El esperado estreno de esta nueva composición clásica del cantautor y compositor Rufus Wainwright fue acogido con un éxito incontestable por un público fiel al mediático artista, que incluso había estrenado una ópera en el Festival Perelada. En su Dream Requiem flirtea con el posminimalismo, la música de bandas sonoras o los sonidos contemporáneos; esto último definiría, por ejemplo, que los músicos de la orquesta golpeen un diapasón en su pierna y luego lo sitúen tocando una cuerda del instrumento. Se pudieron detectar también otras referencias, desde el mundo intenso y decadente de la Mahagonny de Weill, a Nino Rota, pasando por la descripción mediante sonidos de distintos animales.

Este eclecticismo, que ya estaba presente en el álbum de 2016 que Wainwright dedicó a los sonetos de Shakespeare, convierte a su Dream Requiem, que agotó las localidades en el Palau de la Música Catalana, en una experiencia indefinida e indefinible. Tampoco ayuda a entender mejor la propuesta el hecho de que el texto sea una sucesión de fragmentos en latín e inglés, mezclando el poema Darkness de Lord Byron con el popular texto de una misa de réquiem: por un lado, se ofrece la Nada, como si esta fuera la vencedora de la popular novela La Historia Interminable de Ende, junto a un canto litúrgico tradicional. Parece que no pudiera haber nada entre el vacío y la religión: solo deja un espacio para música épica, rimbombante y efectista. Las buenas intenciones no ayudan a sostener las aspiraciones grandilocuentes de este cantautor americano, y movimientos como el «Agnus Dei», de mayor complejidad compositiva, no consiguen ser ejemplos de artesanía musical. Aspectos como la armonía o las líneas melódicas quedaban desdibujados y sometidos a una intencionalidad que no se transmite mediante la técnica.