Santiago de Chile: La 'Forza' chilena

15 / 04 / 2019 - Juan Antonio MUÑOZ - Tiempo de lectura: 4 minutos

La acertada batuta de Giuseppe Grazioli y el montaje de Stefano Vizioli convirtieron la vuelta de 'La forza del destino' a Chile en todo un acontecimiento © Teatro Municipal de Santiago / Arnoldo TAPIAS
La acertada batuta de Giuseppe Grazioli y el montaje de Stefano Vizioli convirtieron la vuelta de 'La forza del destino' a Chile en todo un acontecimiento © Teatro Municipal de Santiago / Arnoldo TAPIAS

Municipal de Santiago-Ópera Nacional de Chile

Verdi: LA FORZA DEL DESTINO

Nueva producción

Oksana Sekerina, Giancarlo Monsalve, Vitaliy Bilyy, Maxim Kuzmin-Karavaev, Anna Lapkovskaja, Ricardo Seguel. Dirección: Giuseppe Grazioli. Dirección de escena: Stefano Vizioli. Teatro Municipal De Santiago, 15 de abril de 2019.

Estupenda apertura tuvo la temporada de ópera del Teatro Municipal de Santiago. El regreso largamente esperado de La forza del destino, tras 60 años de ausencia de los escenarios chilenos, fue un éxito que trajo de vuelta la energía y el calor del público lírico. Hace tiempo que no se veía algo así.

Al frente de la Orquesta Filarmónica de Santiago, Giuseppe Grazioli impactó desde el primer momento por su atractiva manera de abordar la obertura, que funciona como un anticipo de cuanto escucharemos durante la ópera. Si bien al inicio las cuerdas tuvieron un sonido con un brillo algo chirriante, luego eso se aplacó y la orquesta se fundió en un color más propiamente verdiano. El maestro enfatizó el flujo de cabalgata que tiene esta música de tantos contrastes; desde la explosión sonora a la intimidad religiosa, desde la angustia existencial –con el entrañable solo de clarinete para la escena de Don Álvaro– a la violencia. Grazioli fue capaz de dar cuenta de cómo Verdi trata de manera circular los temas ligados al destino, que protagonizan los metales y que se ligan al personaje de Leonora. En términos expresivos hay que destacar la contundencia de las maldiciones de los monjes, las arremetidas del sino en la gran escena de la soprano del último acto, y el triste y evanescente diminuendo con que termina la ópera.

La producción de Stefano Vizioli resultó un muy adecuado equilibrio de modernidad y tradición. La trama se desarrolla ante un módulo único que sufre algunos cambios durante la función; se trata de un gran teatro de herradura –con escenografía de Nicolás Boni– que poco a poco se va derrumbando y que actúa a modo de metáfora de cómo el hombre termina por destruir todo lo que construye, desde la vida en familia, a la convivencia social e incluso la fe.

Es interesante la forma en que la regia logró plasmar los dos mundos de esta ópera: el de los protagonistas y el de la masa. Mundos que no se tocan y que casi no dialogan, lo que se puede entender como una opción de Verdi por demostrar que en este entorno de guerra, sobrevivencia, odio y venganza, la historia de Álvaro, Leonora y Carlo es solo otra más.

Los cuadros de conjunto se resolvieron muy bien, a excepción de ciertas coreografías anecdóticas y prescindibles. La compleja escena de Fra Melitone en el tercer acto, que se basa en Wallensteins Lager, de Schiller, fue muy bien lograda y, por su colorido de vestuario –excelente trabajo de Monse Catalá– y luces –Ricardo Castro– recordó los cuadros de gitanos y alzamientos de Goya. Espeluznante, el paso de la carreta de muertos, y de gran efecto la salida fantasmal de Leonora de su ermita.

© Teatro Municipal de Santiago / Arnoldo TAPIAS

La soprano Oksana Sekerina abordó con valentía el rol de Leonora junto al tenor Giancarlo Monsalve, de voz algo tensa

Es increíble que la misma soprano que el año pasado cantara aquí una excelente Adalgisa en Norma haya podido hacer también una excepcional Leonora. Son roles totalmente distintos y Oksana Sekerina abordó ambos con total imperio. Su voz es lírica y no tiene el peso ni el espesor para este Verdi, pero su canto es inmaculado; domina la messa di voce, algo fundamental para este rol; tiene un agudo imbatible y de gran belleza, y proyecta su parte con total convicción y entrega. Fue ovacionada.

Los medios vocales del tenor chileno Giancarlo Monsalve son valiosos en términos de extensión y volumen, pero la emisión es frecuentemente forzada y tensa, lo cual atenta contra las sutilezas vocales del difícil rol de Don Álvaro. El barítono Vitaly Bilyy como Don Carlo de Vargas demostró de nuevo su adecuación verdiana, su elegancia para estar en escena y para cantar sin excesos ni licencias. La voz ha perdido levemente el esmalte, pero la extensión del registro está incólume y estuvo admirable en los vertiginosos, violentos y cambiantes dúos con el tenor y también en su “Urna fatal”. Algo apagado y monolítico el bajo Maxim Kuzmin-Karavaev como el Padre Guardiano, quien sin embargo hizo un excelente dúo con la soprano. Muy divertido y bien cantado el Fra Melitone de Ricardo Seguel, barítono chileno que podría interpretar este rol en cualquier escenario del mundo.  La mezzo Anna Lapkovskaja resultó demasiado impostada –asopranando su voz– en el difícil y desagradecido rol de Preziosilla.

PALABRAS CLAVE

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