Cuando el dolor se vuelve rito: el ‘Stabat Mater’ según Castellucci

Ginebra

16 / 05 / 2025 - Albert GARRIGA - Tiempo de lectura: 3 min

pergolesi ginebra La nueva producción de 'Stabat Mater' de Romeo Castellucci © GTG / Monika RITTERSHAUS
pergolesi ginebra Barbara Hannigan y Jakub Józef Orliński en la nueva producción de 'Stabat Mater' de Romeo Castellucci © GTG / Monika RITTERSHAUS
pergolesi ginebra Barbara Hannigan y Jakub Józef Orliński en la nueva producción de 'Stabat Mater' de Romeo Castellucci © GTG / Monika RITTERSHAUS

Grand Théâtre de Genève

Pergolesi: STABAT MATER

Nueva producción

Barbara Hannigan, Jakub Józef Orliński. Ensemble Contrechamps, Il Pomo d’Oro. Maîtrise du Conservatoire Populaire de Genève. Dirección musical: Barbara Hannigan. Dirección de escena: Romeo Castellucci. Cathédrale Saint Pierre, 14 de mayo de 2025.

La Catedral de San Pedro de Ginebra, epicentro de la Reforma y bastión de la iconoclasia, se transformó en un espacio de rito y contemplación gracias a la nueva propuesta del Grand Théâtre de Genève dirigida escénicamente por Romeo Castellucci. Allí se presentó un Stabat Mater de Pergolesi en diálogo con obras de Giacinto Scelsi, concebido como instalación litúrgica de gran impacto visual y sonoro, que confirmó una vez más la capacidad del director italiano para construir imágenes de potente simbolismo.

El contexto protestante del templo, desligado expresamente de la producción mediante una nota en el programa, generó una tensión entre el espacio desnudo y la densidad mariana de la obra. Esta contradicción se acentuó con la disposición transversal del público respecto al eje de la nave, que alteró tanto la perspectiva como la orientación simbólica del conjunto.

El espectáculo se abrió con una imagen de alto voltaje dramático: el Ensemble Contrechamps —conjunto ginebrino de música contemporánea— entró en formación militar, vestidos con uniformes de camuflaje y cargando instrumentos del mismo color, como si fueran armas. Bajo la dirección de Barbara Hannigan, también uniformada, interpretaron Quattro pezzi su una nota sola de Scelsi. Estas piezas, de escritura espectral y monolítica, actuaron como un prólogo de trance, amplificado por la reverberación de la catedral y la oscilación de tres mástiles blancos que cruzaban la nave como péndulos litúrgicos.

Durante una de las primeras secciones del Stabat Mater, esos mástiles descendieron para sujetar a la soprano canadiense en una imagen de exposición y vulnerabilidad, ambigua en su significado, pero de fuerte carga sacrificial. La música de Pergolesi no interrumpió el clima anterior, sino que lo prolongó con una continuidad casi natural y oculto tras el entramado escénico, el conjunto barroco Il Pomo d’Oro ofreció una lectura de tempi muy dilatados y sonoridad contenida, admirablemente realzada por la acústica de la catedral, que permitía que cada compás adquiriera peso y resonancia simbólica.

"El contexto protestante del templo, desligado expresamente de la producción mediante una nota en el programa, generó una tensión entre el espacio desnudo y la densidad mariana de la obra"

Castellucci tejió un discurso visual en el que los signos religiosos, pictóricos y emocionales se entrelazaban constantemente; en una de las escenas iniciales, una figura colectiva de luto se replegaba sobre sí misma para dar a luz —como en un parto escénico— a una niña, a Jakub Józef Orliński y a Hannigan, como si emergieran del dolor compartido de una comunidad desgarrada. Esta evolución, marcada por una transformación progresiva del vestuario —del negro al blanco, y finalmente al rojo—, quedaba prefigurada por el gesto ritual de una cinta roja que, al pasar de mano en mano hasta llegar a la niña, activaba una poderosa metáfora de herencia, sangre y transmisión de la memoria.

Uno de los momentos más conmovedores fue la aparición del grupo infantil: una treintena de niños, vestidos de gris, se cubrieron el rostro con las manos y luego se descalzaron y recostaron en el suelo, evocando cuerpos en duelo. Más tarde, cada uno sostuvo una escultura de Cristo en su regazo, componiendo una constelación muda de piedades contemporáneas. Durante los últimos movimientos —«Fac ut portem e Inflammatus»—, abandonaron lentamente la escena, dejando esparcidas las esculturas como restos del sacrificio. Entonces apareció un hombre, atado de espaldas a un mástil y con el torso desnudo, en una imagen de martirio abstracto que intensificó la dimensión expiatoria de la propuesta antes del “Quando corpus morietur”, convertido en un lamento sobre un paisaje vacío y silente.

Las interpretaciones vocales mostraron un compromiso absoluto. Hannigan —también responsable de la dirección musical— ofreció una lectura visceral y arriesgada, moldeando la voz con recursos tímbricos extremos. Orliński, por su parte, aportó una línea vocal sobria y homogénea, de absoluto control técnico y de gran belleza. Juntos, lograron una fusión más allá de lo eminentemente musical, de gran intensidad, perfectamente integrada en la propuesta escénica.

Tras el «Amen» final, Scelsi reapareció como epílogo con sus Three Latin Prayers: el coro infantil Maîtrise du Conservatoire Populaire de Genève entonó las dos primeras desde una capilla lateral, aportando una sonoridad etérea. El «Alleluia» final, cantado a cappella por Hannigan, selló la experiencia con una nota de ascensión mística. Las puertas de la catedral se abrieron lentamente. Algunos aplausos rompieron el silencio, pero la mayoría del público salió conmovido y en recogimiento. Este Stabat Mater no fue ópera ni concierto: fue un rito multisensorial donde Castellucci rompió códigos para forzar la contemplación en un ejercicio brillante, perturbador e inolvidable.  * Albert GARRIGA, corresponsal en Ginebra de ÓPERA ACTUAL

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