El apabullante 'Orlando' de Händel resuena en el Real

Madrid

04 / 11 / 2023 - Mario MUÑOZ - Tiempo de lectura: 3 min

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orlando guth Christophe Dumaux (Orlando) y Giulia Semenzato (Dorinda) © Teatro Real / Javier DEL REAL
händle madrid Giulia Semenzato (Dorinda) en el 'Orlando' del Teatro Real © Teatro Real / Javier DEL REAL
orlando guth Una escena del montaje de 'Orlando' de Claus Guth © Teatro Real / Javier DEL REAL

Teatro Real

Händel: ORLANDO

Christophe Dumaux, Giulia Semenzato, Florian Boesch, Anna Prohaska y Anthony Roth Costanzo. Orquesta titular del Teatro Real. Dirección musical: Ivor Bolton. Dirección de escena: Claus Guth. 31 de octubre de 2023.

Podría decirse que Orlando es la mejor ópera de Händel. Aunque los reduccionismos sirven de poco, al menos queda la reivindicación. Como ópera de madurez de Händel tiene un asombroso caudal melódico sin asomo de cansancio, al que suma una actitud un poco de vuelta de todo que le permite romper los estrictos códigos de la ópera seria barroca si la dramaturgia así lo precisaba, consiguiendo enfadar hasta el abandono a sus más rutilantes estrellas (Senesino incluido). En esta ocasión, Händel contaba con el atípico bajo Antonio Montagnana, del que se saben sus proezas al leer las partituras que el sajón compuso para él. Händel no componía una sola nota que un cantante suyo no pudiera dar, y lo que la partitura de Montagnana dice es que fue un cantante único, capaz de abarcar las tesituras del bajo profundo y las de un barítono lírico. Una locura. Por eso buena parte de Orlando pivota sobre el personaje que cantó Montagnana, el mago Zoroastro, rompiendo la jerarquía entre cantantes que había de situarle en último lugar si Händel no fuera Händel. La magia siempre motivó al compositor y todo el despliegue orquestal que da pábulo al componente mágico es de una riqueza de matices apabullante. Luego vendrán el uso de las arias en función de la extracción social de los personajes, la incorporación de instrumentos poco comunes (la viola marina) y, claro, un aria de la locura que le costó un cantante, pero que aún hoy sorprende por su modernidad. En fin, la mejor.

"El Orlando de Christophe Dumaux, a pesar de un volumen discreto, consiguió encajar toda su coloratura a la par que mostraba un despliegue físico importante"

Orlando es una de las líneas temáticas de la temporada del Teatro Real, que poco a poco ha ido subiendo al escenario los dos grandes estallidos creativos de la carrera operística de Händel, el del 24/25 (Giulio Cesare, Tamerlano y Rodelinda) y el del 33/35 (Ariodante, Alcina y Orlando). La dirección de escena en este caso llega de parte de un Claus Guth que ya deslumbró en 2017 con Rodelinda y su tratamiento de los traumas de la infancia. En este caso hay algunas concomitancias (la casa giratoria, los personajes con cabezas alteradas) y permanece un talento feroz para crear imágenes simbólicas. El punto de partida es la vivencia amorosa con brotes esquizoides de un veterano de guerra que regresa carcomido por los fantasmas, en la línea de lo que Herzog propuso en Zúrich en su montaje de 2007. La ambientación bien podría ser Reseda o cualquier zona residencial en código humilde de L. A., con sus palmeras, jardines verticales y unos personajes que se transforman sin artificios (Dorinda, por ejemplo, pasa de pastora a camarera de un food truck). El resultado es poderoso visualmente sin llegar a deslumbrar, con algunos aciertos innegables y unas pocas debilidades.

Entre los primeros está todo el proceso que deriva en la locura de Orlando, que cuando comienza a dar sus primeros síntomas va haciendo temblar las luces y alterando su patrón de parpadeo para que percibamos ese extrañamiento en la mirada en primera persona. Las sombras (por ejemplo, en el aria de la locura) tendrán un relato propio emparentado con el libreto original, poniendo a Orlando frente al can Cerbero en el final del segundo acto. Entre lo negativo está el desdoblamiento del personaje de Zoroastro, en ocasiones un indigente borracho y en otras una especie de terapeuta o asistente social. De esa forma parecen resolverse los conjuros del mago (meras alucinaciones de un borracho), pero le quita a la ópera parte de su perspectiva fantástica.

En el reparto destacaron la pastora/camarera Dorinda —Giulia Semenzato, con un cuidado arranque del segundo acto en “Quando spieghi”—, el Zoroastro desdoblado de Florian Boesch —capaz de dar los agudos de barítono, los graves de bajo y los eructos de borracho—, y el Orlando de Christophe Dumaux, que a pesar de un volumen discreto consiguió encajar toda su coloratura a la par que mostraba un despliegue físico importante. Anna Prohaska no pareció sentirse cómoda en ningún momento como Angelica, ni tan siquiera en una de las arias más bellas escritas por Händel, el “Verdi prati”. Prometedor el Medoro de Anthony Roth Costanzo, con buen caudal y gusto por la improvisación.

La Orquesta Titular del Teatro Real sonó mucho más convincente y homogénea que en otras ocasiones tratándose de lenguaje barroco, y los refuerzos especializados del continuo ayudaron a la atmósfera general. Ivor Bolton buscó el deslumbramiento con el sonido orquestal de madurez de la ópera, con ritmos pausados por lo general y búsqueda de color. Le funcionó bastante bien durante la función, a excepción de los compases finales del aria de la locura, donde se hubiera agradecido algo más de rabia para dibujar el terrible abismo que se abre ante Orlando. * Mario MUÑOZ, corresponsal en Madrid de ÓPERA ACTUAL