Confidencias de un joven enamorado

Madrid

15 / 04 / 2021 - José María MARCO - Tiempo de lectura: 3 min

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Christoph Prégardien Christoph Prégardien y Roger Vignoles en un momento del recital © CNDM / Rafa MARTÍN
Christoph Prégardien Christoph Prégardien y Roger Vignoles en un momento del recital © CNDM / Rafa MARTÍN
Christoph Prégardien Christoph Prégardien y Roger Vignoles en un momento del recital © CNDM / Rafa MARTÍN

Centro Nacional de Difusión Musical

Recital de CHRISTOP PRÉGARDIEN

XXVII Ciclo de 'Lied'

Obras de Franz Schubert. Christoph Prégardien. Roger Vignoles, piano. Teatro de La Zarzuela, 12 de abril de 2021.

El ciclo de canciones La bella molinera, de Franz Schubert, puede cantarse e interpretarse desde muchas perspectivas: la ingenuidad y la timidez del primer amor, la facundia de un seductor defraudado, la tragedia del enamorado que acaba en depresión, tal vez suicidio… Del romanticismo más exaltado al tono casi pastoral, incluido el malvado cazador, todo le viene bien, tan rica es la inspiración de Schubert y tan sutil y versátil su imaginación.

"El estilo de Prégardien proceden de un clasicismo riguroso: atención al detalle, fraseo sin mácula, medias voces, notas sostenidas y ampliadas, línea de canto nítida, articulaciones pulidas hasta lo exquisito, contrastes dramáticos interiorizados en el canto puro"

En esta nueva velada del Ciclo de Lied del CNDM en el Teatro de La Zarzuela se encargó de dar vida al joven enamorado Christoph Prégardien, quien lo interpretó con la voz para la que fue escrita originalmente, la de tenor, esta vez lírico-ligero, lo que  permite escuchar como no siempre ocurre a un personaje juvenil, que vive sin la menor distancia su aventura amorosa con la molinera que no le hace el menor caso, mientras vuelca en el arroyo –también en las flores, y las estrellas– unos sentimientos recién estrenados, apurados hasta el fondo. De forma un poco paradójica, la escuela y el estilo de Prégardien proceden de un clasicismo riguroso: atención al detalle, fraseo sin mácula, medias voces, notas sostenidas y ampliadas, línea de canto nítida, articulaciones pulidas hasta lo exquisito, contrastes dramáticos interiorizados en el canto puro… Toda una lección de técnica, sumamente sofisticada, puesta al servicio de un personaje encantadoramente sencillo, sin la menor doblez, que necesita cantar, expresar el caudal de emociones que lo embarga desde el primer Lied, que lo define en cinco estrofas que requieren una amplísima variedad de matices, hasta la larga, casi interminable despedida final.

Pocas veces como en La bella molinera resulta el piano tan imprescindible. Más que en funciones de acompañamiento, el instrumento encarna al arroyo, el tercer personaje en juego, confidente y amigo del joven vagabundo y enamoradizo. Roger Vignoles estuvo magnífico, con una gama cromática extraordinaria y una no menos fastuosa fluidez. El confidente se convierte así en personaje por derecho propio: avanza con él, se remansa para escucharle, le da la réplica, discute, a veces parece reírse un poco de su nuevo amigo, tan elocuente como fatuo, y por fin, le consuela, en la medida en la que se deja, que –se adivina– no es mucha.

Los dos músicos ofrecieron dos propinas, algo raro en los recitales dedicados a un único ciclo de canciones: una preciosa versión de El tilo y la muy impresionante Noche santa, con la que Prégardien demostró su sensibilidad y celebró la vuelta a los escenarios.