CRÍTICAS
NACIONAL
Un trío de lujo recuperó 'Marina' en el Maestranza
Sevilla
Teatro de La Maestranza
Arrieta: MARINA
Sabina Puértolas, Ismael Jordi, Juan Jesús Rodríguez, Rubén Amoretti, José Manuel Díaz, Alicia Naranjo, Andrés Merino. Dirección musical: Manuel Busto. Dirección de escena: Bárbara Lluch. 14 de marzo de 2026.
Marina es sin duda el ejemplo más evidente de intento de hacer ópera netamente española. Como es bien sabido, nació como zarzuela con libreto de Francisco Campodrón, para convertirse en ópera adaptada por Miguel Ramos Carrión siguiendo un estilo basado en el de Donizetti, aunque en ese momento en Europa triunfaba Verdi, más avanzado. Lo hizo a instancias del tenor italiano Enrico Tamberlick, que deseaba cantarla en el Teatro Real. El resultado es un híbrido de dos horas y cuarto de duración con una trama escueta e imposible, centrada en los amores y celos de una pareja en la costa de Levante. Marina sigue la estructura lírica italiana, con influencias del bel canto romántico y algún toque tímidamente verdiano, pero con aires españoles y costumbristas. Por su popularidad ha sido grabada al menos en tres ocasiones, por José Olmedo, Frühbeck de Burgos y Víctor Pablo Pérez, siendo esta última la más ambiciosa, con Alfredo Kraus y María Bayo, por lo que la apuesta por Ismael Jordi, Celso Albelo, Marina Monzó, Juan Jesús Rodríguez y Sabina Puértolas parecía la más apropiada para su estreno en el Teatro de La Zarzuela en 2024, parte de cuyo doble elenco (e idéntico equipo técnico) revivió el montaje en el Teatro de La Maestranza.
La escenografía de Daniel Bianco es de las que deslumbran a una buena parte del público que se deja seducir por este tipo de propuestas. Nada que reprocharle, con un uso muy dinámico de la videoproyección, un trabajo de Pedro Chamizo que proporciona profundidad y recrea playa y mar con un realismo extraordinario. Cielos azules, nubes blancas y un vistoso vestuario con predominio igualmente de blancos y azules, así como la sucesión de hermosas estampas costumbristas de pescadores, astilleros y paseantes, nos recuerdan a Sorolla, su luz y su estilo. Sin embargo, el vestuario de Clara Peluffo Valentini no parece encontrar una época determinada, entre mediados del XIX para la gente humilde y las niñas bien, y principios del XX para las señoras encopetadas. Inexplicable la pelea entre hombres y mujeres de clase acomodada que se produce al final del segundo acto, quizás un guiño a la lucha de clases que el libreto ni siquiera apunta en su afán de centrarse en los amoríos de los protagonistas.
Estos detalles sin duda afean la dramaturgia y la hacen poco atractiva. Coro y figurantes se mueven con la habitual tendencia al caos que caracteriza muchas rutinarias direcciones operísticas. Bárbara Lluch, la directora de escena, añade danzas que acaban por resultar casi ridículas en su afán por acumular disciplinas y hacer de este un montaje que se acaba percibiendo como pretencioso; ropajes excesivos para una obra cargada de melodías, coros y juegos vocales de todos los colores la cual, en realidad, no encuentra más inspiración que en un par de arias, algún dúo y, sobre todo, en la célebre apología del vino, todo ello producto de un libreto cargado de mensajes rancios hoy casi imposibles de aligerar.
La producción, en todo caso, se benefició de un convincente elenco vocal, mientras la aportación sevillana se saldaba con el excelente nivel observado en la Sinfónica bajo la dirección precisa y detallista del también sevillano Manuel Busto, autor además de unas cadencias finales que la soprano protagonista salvó con solvencia. Hay que añadir el trabajo colosal del Coro del Maestranza, cuya presencia en este título es tan generosa como la de los propios protagonistas.
Sabina Puértolas demostró en el rol titular muy buena técnica vocal, un timbre hermoso y una proyección holgada, aunque como actriz denotó exceso de gestos y expresiones, componiendo una joven inmadura y pamplinosa, difícilmente atractiva. Ismael Jordi, rutilante en el canto e imponente en presencia, se mostró nuevamente capaz de emitir agudos casi imposibles y de cantar con el buen gusto que le caracteriza. Su dúo con Marina, «Yo parto muy lejos de aquí», logró resultados muy satisfactorios. El público quedó sorprendido con sus habilidades como malabarista con una botella… También sobresalió la voz imponente del barítono onubense Juan Jesús Rodríguez, excelente en la habanera «Dichoso aquél que tiene», y muy en estilo aflamencado en el breve fandango que la edición de 2005 recuperó del original zarzuelero.
Por su parte, el veterano Rubén Amoretti, que en aquel lejano «Alahor en Granada» figuró como tenor y ahora exhibe claramente tesitura de bajo-barítono, un caso extraordinario, exhibió una voz algo tremolante pero bien colocada en su papel del ilusionado prometido de Marina, demostrando poseer unos graves a menudo profundos y siniestros en pasajes como «Yo tosco y rudo trabajador». José Manuel Díaz como capitán, Alicia Naranjo y Andrés Merino, tan familiares del público sevillano, hicieron un trabajo impecable con sus breves aportaciones, mientras el coro destacó sobremanera, en la barcarola de marineros del segundo acto o el brindis del tercero, el celebérrimo «A beber, a beber y a apurar». * Juan José ROLDÁN, colaborador de ÓPERA ACTUAL
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