El mito revive en el teatro eterno

Epidauro

22 / 06 / 2026 - Ferran VILA I RIERA - Tiempo de lectura: 3 min

'Medea' en el Teatro de Epidauro con Anna Pirozzi © GNO
'Medea' en el Teatro de Epidauro © GNO
'Medea' en el Teatro de Epidauro con Anna Pirozzi © GNO
Pier Paolo Pasolini y Maria Callas

Festival Epidaurus de Atenas

Cherubini: MEDEA

Revisión de la producción de 1961

Anna Pirozzi, Alisa Kolosova, Danae Kontora, Jean-François Borras, Tassis Christoyannis. Ópera Nacional Griega. Dirección musical: Jacques Lacombe. Dirección de escena: Panaghis Pagoulatos. Teatro de Epidauro, 20 de junio de 2026.

Volvió la ópera en el Antiguo Teatro griego de Epidauro tras una larga ausencia de 65 años, y lo hizo para recoger el testigo de la gran diva griega Maria Callas y a su icónica encarnación de Medea, exactamente en el mismo sitio donde ella ofreció la versión definitiva del papel en 1961 después de haber revolucionado el mundo de la lírica con la exhumación operística del mito en las funciones de Florencia de 1953.

En esta ocasión, la Ópera Nacional de Grecia ha querido recuperar la producción de 1961 en una única función, dentro del Athens Epidaurus Festival, encargando al director de escena Panaghis Pagoulatos una reimaginación lo más fiel posible al espíritu y apariencia del montaje original de Alexis Minotis en todos sus aspectos. El resultado fue no solamente eficaz en su propósito, sino que convirtió la producción en el gran elemento catalizador de la noche para hacer revivir al inmortal mito griego, auspiciado sin duda por la fuerza telúrica de un recinto —uno de los más emblemáticos del mundo helénico— arropado por los pinos sempiternos del valle del Hierón y por la deliciosa noche mediterránea, para ofrecer un ambiente inspirador y magnético en el cual solamente la distancia temporal se interpuso entre el público y la Corinto de Medea. Hubo una mayoría amplísima de ideas acertadas en esta puesta en escena, empezando por las líneas sobrias y solemnes de una escenografía despojada de todo atrezo superfluo, en la que quizás solamente el brasero solitario del segundo acto insinúa más de lo que realmente es, para fiar el grueso de la narrativa al poder estético del vestuario (de corte impecable) y a la función retórica del gesto, con una partida actoral bien trabajada en el arte de la gestualidad escultórica, característica de la tragedia clásica, que tan magistralmente supo dominar la Callas.

"Hubo una mayoría amplísima de ideas acertadas en esta puesta en escena, empezando por las líneas sobrias y solemnes de una escenografía despojada de todo atrezo superfluo"

Había una incógnita mayúscula en el experimento y esta era cómo respondería la acústica en un teatro al aire libre, concebido hace 2.300 años y con aforo para un público de más de 10.000 personas. Es cierto que el oído acostumbrado a los recintos líricos modernos tuvo que tomarse un tiempo para habituarse a una experiencia como esta, pero fue admirable la brevedad con la que emergieron las bondades de un sonido natural y orgánico, siempre transparente y sorprendentemente compensado. Es razonable pensar que el mérito de ello recae en la sofisticada ciencia de la antigüedad clásica y, especialmente, en la figura de Policleto el Joven, arquitecto a quien se atribuye este prodigio de ingeniería que es el teatro de Epidauro; no obstante, es evidente que parte del crédito también fue del maestro quebequés Jaques Lacombe, que consiguió un equilibro de planos admirable y se esforzó en un trabajo dinámico destacado, a pesar de ser este el punto más débil de una acústica como esta. En lo discursivo, hiló con especial atino las partes de mayor lirismo (sobre todo en las arias y dúos) y halló la profundidad dramática en el tercer acto en manos de una Orquesta de la Ópera Nacional de Grecia que lució cuerdas expresivas y una maderas líricas y humanizadas en una partitura que les otorga una fuerza narrativa muy especial para la época.

Se encomendó la privilegiada y endiablada tarea de tomar los paños de la mismísima Callas a la soprano italiana Anna Pirozzi, quién optó por construir su propia versión de Medea, desde un temperamento sin duda alejado del referente apabullante de la griega, perfilando una princesa de la Cólquida que convenció por el irisado lirismo que otorgó al papel en todo momento, apoyado en una línea impecable, sobresaliente en los pianísimos y filados, sin olvidar la necesaria punta que afiló con instrumento de verdadera spinto, el cual ofreció su mejor versión en el trepidante tercer acto. Para redondear su prestación, quizás se echó en falta una mayor incisión en la articulación y los acentos, especialmente en aquellas frases señaladas que deben proyectarse como puñales.

Le acompañó como su fiel doncella la mezzo rusa Alisa Kolosova en una magnífica Neris que hizo valer el instrumento más terso y homogéneo del elenco para brillar en su deliciosa aria «Solo un pianto con te versare», junto a un distinguido obbligato del primer fagot, para quién tuvo un bonito reconocimiento en los aplausos finales después de recibir la ovación más calurosa de la noche. Cerró el elenco femenino la soprano griega Danae Kontora con una Glauce ligera y luminosa en lo vocal, resuelta interpretativamente con una excursión incluida al sobreagudo no escrita en el aria.

El tenor francés Jean-François Borras aprovechó las virtudes de un timbre viril y a la vez mórbido para otorgar una nobleza inusitada al ingrato papel de Giasone. Por su parte, el barítono griego Tassis Christoyannis encarnó un rey Creonte más que probable por su fraseo majestuoso y por la solidez de un instrumento siempre presente. El Coro de la Ópera Nacional de Grecia firmó una interpretación de menos a más que lució destellos de solemnidad en las cuerdas masculinas.  * Ferran VILA I RIERA, crítico de ÓPERA ACTUAL

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