CRÍTICAS
INTERNACIONAL
El deseo como amenaza, herida o transformación en el Festival de Aix
Aix-en-Provence
Festival Aix-en-Provence (I)
Mozart: DON GIOVANNI / Charpentier: LOUISE / Cavali: LA CALISTO
Nuevas producciones
Andrè Schuen, Krzysztof Baczyk, Golda Schultz, Magdalena Kožená, Amitai Pati, Clive Bayley, Madison Nonoa, Pawel Horodyski. Dirección musical: Simon Rattle. Dirección de escena: Robert Icke. Grand Théâtre de Provence, 4 de julio de 2025. / Elsa Dreisig, Adam Smith, Sophie Koch, Nicolas Courjal, Grégoire Mour, Annick Massis, Marianne Croux, Carol García, Karolina Bengtsson, Marie-Thérèse Keller, Julie Pasturaud, Marion Vergez-Pascal Dirección musical: Giacomo Sagripanti. Dirección de escena: Christof Loy. Théâtre de l’Archévêché, 5 de julio de 2025. / Lauranne Oliva, Alex Rosen, Giuseppina Bridelli, Paul-Atoine Bénos-Dijian, Anna Bonitatibus, Zachary Wilder, David Portillo. Dirección musical: Sébastien Daucé. Dirección de escena: Jetske Mijnssen. Théâtre de l’Archévêché, 7 de julio de 2025.
Abusos, traumas familiares y cuerpos deseados recorren las tres primeras óperas del Festival d’Aix-en-Provence 2025. Desde el Don Giovanni alucinado de Robert Icke, pasando por la lectura incestuosa de Louise según Christof Loy, hasta la elegancia mitológica de La Calisto dirigida por Jetske Mijnssen, el deseo aparece siempre como amenaza, herida o transformación. Un inicio de certamen de gran nivel musical y propuestas escénicas intensas que exploran la fragilidad humana a través del deseo, la memoria y la violencia emocional.
Con su debut operístico, el británico Robert Icke se acerca al mito de Don Juan como una alucinación final: Don Giovanni y el Comendador son la misma persona, desdoblada entre deseo, culpa y muerte. La acción arranca con la muerte súbita de un anciano —el Giovanni envejecido— cuya agonía activa el recuerdo delirante de una vida de excesos. Camas clínicas, cuerpos proyectados y efectos sonoros —latidos, tormentas— marcan esta regresión obsesiva. La aparición recurrente de una niña, símbolo del abuso infantil, añade una capa moral perturbadora. La célebre serenata se canta para seducirla, provocando un silencio gélido. Recitativos hablados, subtítulos reinventados (“fucking bitch”) y músicas internas reproducidas en vinilo transforman el dramma giocoso en un estudio clínico del trauma masculino: radical, incómodo y emocionalmente estéril.
Simon Rattle dirigió con tempi firmes, articulación precisa y una intención dramática constante, bien secundado por la Bayerischen Rundfunks. Golda Schultz fue una Donna Anna de nobleza vocal, mientras Magdalena Kožená aportó a Elvira fragilidad y vehemencia. Krzysztof Bączyk brilló como Leporello, entre humor y flemática presencia. Andrè Schuen encarnó un Giovanni introspectivo y lírico, con una “Deh, vieni alla finestra” bellísima. Madison Nonoa fue una Zerlina encantadora, junto a un Masetto cálido de Paweł Horodyski. Amitai Pati delineó un Don Ottavio refinado, algo corto en proyección. Clive Bayley asumió el Comendador —reconvertido en Giovanni moribundo— sin margen para el impacto habitual. Al fusionar ambas figuras, el montaje diluye la tensión final y desactiva la dialéctica víctima-verdugo. Un espectáculo que, queriendo trascender el mito, lo vacía de sentido.
© Festival Aix-en-Provence / Monika RITTERSHAUS La nueva producción de 'Louise' de Charpentier firmada por Christof Loy
El segundo título recayó en la propuesta de Christof Loy para Louise de Charpentier, que se inscribe en su conocida línea psicológica: todo transcurre en un único espacio cerrado —una sala de espera mutable— donde la acción se revela como un extenso flashback emocional. Aislada entre padres opresivos, Louise revive su historia de amor y sus impulsos de libertad, engullidos por una presión afectiva asfixiante; Loy sugiere de forma clara una relación incestuosa: la obsesión del padre, el deseo ambiguo de la hija y su entrega final confluyen en una escena de violencia muda, donde el síndrome de Estocolmo sustituye a cualquier final redentor. París, omnipresente en la partitura, no aparece visualmente hasta Montmartre, reduciendo su peso simbólico en favor de una visión más introspectiva y onírica.
La dirección musical de Giacomo Sagripanti fue eficaz y sólida, aunque sin aventurarse del todo en los colores más frágiles y poéticos de la partitura. La Orquesta de la Opéra de Lyon respondió con compromiso, pero sin alcanzar un brillo memorable. Elsa Dreisig se volcó con convicción en el complejo rol protagonista, tanto escénica como vocalmente; su esperada interpretación de “Depuis le jour”, en todo caso, no superó el umbral de lo correcto. Adam Smith ofreció un Julien de fraseo cuidado y progresiva implicación emocional, con una voz bien timbrada que fue ganando peso a lo largo de la función. Por su parte, Nicolas Courjal fue un padre de cuidada línea que tuvo su mejor momento en la canción de cuna, aunque mostró tensión vocal en los extremos del registro. Sophie Koch dio vida a una madre rígida y autoritaria, con gran seguridad escénica en un reparto que también contó con la mezzo catalana Carol García.
El coraje de Loy al dramatizar la herida muda de esta joven “que solo quiere vivir” dota de sentido a todo el conjunto, aunque la ejecución general no alcanzó la intensidad emocional que la obra merece.
© Festival Aix-en-Provence / Monika RITTERSHAUS La nueva producción de 'La Calisto' de Cavalli firmada por Jetske Mijnssen
Por último, La Calisto de Cavalli fue una de las propuestas más logradas del Festival por su coherencia artística, su depurado sentido visual y su excelencia musical. La dirección escénica de Jetske Mijnssen apostó por una lectura contenida, estilizada y sobria, que renuncia al dispositivo carnavalesco habitual del drama veneciano para centrarse en una visión ritualizada del deseo, la culpa y la transformación. Con una estética impecable, gestualidad refinada y una claridad narrativa admirable, el montaje convenció más por su forma que por su capacidad emocional. La sensualidad estaba, pero controlada; el humor, apenas insinuado; el juego, esbozado. El resultado fue una Calisto sofisticada, bella, pero algo distante.
Lauranne Oliva brilló en el papel titular con una voz limpia, timbre fresco y perfecta integración escénica. Alex Rosen ofreció un Giove de bajo robusto y versátil, mientras que Giuseppina Bridelli, como Diana, impresionó por su nobleza vocal y su fuerte presencia. Paul-Antoine Bénos-Djian aportó a Endimione un canto sensual y refinado, y Anna Bonitatibus, intensa y sólida, estuvo maravillosa tanto a¡como Giunone como dando vida a la Eternitá del prólogo. Zachary Wilder encarnó con histrionismo contenido una Linfea ambigua, mientras que David Portillo mostraba gran flexibilidad vocal en sus múltiples papeles (Natura, Pane y Furia). Dominic Sedgwick (Mercurio) y Douglas Williams (Silvano y Furia) completaron con solvencia un reparto de gran unidad.
Desde el podio, Sébastien Daucé dirigió al Ensemble Correspondances con precisión rítmica, flexibilidad expresiva y una atención exquisita al detalle. La reconstrucción musical, que integraba con naturalidad fragmentos de autores contemporáneos de Cavalli, enriquecía la narración sin perder coherencia estilística. Fue una lectura transparente, refinada y muy orgánica. Y sin embargo, pese al altísimo nivel general, quedó la sensación de que a esta Calisto —tan impecable como distante— le faltó algo de sombra, de riesgo o de carne para terminar de fascinar. * Albert GARRIGA, crítico de ÓPERA ACTUAL
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