Canto alegre de la juventud

Barcelona

12 / 11 / 2019 - Marcelo CERVELLÓ - Tiempo de lectura: 2 min

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Francisquita Una imagen de la producción de Lluís Pasqual © Gran Teatre del Liceu / Antoni BOFILL
Francisquita Elena Sancho Pereg fue una Francisquita de mucho calibre © Gran Teatre del Liceu / Antoni BOFILL
Francisquita Un momento de la coreografía de Nuria Castejón en el montaje de Lluís Pasqual © Gran Teatre del Liceu / Antoni BOFILL

Gran Teatre del Liceu

Vives: DOÑA FRANCISQUITA

Elena Sancho Pereg, Antonio Lozano, Ana Ibarra, Alejandro del Cerro, María José Suárez, Miguel Sola. Dirección: Óliver Díaz. Dirección de escena: Lluís Pasqual. 11 de novembre de 2019.

Este reparto alternativo –lo de segundo debería limitarse ya a la mera sucesión cronológica– dio una vuelta más a la llave que en el Liceu ha abierto la puerta de una Francisquita mucho más juvenil que la que suelen registrar los anales. No únicamente por la inteligente exteriorización que Lluís Pasqual ha hecho de un costumbrismo que ya no pertenece al presente sino también por la interpretación de dos intérpretes jóvenes que han dado mucha vida a unos personajes que parecen exigir una frescura que no siempre se refleja en las versiones al uso.

Elena Sancho Pereg –Premio ÓPERA ACTUAL 2017– ha refrendado la buena impresión que ya brindó aquí con su Sophie de Werther y su Oscar de Ballo con acierto interpretativo y una aportación vocal de mucho calibre. La afinación es perfecta y el dominio del registro superior y de los picchettati exigidos por su canción del acto primero son ejemplares, aunque su voz no es muy grande. Antonio Lozano, por su parte, aun con algún engolamiento ocasional y una emisión que da la impresión de que el tenor canta de perfil, aportó convicción teatral y un fraseo variado y eficaz, sin problemas en un agudo brillante y desembarazado.

Alejandro del Cerro pareció más suelto –y más sonoro también– que en la función inaugural, y María José Suárez compensó la falta de protagonismo que le supuso la eliminación de los diálogos hablados con la eficacia absoluta de su parte de canto y su carisma de actriz adaptable a las circunstancias. Óliver Díaz concertó una vez más con inspiración el bello quinteto del segundo acto que tantas veces se había obviado en representaciones de teatro y grabaciones discográficas y recibió al final la entusiástica ovación de un público que si pareció un tanto intimidado en el curso de la representación no regateó su aplauso en los saludos finales.