Bieito, Grieg y poco más

Estrasburgo

02 / 10 / 2020 - Francisco Javier CABRERA - Tiempo de lectura: 3 min

Print Friendly, PDF & Email
Mari Eriksmoen, la voz cantante de la obra de Grieg © Opéra national du Rhin
Una escena de la producción de Calixto Bieito, centrada en un cubo © Opéra national du Rhin

Opéra national du Rhin

Grieg: SOLVEIG (L'ATTENTE)

Nueva producción

Mari Eriksmoen. Dirección: Eivind Gullberg Jensen. Dirección de escena: Calixto Bieito. 23 de septiembre de 2020.

La lista de coproductores de Solveig, una pasión sinfónica basada en Peer Gynt de Henrik Ibsen es larga: Tivoli Festival Copenhagen, Teatro Arriaga de Bilbao, Vilnius Festival, Gothenburg Symphony Orchestra, Iceland Symphony Orchestra y la Opéra national du Rhin, con el Bergen International Festival/Anders Beyer como productores ejecutivos. Y esto es sorprendente porque los medios utilizados para esta producción son bastante escasos: orquesta y coro de tamaño medio, una soprano (con breves intervenciones de un barítono del coro) y, como único decorado, un cubo blanco. Todo ello amplificado para detrimento de la calidad sonora natural del conjunto.

"Las proyecciones vídeo sobre las paredes del cubo blanco que hacía función de caja escénica fueron de una rara belleza pero de escaso nivel comunicativo"

El novelista noruego Karl Ove Knausgård (famoso por su hexalogía Mi lucha) y el director de escena español Calixto Bieito le dieron la vuelta al relato de Ibsen, cambiando el punto de vista de Peer Gynt por el de la joven Solveig, abandonada después de haber sido seducida por el protagonista, reescribiendo un nuevo libreto para la maravillosa música de Edvard Grieg. La heroína, siempre fiel al recuerdo de su amor, vive el resto de su vida en una espera hecha de perseverancia y abnegación. En teoría, la idea podía haber funcionado, pero el confuso texto de Knausgård se perdió en disquisiciones naturalistas sin mucha relación con la música o la letra de la partitura de Grieg, y la puesta en escena de Bieito no ayudó mucho a esclarecer de qué iba la cosa, siendo más onírica o poética que nada. Las proyecciones vídeo sobre las paredes del cubo blanco que hacía función de caja escénica fueron de una rara belleza, pero de escaso nivel comunicativo. En cierto modo, se podría decir que distraían más que ilustraban el texto del autor noruego. Aún así fueron lo más agradable de la velada.

La orquesta sonó bastante bien pero, al estar escondida detrás del cubo, creó no pocas dificultades para el coro que, además de estar poco habituado a la difícil pronunciación de la lengua noruega, tuvo que lidiar con las difíciles condiciones acústicas creadas por la disparatada disposición escénica, con lo que acabó desentonando en varios momentos.

La soprano noruega Mari Eriksmoen destacó más por sus dotes de actriz que por su canto: si en las partes habladas se mostró muy convincente –su timbre canoro en realidad es de muchos quilates–, sus aparentes dificultades para negociar las pocas notas agudas que tiene la partitura decepcionaron sobremanera. Por este detalle, añadido a todo lo relatado anteriormente, no es de extrañar que los aplausos finales fueran, por decirlo de alguna manera, bastante poco apasionados.