El desenfadado y pomposo 'Elisir' de Michieletto

Madrid

06 / 11 / 2019 - Mario MUÑOZ - Tiempo de lectura: 3 min

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Elisir d'amore Brenda Rae (Adina) rodeada por miembros del Coro Titular del Teatro Real © Teatro Real / Javier DEL REAL
Elisir d'amore Un imagen de la hedonista producción de Damiano Michieletto © Teatro Real / Javier DEL REAL
Elisir d'amore Alessandro Luongo como Belocore y Brenda Rae como Adina © Teatro Real / Javier DEL REAL

Teatro Real

Donizetti: L'ELISIR D'AMORE

Brenda Rae, Juan Francisco Gatell, Alessandro Luongo, Erwin Schrott, Adriana González. Orquesta y Coro Titulares del Teatro Real. Dirección: Gianluca Capuano. Dirección de escena: Damiano Michieletto. 2 de noviembre de 2019.

En lo que fuera una coproducción con el Palau de Les Arts, donde ya pudo verse hace algunos años, reapareció en el Real la playera puesta en escena de Damiano Michieletto, con toda su colección de pareos, estrógenos con bikini y testosterona en forma de crema solar. El género bufo siempre ha sido a la ópera lo que la buena ciencia-ficción (pongamos a Stanislaw Lem) a la literatura: un marco idóneo desde el que reflexionar, ironizar, reír y, por encima de todo, profundizar en la psique de los personajes y las sociedades a las que pertenecen.

El montaje de Michieletto busca desenfado bajo una estética saturada de colorismo pulp y una escenografía plagada de referencias sardónicas. En ese sentido el montaje entretiene sin aspirar a mayores, pero por el camino ha dejado esa reflexión sobre la inocencia y sus derivas que debería aparecer de manera natural. El otro gran problema es la coherencia interna. Es difícil empatizar con la trama cuando bailarinas y bailarines de cuerpos esculturales caen cautivados frente a cantantes mucho menos pomposos. Con todo, el director italiano sacó partido a la necesidad de superficialidad apuntando hacia un sano desenfado, y tuvo la mínima sabiduría de colocar sobre escena el aria por todos esperada, “Una furtiva lagrima”, de manera bastante limpia, sin que el montaje tache la sobredosis de nostalgia del verso original de Felice Romani.

"En su dibujo extremo encontramos muy cómodo a Juan Francisco Gatell, transformando a Nemorino en una mezcla salerosa entre Woody Allen y Buster Keaton con toda su atlética comicidad"

El reparto vocal no era, sobre el papel, deslumbrante. Tampoco lo fue sobre el escenario, aunque se encontraron algunas luces cuando Gianluca Capuano, desde el podio, moderó el volumen de la orquesta. En su dibujo extremo pudo verse muy cómodo a Juan Francisco Gatell, transformando a Nemorino en una mezcla salerosa entre el Woody Allen de Sueños de un seductor y el  Buster Keaton de El colegial, con toda su atlética comicidad. Funcionó mejor en su papel de torpe enamorado que en lo meramente musical, cuando su tipología vocal, no del todo adecuada, dejó algunas lagunas por cubrir. Su simpatía y honestidad en el retrato completaron las carencias. Brenda Rae lució un timbre bello y un fraseo bien construido, pero falto de brillo y de tan escasa proyección vocal que su personaje perdió pie dramáticamente hablando cuando el acompañamiento orquestal iba más allá de los pizzicati.

Por potencia, descaro y mejor afinación destacó el Dulcamara de Erwin Schrott, al que se le nota la experiencia en este personaje que él mismo estrenó cuando la producción se vio por primera vez en el Real. Muy buena intervención la de Adriana González frente a un flojo Alessandro Luongo como Belcore. El implicado Coro Intermezzo volvió a sobresalir. La Orquesta Sinfónica de Madrid tuvo más problemas de los esperados, no tanto por la dificultad de la partitura sino por las intermitencias de Capuano, que no supo decir con la misma incisividad que el Montanari de hace unos años.