Beethoven, fin de ciclo en el Palau

Barcelona

18 / 02 / 2020 - Antoni COLOMER - Tiempo de lectura: 3 min

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Solistas, orquesta, coro y director protagonizaron una noche memorable en el Palau © Palau de la Música Catalana / Antoni BOFILL
Solistas, orquesta, coro y director protagonizaron una noche memorable en el Palau © Palau de la Música Catalana / Antoni BOFILL

Palau de la Música Catalana

Beethoven: NOVENA SINFONÍA

Temporada Palau 100

Lucy Crowe, soprano. Jess Dandy, contralto. Ed Lyon, tenor. Tareq Namzi, bajo. Orchestre Révolutionnaire et Romantique. Monteverdi Choir. Cor de Cambra del Palau de la Música Catalana. Dirección: John Eliot Gardiner.

Hay noches, hay conciertos, sobre los que se hace difícil hilvanar un análisis frío y riguroso debido a la emoción que se apodera de toda una sala, de una audiencia consciente de estar viviendo una experiencia musical trascendente e inolvidable. Es imposible no conmoverse cuando compañeros de butaca, a lado y lado, se secan las lágrimas durante y al final del concierto.

La última sinfonía de Beethoven, la famosa Novena, es ya de por sí una obra conmovedora. No se va a descubrir ahora. Si está interpretada con intensidad, dramatismo, lirismo y pasión, como lo hizo la Orchestre Révolutionnaire et Romantique, el Monteverdi Choir y el Cor de Cambra del Palau, es difícil contener la emoción. Y si, además, es la culminación de un ciclo completo de las sinfonías de Beethoven, dirigidas por John Eliot Gardiner en el cénit de su gloriosa carrera, un viaje musical conjunto durante una semana, es comprensible la catarsis que se dio al final de este concierto en el Palau. En la sesión de clausura el programa contenía las dos últimas creaciones sinfónicas del compositor alemán, la ligera, casi humorística Octava en la primera parte, y la emblemática Novena para rematar unas veladas musicales que han puesto en pie al público barcelonés, que ha entablado una especial simbiosis y empatía con los intérpretes.

"Unas cuerdas vibrantes jugueteando con las maderas, siguiendo las directrices de un Gardiner que trabaja con especial hincapié y delectación el equilibrio y contraste entre los múltiples planos sonoros"

El director inglés atacó el primer movimiento de la Octava con la energía habitual. Tempi siempre vivaces y acentos enérgicos, subrayando el permanente diálogo entre las diferentes secciones. Unas cuerdas vibrantes jugueteando con las maderas, siguiendo las directrices de un Gardiner que trabaja con especial hincapié y delectación el equilibrio y contraste entre los múltiples planos sonoros. Cada tema, cada frase, cada detalle es expuesto con meridiana claridad por el director inglés, que goza profundizando en los extremos tímbricos de cada instrumento.

Con la Novena llegó el clímax de un ciclo del que se recordarán, especialmente, memorables versiones de la Heroica y la Quinta. Desde el primer acorde de la Novena, la tensión impregnó la sala y a una orquesta que, en esta ocasión, dio lo mejor de sí. Unas cuerdas precisas en la articulación y expresivamente desbocadas, maderas impecables dando la réplica y unos metales majestuosos, agresivos, plasmaron el concepto revolucionario beethoveniano de Gardiner quien, a sus ochenta años, mostró una energía desbordante, dominando cada uno de los recovecos de una partitura sin par. El milagro llegó con un Adagio tan acariciante como vigoroso, sin rasgo de ensimismamiento, pero de una dulzura y abandono poco habitual.

Para el celebérrimo último movimiento, tan teatral en sí mismo, Gardiner no ahorró un colpo di teatro. Si en la Octava Sinfonía violines y violas tocaron de pie, durante los tres primeros movimientos de la Novena lo hicieron sentados. Pero no así en el último, al cual se incorporaron los coros correspondientes y los cuatro solistas: la soprano, Lucy Crowe, el tenor Ed Lyon, la contralto Jess Dandy y el bajo Tareq Nazmi. En general los solistas tuvieron una prestación solvente, aunque se escucharon mejor las voces masculinas que las femeninas. De más a menos el bajo y suficiente el tenor, mientras que Dandy se quedó corta de proyección y Crowe mostró un timbre un tanto estridente que descompensó, en algunos momentos, el cuarteto.

Mención aparte se merece la masa coral. No hay duda de que el Monteverdi Choir es uno de los mejores del mundo. En Barcelona ha dejado pruebas fehacientes de ello, y en esta ocasión lo hizo una vez más, reforzado por un Cor de Cambra del Palau del que no hace falta recordar su altísimo nivel, todos ellos bajo la dirección de Simon Halsey, sin duda uno de los grandes fichajes de los últimos años del Palau.

Una noche de esas que no se olvidan.