El ‘Ocaso’ wagneriano del Real termina por todo lo alto

Madrid

27 / 01 / 2022 - José María MARCO - Tiempo de lectura: 3 min

Print Friendly, PDF & Email
Ocaso de los dioses-operaactual-real (1) Andreas Schager como Siegfried en 'El ocaso de los dioses' © Teatro Real / Javier DEL REAL
Ocaso de los dioses-operaactual-real (3) Ricarda Merbeth como Bruhnilde en 'El ocaso de los dioses' © Teatro Real / Javier DEL REAL
Ocaso de los dioses-operaactual-real (2) Escena final de 'Götterdämmerung' en 'El ocaso de los dioses' © Teatro Real / Javier DEL REAL

Teatro Real

Wagner: GÖTTERDÄMERUNG

Fin del ciclo

Andreas Schager, Ricarda Merbeth, Lauri Vasar, Martin Winkler, Stephen Milling, Amanda Majeski, Michaela Schuster, Anna Lapkovskaja, Kai Rüütel, Elizabeth Bailey, María Miró, Marina Pinchuk. Dirección musical: Pablo Heras-Casado. Dirección de escena: Robert Carsen. 26 de enero de 2022.

Con este Götterdämmerung culmina la Tetralogía wagneriana a cargo de Robert Carsen y Pablo Heras-Casado que viene poniendo en escena el Teatro Real desde la temporada 2018/2019. Enhorabuena. Se ha llevado a buen puerto una empresa complicada donde las haya… Compuesto muchos años después del resto, el Ocaso recrea una suerte de pequeña Tetralogía y ofrece la versión más oscura y siniestra del conjunto, con una orquesta de una riqueza, una intensidad y una sutileza que no dejan nunca de asombrar.

Volvía, como Brünnhilde, la gran protagonista, la soprano Ricarda Merbeth: convincente en su actuación, con una voz muy hermosa, amplia, densa, a la que le falta algo de poso y energía, por lo que, muy razonablemente, se reservó un poco para cantar una memorable escena final. También volvía el gran Andreas Schager, auténtico Heldentenor, con un instrumento brillante, esmaltado, sin fallos y una naturalidad extraordinaria para sostener el tono entre heroico e infantil de Siegfried sin destrozar los tímpanos ni la inteligencia del público. El Gunther de esta producción es uno de los más infelices y pusilánimes que se recuerdan, aunque la caracterización no perjudicó al rendimiento vocal del barítono Lauri Vasar, que le devolvió un matiz más humano. Stephen Milling conoce muy bien a Hagen, el personaje más atractivo de la obra, y aunque la voz no siempre estuvo a la altura de la ambición, por color o por volumen, compuso un malvado espléndido y sórdido, atormentado a su vez por el Alberich casi demasiado refinado, soberbio en cualquier caso, de Martin Winkler.

"También volvía el gran Andreas Schager, auténtico 'heldentenor', con un instrumento brillante, esmaltado, sin fallos y una naturalidad extraordinaria para sostener el tono entre heroico e infantil de Sigfrido"

Fabulosa la mezzo Michaela Schuster en el papel, muy querido por todo wagneriano, de Waltraute: voz esplendorosa, épica y humana a la vez, tan hermosa que hace difícil comprender por qué Brünnhilde se le resiste. Muy bien la Gutrune de Amanda Majeski –que cantó además la Tercera Norna–, de voz cristalina e ingenua, quizás demasiado, seguramente por requerimientos de la dirección. Estupendas las Nornas de Anna Lapkovskaja y Kai Rüütel –de fregonas, como la Erda de Siegfried– y luminosas y llenas de vida las hijas del Rin de Elizabeth Bailey, María Miró y Marina Pinchuk. La puesta en escena de Robert Carsen y su colaborador Patrick Kinmonth recupera, esta vez con más justificación que en entregas previas, el hilo perdido de la sostenibilidad planetaria. Al modernizar la ambientación y llevarla a unos muy tópicos años 1920 o 1930 (¿de dónde vendrá esta manía?), contribuye a distanciar la obra de Wagner, ya fría de por sí, como casi todas las suyas. Muy hermoso el final, con fuego y lluvia, aunque es más discutible que Brünnhilde cante todo su parlamento apocalíptico a telón bajado.

No se sabe por qué se suprimieron algunos detalles del final, como la mano levantada del difunto Siegfried cuando Hagen se dispone a arrebatarle el dichoso anillo. Fabulosa la Orquesta Titular, brillantísima, matizada, capaz de las dinámicas más desenfrenadas y de las evocaciones camerísticas más finas, aunque –tal vez sea inevitable– al colocar a los metales en los palcos queda desequilibrado un sonido por otra parte extraordinario. Muy bien el Coro, convertido en un regimiento militar, un poco parafascista –como es casi de rigor–, cuando es evidentemente un grupo popular. Espléndida la dirección de Pablo Heras-Casado, de matices muy delicados, transiciones –siempre difíciles– muy logradas y capaz de individualizar cada escena sin perder la tensión ni la visión global de un conjunto endiablado. Gran éxito.  * José María MARCO, corresponsal en Madrid de ÓPERA ACTUAL