia los afectos de la música. * Mauro MARIANI, corresponsal en Roma de ÓPERA ACTUAL
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