Barcelona: La OBC inaugura con contrastes

28 / 09 / 2019 - Antoni COLOMER - Tiempo de lectura: 3 min

Print Friendly, PDF & Email
Kazushi Ono dirigió la inauguración del curso de la OBC © L'Auditori / May ZIRCUS
La soprano Ilona Krzywicka fue la cantante solista © L'Auditori / May ZIRCUS
Aplausos finales en la velada inaugural del curso de la OBC en l'Auditori © L'Auditori / May ZIRCUS

Temporada OBC

Brahms: UN RÉQUIEM ALEMÁN

Concierto Inaugural

Obras de Brahms y Ferran Cruixent. Ilona Krzywicka, soprano. Orquestra Simfònica de Barcelona i Nacional de Catalunya. Orfeó Català. Dirección: Kazushi Ono. L’Auditori, 27 de septiembre de 2019.

Arrancó la nueva temporada musical en Barcelona y, mientras el Liceu calienta motores, la OBC ha tomado la iniciativa con un concierto inaugural de programa atractivo y ambicioso que reunía un estreno absoluto, encargo de la casa, y una obra del gran repertorio romántico sinfónico-coral. Una auténtica prueba de fuego para Kazushi Ono y su orquesta, así como para el Orfeó Català, que ha colaborado en esta primera gran cita del otoño musical.

Lo primero que se escuchó en el Auditori fue un discurso generado por ordenador del compositor Ferran Cruixent sobre la relación entre el ser humano y la inteligencia artificial, tema en el que se basa su composición Human brother que se estrenaba en esta velada. El discurso supuso una perorata tan larga, críptica e innecesaria como pretencioso pareció el texto de la obra, Prayer for the human brother, del propio autor. Una lástima, porque la partitura compuesta por Cruixent es, una vez más, de un virtuosismo y brillantez indiscutibles, combinando material creado a partir de algoritmos con un discurso orquestal en el que se perciben influencias variadas, desde Szymanowsky hasta Strauss o Stravinsky, todo ello filtrado por el exuberante universo sonoro de un compositor que, desde hace tiempo, centra su discurso en el potencial de la simbiosis entre tecnología y orquesta a través de su teoría del Cibercanto.

"La soprano Ilona Krzywicka tuvo que lidiar con el texto y una línea vocal compleja, de amplísimo registro. Y lo hizo con gran brillantez, mostrando aplomo y un bello timbre que, a pesar de la densidad sonora de algunos pasajes, superó la orquesta y se proyectó sin dificultad por la sala"

La respuesta de la OBC y la lectura de Ono fueron brillantes, con momentos puntuales de sonido apabullante y otros de un refinamiento tímbrico de altos vuelos. La soprano Ilona Krzywicka tuvo que lidiar con el texto y una línea vocal compleja, de amplísimo registro. Y lo hizo con gran brillantez, mostrando aplomo y un bello timbre que, a pesar de la densidad sonora de algunos pasajes, superó la orquesta y se proyectó sin dificultad por la sala. Cruixent en persona recibió los calurosos aplausos desde el escenario.

El contraste entre la exuberancia de la obra del compositor contemporáneo y la austeridad protestante del Ein Deutsches Requiem, de Brahms, es enorme y se puso de manifiesto desde los primeros compases, con ese inicio íntimo y sutilmente eclesiástico que desemboca en la primera intervención del Coro, auténtico protagonista de esta obra monumental. Desde que Simon Halsey fue nombrado director del Orfeó Català, la evolución de la formación ha sido evidente, ganando en músculo, precisión y refinamiento sonoro. En esta ocasión, una vez más, se percibieron señales de mejora, pero no fueron suficientes para redondear una prestación a la altura de obra tan exigente. Junto a momentos brillantes, hubo otros en los que sopranos y tenores sufrieron en zonas agudas, tanto en afinación como en presencia. No ayudó una lectura un tanto alicaída de Kazushi Ono. La orquesta se mostró bien preparada, incluso en el detalle, pero a la versión le faltó lo más importante: alma. Puede que, preocupado por llevar el barco -un auténtico transatlántico- a puerto, el director estuviese más pendiente de mantener unidos coro y orquesta que de extraer la esencia de esta obra tan compleja, en la que lo grandioso y lo íntimo conviven de manera única.

Ilona Krzywicka volvió a dejar buenas sensaciones en su única pero brillante intervención en la obra brahmsiana, mientras que Dietrich Henschel, otrora uno de los liederistas más destacados de su generación, mostró, pese a su indiscutible empaque artístico, un instrumento desgastado, sin pulpa, y una emisión dura que provocó una lectura poco expresiva.