Christian Thielemann se despide a lo grande de la Semperoper

Dresden

29 / 03 / 2024 - Xavier CESTER - Tiempo de lectura: 4 min

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strauss dresden La nueva producción de 'Die Frau ohne Schatten' de David Bösch © Semperoper Dresden / Ludwig OLAH
strauss dresden La nueva producción de 'Die Frau ohne Schatten' de David Bösch © Semperoper Dresden / Ludwig OLAH
strauss dresden La nueva producción de 'Die Frau ohne Schatten' de David Bösch © Semperoper Dresden / Ludwig OLAH

Semperoper Dresden

Strauss: DIE FRAU OHNE SCHATTEN

Nueva producción

Eric Cutler, Camilla Nylund, Evelyn Herlitzius, Oleksandr Pushniak, Miina-Liisa Värelä. Dirección musical: Christian Thielemann. Dirección de escena: David Bösch. 27 de marzo de 2024.

En el repertorio de Christian Thielemann, Die Frau ohne Schatten ocupa un lugar destacado, habiendo dirigido el maestro alemán destacadas producciones en la Deutsche Oper de Berlín, el Metropolitan de Nueva York, el Festival de Salzburgo y la Ópera Estatal de Viena (en el centenario del estreno de la obra en el mismo coliseo). Es lógico, por tanto, que esta monumental ópera de Richard Strauss sirva como vehículo de su última nueva producción en la Semperoper de Thielemann como director titular de la Staatskapelle de Dresden, unas funciones enmarcadas en las tradicionales jornadas que cada año el teatro sajón dedica al compositor bávaro. La recepción apoteósica por parte de un público apabullado por una interpretación musical estratosférica ha sido la mejor despedida de Thielemann a la ópera en Dresden.

La lectura omnicomprensiva del director berlinés, como siempre ofreciendo la partitura sin cortes, contó con la baza imprescindible del sonido áureo, de una calidez envolvente, de la Staatskapelle. Christian Thielemann supo combinar el refinamiento más exquisito, la transparencia más delicada (el conmovedor final del primer acto) con una potencia nunca descontrolada pero sí contundente (el apocalíptico final del segundo acto). Dominando como pocos el arte de la transición, permitiendo que el discurso fluyera con una naturalidad siempre atenta a los meandros y los matices, la batuta no dejó aspecto de la obra por escudriñar, iluminar y revelar en todo su esplendor. Una sola escena puede servir para ilustrar la maestría de Thielemann y la excelencia de la orquesta, el soliloquio del Kaiser en el segundo acto. Un solo de violonchelo de una tersura inaprensible da paso a un discurso de un lirismo de gran nobleza que, con un impecable sentido de la progresión dramática, se va agitando de forma tan gradual como implacable hasta una explosión telúrica. Es un único ejemplo de las decenas que se pueden extraer de una versión inolvidable.

"Eje de la obra y del montaje, este auténtico animal escénico que es Evelyn Herlitzius dominó con su Amme todas las escenas en las que aparecía, incluso cuando no cantaba, gracias a una gestualidad precisa y una mirada hipnótica"

Die Frau ohne Schatten requiere un quinteto de protagonistas bien armados para afrontar papeles de gran exigencia vocal, reto que la Semperoper superó con creces. La Kaiserin de Camilla Nylund mantiene la cremosidad del timbre y la refulgencia en el agudo ideales para un papel que la soprano finlandesa frasea con gran gusto, marcando bien la evolución de figura etérea a mujer compasiva. La escena clave del tercer acto fue la culminación de una interpretación en la que Nylund no flaqueó ni en los agudos más estratosféricos ni en los vertiginosos saltos interválicos. Su Kaiser fue un Eric Cutler que sorteó con soltura desconcertante la ardua escritura de un Strauss poco amante de los tenores. Con la plena complicidad de la batuta, el tenor estadounidense no solo no sonó forzado, sino que pudo ofrecer un fraseo de elegancia belcantista.

Oleksandr Pushniak fue un Barak de voz recia y bien timbrada, aunque con limitada capacidad para aligerar el sonido, lo cual repercutió en un canto en exceso monolítico, más apropiado para los momentos de ira que para las intervenciones más emotivas que dominan en el personaje más humano, y el único con nombre propio, de la ópera. Miina-Liisa Värelä aportó a la Mujer de Barak un instrumento homogéneo, con las suficientes dosis de metal para destacar en los pasajes de orquestación más densa. Más importante aún, la soprano finlandesa supo evitar el riesgo de caer en una lectura demasiado antipática del personaje, subrayando con una línea flexible su frustración y haciendo creíble su transformación final.

Eje de la obra y del montaje, este auténtico animal escénico que es Evelyn Herlitzius dominó con su Amme todas las escenas en las que aparecía, incluso cuando no cantaba, gracias a una gestualidad precisa y una mirada hipnótica. La escarpada escritura del personaje, que exige una extensión desaforada, fue resuelta por la soprano alemana con mayor seguridad que en las funciones vienesas de 2019 que compartió con Thielemann y Nylund. El grave sonaba más contundente y el agudo mantiene toda su fuerza de penetración, lo que permitió a Herlitzius mostrar todas las caras del demoníaco personaje: el afecto por su señora, el desprecio a los humanos, los sibilinos intentos de camelar a la Farberin y la desesperación ante el castigo final. La Semperoper reunió un buen equipo para los múltiples papeles pequeños que demanda Die Frau ohne Schatten aunque algún interno, tanto de solistas como del coro, sonó con menos presencia de la ideal. A destacar el trío bien conjuntado de hermanos de Barak (Rafael Fingerlos, Tilmann Rönnebeck y Tansel Akzeybek), el rotundo Geisterbote de Andreas Bauer Kanabas, el apasionado Erscheinung eines Jünglings de Martin Mitterrutzner y la ominosa Stimme des Falken de Lea-ann Dunbar.

Para una ópera cargada de símbolos de todo tipo, David Bösch optó por una producción caracterizada, ya que no por una relectura profunda y/o radical, por una legibilidad sin aspavientos. Tanto la escenografía de Patrick Bannwart como el vestuario de Moana Stemberger marcaron con claridad la distinción entre el mundo aéreo de los emperadores, con sus cortinajes y vestidos blancos, el de los espíritus, de inspiración oriental, y el de los humanos, con el grasiento taller-hogar de Barak de un gris desgastado. Bösch centra su mirada en la crisis de dos parejas, a punto de la ruptura por la falta de descendencia, con una ajustada dirección de actores que cuenta con el refuerzo proyecciones en muchos casos redundantes (la gacela perseguida por los perros de caza, la intimidad física de los emperadores, los fetos flotantes). No falta el humor (los jóvenes pretendientes en calzoncillos de la Färberin), así como tampoco el uso de recursos visuales de éxito dispar (el montacargas con que la Kaiserin y la Amme bajan a la tierra, un halcón gigante) en una puesta en escena sin grandes sorpresas. Bösch reserva las novedades para el tercer acto, en el que la sombra de los hijos no natos (¿o son los hijos muertos?) se refleja en los cochecitos destartalados que llevan figuras espectrales. Una vez la Kaiserin supera la prueba, las dos parejas se reencuentran, felices, pero la Amme hace una última e inesperada aparición, partiendo en dos la casa de Barak, con las parejas intercambiadas. Mientras la música se disuelve con la máxima delicadeza, la Amme queda sola, sentada en el suelo, quién sabe si meditando sobre una tragedia íntima. Bösch intenta en los últimos minutos, demasiado tarde, por tanto, ofrecer una perspectiva nueva tras horas de corrección sin más. Por suerte, su montaje no obstruye en absoluto la grandeza musical de la lectura de Christian Thielemann.  * Xavier CESTER, crítico internacional de ÓPERA ACTUAL