El regreso triunfal del duque de Milán

Milán

08 / 11 / 2022 - Antoni COLOMER - Tiempo de lectura: 5 min

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thetempest-adès-operaactual The tempest
thetempest-adès-operaactual Thomas Adès

Teatro alla Scala

Adès: THE TEMPEST

Leigh Melrose, Audrey Luna, Fredéric Antoun, Isabel Leonard, Josh Lovell, Toby Spence, Robert Murray, Kevin Burdette, Owen Willetts, Paul Grant, Sorin Coliban. Dirección de escena: Robert Lepage. Dirección musical: Thomas Adès. 6 de noviembre de 2022.

Afirmaba Thomas Adès en una entrevista exclusiva para ÓPERA ACTUAL que no se considera un operista nato. Es posible que así sea, pero también es evidente que se trata de uno de los compositores de ópera más relevantes y estimulantes de su generación y de lo que va del siglo XXI. Muestra de ello son sus tres creaciones líricas hasta la fecha. Con Powder her face, estrenada en el Festival de Cheltenham en 1995, sacudió el género a partir de un libreto de Philip Hensher tan escabroso (teniendo en cuenta los parámetros operísticos habituales) como poético y dramático al que el músico inglés insufló vida mediante un estilo musical ecléctico, desinhibido y de brillante factura compositiva. Un eclecticismo que probablemente proviene, tal y como comentaba en la entrevista, de unos referentes operísticos alejados de la tradición germánica y más vinculados a las escuelas de los bordes continentales, desde Berlioz hasta Janácek.

En las posteriores The tempest (2004) y The exterminating angel (2016), a partir de la pieza teatral de Shakespeare y la película de Luis Buñuel respectivamente, menos provocadoras en lo formal pero igualmente eficaces en lo teatral, se percibe en el estilo del compositor un progresivo refinamiento en el tratamiento tímbrico, tanto en el ámbito vocal como orquestal. Adès alterna en ellas sin complejos espacios tonales y atonales, pasajes contrapuntísticos de gran complejidad con momentos de expansivo lirismo, texturas densas con fragmentos de una ligereza brillante y seductora. Todo ello desemboca en una voz propia e intransferible, la de un compositor dotado de un talento excepcional. Sí, también para la ópera.

The tempest se estrenó en la Royal Opera House de Londres y desde entonces se ha convertido en uno de los grandes títulos operísticos del siglo XXI. Prueba de ello son las distintas producciones que se han ya llevado a cabo en teatros europeos y americanos. Pero sin duda la más aclamada es la coproducida por la Metropolitran Opera House, la Wiener Staatsoper y la Opéra de Québec firmada por Robert Lepage que ahora ha llegado al Teatro alla Scala de Milán dirigida por el propio compositor. Un estreno en la capital lombarda que tenía un componente especial pues la obra trata las intrigas de poder en el Ducado de Milán que llevaron a Próspero, su legítimo gobernante, al exilio en una isla perdida y misteriosa que concluye con su retorno. Un retorno tan triunfal como lo ha sido el estreno de The tempest en el Teatro alla Scala.

"La propuesta escénica de Lepage es una obra maestra de la dirección escénica operística contemporánea"

Este detalle argumental combinado con la figura demiúrgica de Próspero, trasunto del creador Shakespeare que transforma la isla en metafórico espacio teatral donde teje sus maquinaciones, inspiraron a Robert Lepage y su compañía Ex Machina a convertir el escenario en una reproducción de la sala de La Scala contemplada desde distintas perspectivas, creando así un juego de espejos que, al representarse en ese mismo teatro, aumentó exponencialmente su eficacia e impacto visual. Pero, más allá de ese componente auto referencial, la propuesta escénica de Lepage es un logro absoluto tanto estético como teatral y un ejemplo de lo que debe ser una mise-en-scène operística. A diferencia de tantas producciones actuales que parten de estímulos exógenos a la obra mediante traslaciones temporales arbitrarias, relecturas posmodernas de carácter críptico o tratamientos contra texto de connotaciones narcisistas, Lepage trabaja con metodología endógena a partir del material que tiene entre manos («del que están hechos los sueños», como señala Próspero en su famoso monólogo amputado en el discutible libreto de Meredith Oakes) y, a partir de ahí, construye un universo pleno de fantasía, imaginación y creatividad, logrando soluciones escénicas por momentos milagrosas. Si a este derroche de talento visual se le añade una dirección de actores y un movimiento de la masa coral deslumbrantes solo queda convenir que se trata de una obra maestra de la dirección escénica operística contemporánea.

Thomas Adès es un director experimentado y obviamente conoce esta ópera mejor que nadie, pero a veces sucede que el compositor quizás no sea el mejor traductor de su propia obra. En este sentido Igor Stravinsky, por poner un ejemplo, fue un caso paradigmático y puede que con Adès ocurra lo mismo. Eso no quiere decir que su desempeño en el podio del teatro milanés no fuese notable, que lo fue, secundado por una Orquesta de La Scala espléndida en todo momento, de sonido rotundo y empastado en los tutti y brillantes intervenciones solistas de todas las secciones. Lo único objetable fue un exceso de decibelios que provocó desequilibrio entre foso y escena ahogando en algunos momentos a los cantantes, así como ciertos pasajes que habrían ganado en expresividad a través de una mayor transparencia orquestal. Dicho esto, hay que subrayar que la dirección fue vibrante y de gran fuerza teatral en todo momento.

Adès escribió el papel de Próspero pensando en Simon Keenlyside, quien estrenó la obra en Londres y la protagonizó también en el Met. Fue una lástima que finalmente no formara parte del cast en La Scala, pues el cantante inglés hizo una inolvidable creación de un personaje sumamente complejo vocal e interpretativamente en el que se intuyen referencias tanto al propio Shakespeare como a Fausto e incluso al Wotan wagneriano. En su lugar, Leigh Melrose cumplió sin acabar de seducir pues su buen trabajo escénico se vio lastrado por un timbre un tanto impersonal que, si bien se impuso en el registro agudo y central, perdió presencia en el grave. Del reparto neoyorquino, superior en líneas generales, solo se mantuvieron las dos voces femeninas, el tenor Toby Spence, aunque en esta ocasión en un rol distinto y Kevin Burdette como efectivo Stefano.

Audrey Luna volvió a hacer una auténtica creación del personaje de Ariel, de vocalidad infernal instalada permanentemente en el registro sobreagudo, mientas que la mezzo Isabel Leonard exhibió clase en el fraseo y un instrumento carnoso que se proyectó con gran autoridad en todo momento. Spence asumió en esta ocasión el rol del Rey de Nápoles, que posee uno de los monólogos más emotivos y líricos de toda la ópera, y lo hizo con elegancia y afinado patetismo. Caliban es, sin duda, uno de los personajes más ambiguos e interesantes de la obra de Shakespeare y, en cierto modo, Adès lo convierte en figura central hasta el punto de que es quien cierra la ópera. Fredéric Antoun, sin alcanzar la estatura vocal y dramática de Alan Oke en Nueva York, ofreció una notable personificación de este ser mitad anfibio mitad humano mientras que Josh Lovell lució lirismo juvenil como el enamorado Ferdinand.

El resto del reparto se mostró a notable nivel y el Coro de La Scala demostró, una vez más, su reconocida calidad aportando empaque a un espectáculo globalmente deslumbrante que confirma, pese a los tradicionales agoreros, que el género operístico sigue y seguirá vivo y coleando. *Antoni COLOMER, crítico de ÓPERA ACTUAL