CRÍTICAS
NACIONAL
'Enemigo del pueblo', ¿'prima le parole'?
Madrid
Teatro Real
Coll: ENEMIGO DEL PUEBLO
José Antonio López, Moisés Marín, Brenda Rae, Isaac Galán, Marta Fontanals-Simmons. Dirección musical: Christian Karlsen. Dirección de escena: Àlex Rigola. 12 de febrero del 2026.
Asistir al estreno de una ópera contemporánea, aunque en este caso se trate solamente de su presentación en el Teatro Real, ya que Enemigo del pueblo vivió su estreno absoluto en el Palau de Les Arts de Valencia el pasado mes de noviembre, obliga a reflexionar sobre el desarrollo y la orientación que vive el género. ¿Qué es la ópera? Simplificando, suele decirse que “es como un teatro en el que los personajes, en lugar de hablar, cantan, y sin amplificación”. Resulta cómico imaginar este absurdo en el que se representa una pieza teatral con textos cantados en lugar de hablados y, sin embargo, hasta cierto punto, la propuesta de Àlex Rigola cae en este lugar común.
Enemigo del pueblo tiene un componente importante de reflexión sobre la democracia, pero el género operístico no lo es tanto, ya que desde hace décadas impera la tiranía, a veces cruel y despiadada, de los directores de escena. En este caso Rigola es, además, el libretista, lo que hace de Enemigo del pueblo una ópera de su autoría con música de Francisco Coll: lo principal en esta propuesta es la escena, el drama, el libreto y, al margen, está la música, que se asume simplemente casi como un complemento sin el cual el drama quizás hasta seguiría funcionando: todo lo contrario de lo que ha demostrado, por ejemplo, la historia de la discología. “En los momentos donde el texto roza lo trivial o lo técnico, la música puede permitirse ser más lírica, incluso más gloriosa”, escribe Carmen Noheda citando a Coll en las notas al programa. Pero, la verdad, en esta ópera pareciera que la música pide permiso para sobresalir por encima del libreto… ¿No sería mejor que el texto fuese más trivial?
No resulta complejo averiguar cuáles son esos momentos en los que hay algo de auténtico genio lírico en Enemigo del pueblo: la obertura es uno de ellos; en esta, en unos pocos compases, el músico valenciano revitaliza el género del pasodoble con una fuerza rítmica y unos timbres familiares a la par que novedosos. El final del primer acto, aunque profundamente dramático —entiéndase como algo negativo, pues eso significa que la música se subyuga al drama— tiene momentos excelentes, como el trío que se forma entre el Alcalde, Marta y Mario, muy rítmico y melódico, y en el que Marta Fontanals-Simmons destacó gracias a su voz firme, segura y su delicioso timbre con cuerpo y repleto de armónicos en el registro medio, e Isaac Galán mostró una voz clara y precisa.
El papel del coro resultó también sumamente interesante: Francisco Coll lo trata como si fuera parte intrínseca de la orquesta, complementándola y contribuyendo a crear esa atmósfera musical que impregna toda la obra. El resultado fue excelente gracias a la cohesión y precisión que supo dar a los miembros del conjunto un José Luis Basso excelentemente compenetrado con el maestro Christian Karlsen: el maestro sueco hizo un trabajo tan minucioso que apenas se notó la ausencia de Coll en el podio, ausente de estas funciones madrileñas por problemas de salud.
Para encontrar algo de lirismo vocal en la obra hay que esperar al segundo acto. Al comienzo se escucha lo que se puede llamar una suerte de aria en la que Moisés Marín desplegó sus sobreagudos. Supo redondear su registro más extremo aún a pesar de los grandes saltos que exige una partitura realmente compleja y darle la fuerza necesaria para interpretar a este personaje que, aunque un tanto pobre en cuanto al libreto, la música da mayor relevancia.
La ópera termina ralentizando la acción dramática y se puede así escuchar un dúo final de gran lirismo entre dos de los personajes principales: Petra y el Doctor. Brenda Rae presenta una voz flexible, capaz de atacar los sobreagudos sin problema y mantener un timbre constante a la par que bello ante las ondulaciones melódicas que propone Coll. El experimentado barítono José Antonio López también mostró un timbre muy igualado y equilibrado, gran potencia y capacidad de proyectar una voz con tintes metálicos y muy adecuada para el papel.
El resto de la obra es prácticamente teatro con música incidental. De gran calidad, sí, rica en timbres, con interesantes propuestas tanto a nivel armónico como melódico, pero que no logra sentirse como independiente del drama. Sin duda es el reflejo de un Coll más maduro, que parece dar pasos en la dirección correcta —la marcada por su mentor, Thomas Adès— pero que, en este terreno, le hace falta romper esas cadenas que atan a la música y que no la dejan volar con total autonomía. Que deje la tarea de moralizar para los dramaturgos: el objetivo principal de la ópera debería ser el disfrute de la buena música; aprender a ser mejor persona es, en todo caso, algo secundario. * David SANTANA CAÑAS, corresponsal en Madrid de ÓPERA ACTUAL
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