Bregenz: Rigoletto pierde la cabeza

25 / 07 / 2019 - Albert GARRIGA - Tiempo de lectura: 3 minutos

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El titánico montaje de la ópera de Verdi para Bregenz giraba en torno a una enorme cabeza de bufón que se va degradando junto al propio personaje de Rigoletto © Bregenzer Festspiele / Karl FORSTER
El titánico montaje de la ópera de Verdi para Bregenz giraba en torno a una enorme cabeza de bufón que se va degradando junto al propio personaje de Rigoletto © Bregenzer Festspiele / Karl FORSTER
El titánico montaje de la ópera de Verdi para Bregenz giraba en torno a una enorme cabeza de bufón que se va degradando junto al propio personaje de Rigoletto © Bregenzer Festspiele / Karl FORSTER
El titánico montaje de la ópera de Verdi para Bregenz giraba en torno a una enorme cabeza de bufón que se va degradando junto al propio personaje de Rigoletto © Bregenzer Festspiele / Karl FORSTER
El titánico montaje de la ópera de Verdi para Bregenz giraba en torno a una enorme cabeza de bufón que se va degradando junto al propio personaje de Rigoletto © Bregenzer Festspiele / Karl FORSTER

Festival de Bregenz

Verdi: RIGOLETTO

Nueva producción

Stephen Costello, Vladimir Stoyanov, Mélissa Petit, Miklós Sebestyén, Rinat Shaham, Kostas Smorigias, Wolfgang Stefan Schwaiger, Paul Schweinester, Jorge Eleazar, Léonie Renaud, David Kerber. Dirección: Enrique Mazzola. Dirección de escena: Philipp Stölzl. 21 de julio de 2019.

No se le puede negar al Festival de Bregenz la espectacularidad de sus montajes y, una vez más no ha defraudado en absoluto. Philipp Stölzl, escenógrafo, director de cine y de escena alemán ha llevado un monumental Rigoletto al mundo circense para explicar la historia de un padre desafortunado que quería a su hija en demasía, controlándola demasiado para evitarle caer en las pérfidas manos del libidinoso Duque de Mantua. La contraposición del imaginario del circo (con sus payasos y acróbatas) a la de la corte del Duca no está mal resuelta y, sobre todo, de manera muy espectacular en ese vasto escenario en forma de una gigantesca cabeza -de 35 toneladas- y sus dos manos, que representan al payaso/bufón-Rigoletto.

Un escenario, el de Bregenz, que por primera vez propone la ópera de Verdi y que consigue una escenografía muy dinámica como nunca se había visto en el Lago Constanza. Y es que la cabeza de ese payaso Rigoletto,  se va deteriorando dejando ver la propia podredumbre del personaje, finalizando en una cabeza cadavérica. Además, en Bregenz el espectáculo circense siempre está servido con alguna caída de personajes desde las alturas al agua; en esta ocasión fue Gilda quien acabó deslizándose por una cuerda desde 20 metros de altura, sin olvidar esa subida estelar a 50 metros del alma de Gilda cuando perece. Hubo espectáculo, sí. Ideas o genialidad, no tanto.

Enrique Mazzola, dirigiendo desde el contiguo Festspielhaus a la Sinfónica de Viena, consiguió llevar a buen puerto la popular obra verdiana, pero no se entrevieron atisbos de delicadeza, de contrastes, de italianidad. Mazzola tendió a una superficialidad centrada en el efectismo más que a acercarse a un lirismo y fraseos verdianos.

Vocalmente hubo dos claros protagonistas, Vladimir Stoyanov como Rigoletto y la Gilda de la soprano francesa Mélissa Petit. Stoyanov, poseedor del timbre adecuado para un personaje que conoce íntimamente, estuvo francamente bien en toda su prestación, aunque le faltó sutileza en el “Pari Siamo” y algo de humanidad en el “Cortigianni”, sin olvidar algunas notas agudas algo carentes de brillo, aunque supo utilizar la mezzavoce. Petit, por su parte, fue pura dulzura y musicalidad, y si bien a Gilda se la espera menos sourbette y más lírica, fraseó con elegancia y afrontó los agudos con seguridad y conseguidas matizaciones. Stephen Costello (Duca) posee una atractiva voz de tenor lírico, pero no terminó de convencer por una presencia escénica mecánica ni, sobre todo, por un registro agudo estrangulado y forzado. Pudo resolver algunas frases del “Parmi veder” con cierta elegancia, pero se estrelló en la cabaletta y en la popular  “La donna é mobile”, que pasó sin pena ni gloria. Quizás su mejor momento fue en “È il sol dell’anima” contagiado, sin duda, por la delicadeza de Petit. A destacar el Sparafuccile de Miklós Sebestyén por un instrumento noble y contundente.