Bernheim, la elegancia del camaleón

Peralada

25 / 07 / 2021 - Antoni COLOMER - Tiempo de lectura: 2 min

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Bernheim / operaactual.com Bernheim, en pleno recital en Peralada © FICP / Miquel GONZÁLEZ
Bernheim / operaactual.com Bernheim en la Església del Carme de Peralada © FICP / Miquel GONZÁLEZ
Bernheim / operaactual.com Benjamin Bernheim y David Zobel © FICP / Miquel GONZÁLEZ

Festival Castell de Peralada

Recital de BENJAMIN BERNHEIM

Obras de Chausson, Verdi, Pizzetti, Chaikovsky, Gounod y Massenet. David Zobel, piano. Esglèsia del Carme de Peralada. 24 de julio de 2021.

El Festival Castell de Peralada, tras unas primeras veladas dedicadas a la danza, empezó a calentar motores en lo que respecta al repertorio lírico con el debut local del tenor francés Benjamin Bernheim en l’Església del Carme. Un recital íntimo, tanto por la elección del repertorio y la construcción del programa como en sus planteamientos interpretativos. Probablemente no constituyera la velada más excitante para aquel público que esperase la exhibición del tenor de turno, pero fue la constatación de que Benjamin Bernheim es un cantante superlativo que puede marcar el tempo tenoril en los próximos años.

"Y luego queda el intérprete. Un auténtico camaleón capaz de moverse con la misma resolución y elegancia en todo tipo de repertorios"

Superlativo por la belleza y la personalidad de una voz de auténtico tenor lírico que, además, la sabe usar con inteligencia y sutileza. De color uniforme en todos los registros; a medida que asciende al agudo la columna de sonido se muestra, a cada paso, más sólida, coloreada y que adquiere más armónicos gracias a una impecable técnica de cobertura. El timbre es penetrante y seductor, por momentos beneficiado de unos tintes oscuros naturales que, lejanamente, remiten a los de Georges Thill. Además, junto a un registro agudo impactante a plena voz, su recurso del falsete, característico de la tradición canora francesa, no solo está bien resuelto técnicamente, sino que aporta gran expresividad y variedad de colores. Y luego queda el intérprete. Un auténtico camaleón capaz de moverse con la misma resolución y elegancia en todo tipo de repertorios como la mélodie, el Lied, la ópera romántica francesa, el bel canto, Verdi o el repertorio eslavo. Y, en cada uno de ellos, aportando su personalidad y una musicalidad indestructible.

Junto al excelente pianista David Zobel, el tenor francés arrancó interpretando el Poème de l’amour et de la mer, de Ernest Chausson, toda una declaración de intenciones. Aunque interpretada mayormente por sopranos y mezzos, Chausson escribió este poema en tres partes pensando en una voz de tenor como la de Bernheim, quien aquí se mostró como un intérprete de extraña sensibilidad y de una sutileza en la fusión de música y texto poco habitual. La resonancia excesiva de la Església del Carme, en esta ocasión exacerbada aún más debido a las restricciones de público, no fue el mejor vehículo para una obra plagada de cromatismos pese a la buena labor de Zobel, pero tampoco obstáculo insalvable para admirar la adecuación estilística de Bernheim a ese lenguaje fronterizo que transita entre ópera y Lied.

A continuación, y en un salto sin red, el tenor interpretó el recitativo y aria de Macduff, del Macbeth verdiano. Si la inclusión de este fragmento en este punto del programa fue un tanto desconcertante, también es cierto que sirvió para mostrar otra faceta del cantante. Recitativo perfectamente acentuado, línea de canto aristocrática, bello sonido y personalidad interpretativa. Si Verdi constituye la prueba del algodón, éste salió inmaculado.

Tras una ensoñadora versión de la poco habitual I pastori, de Ildebrando Pizzetti con versos de D’Annunzio y una interiorizada «Kuda, kuda» del Onegin de Chaikovsky, llegaron las tres arias finales del programa oficial en las que Bernheim afrontó tres de los grandes personajes de la ópera francesa: Faust, Des Grieux y Roméo. Pero no se limitó simplemente a interpretar sus famosas arias («Salut demeure chaste pure», «En fermant les yeux» y «Ah! Lève-toi, soleil») como hacen tantos tenores, sino los personajes en sí pues, en cada una de ellas, se podían percibir los matices y la personalidad de cada uno de ellos. Extático en Faust, atacó el famoso Do agudo en un falsete con cuerpo y bellísimo, recurso aquí perfectamente justificable pues ayudó a mantener la delicada línea de canto. Con el sueño de Manon la gama de medias voces pareció infinita y con Roméo se apreció al Bernheim más desatadamente romántico en el mejor de los sentidos de ambas palabras.

Con la primera propina, pianista y cantante apostaron por mantener el clima creado interpretando una versión del Morgen de Richard Strauss, Lied en el que Bernheim demostró que puede ser, si se lo propone, un liederista de gran nivel. Pero aún hubo un último impacto: la Chanson de Kleinzach de Les contes d’Hoffmann. La ópera de Offenbach es el próximo proyecto del tenor, que debe cantarla en Hamburgo en septiembre dirigido por Kent Nagano. Quizás por ese motivo ofreció una interpretación tan vívida y compleja de esta pieza singular. A través de un enfoque estilístico más cercano al universo de la opereta que al operístico, sin perder por ello ni un ápice de profundidad y emoción, Bernheim regaló, con Kleinzach, un escalofriante fin de fiesta. * Antoni COLOMER, colaborador de ÓPERA ACTUAL