Bach y Brahms en la basílica para abrir la Schubertíada

Castelló d'Empúries

13 / 08 / 2021 - Lluc SOLÉS - Tiempo de lectura: 4 min

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goerne rubia schubertíada / operaactual.com Matthias Goerne, Juan de la Rubia y María Dueñas en la basílica de Castelló d'Empúries © Schubertíada
goerne rubia schubertíada / operaactual.com Matthias Goerne, Juan de la Rubia y María Dueñas en la basílica de Castelló d'Empúries © Schubertíada

Schubertíada

Recital de MATTHIAS GOERNE

Concierto de inauguración

Arias de cantatas de J. S. Bach y Vier ernste Gesänge, op. 122 de Johannes Brahms. Matthias Goerne, barítono. Juan de la Rubia, órgano. María Dueñas, violín. Basílica de Castelló d’Empúries, 12 de agosto de 2021.

Una nueva edición de la Schubertíada de Vilabertran quedó inaugurada el pasado jueves con el concierto que Matthias Goerne, Juan de la Rubia y María Dueñas ofrecieron en la basílica de Castelló d’Empúries (Girona). De primeras, alguien podría albergar dudas sobre la idoneidad de un espacio como este para el tipo de repertorio que acostumbra a programar el festival. La impresionante nave gótica condena a los intérpretes a tener que lidiar con una reverberación incómoda, del todo ajena a la intimidad que parece exigir el Lied. La propuesta, sin embargo, no solo funcionó a la perfección, sino que supuso el descubrimiento de una nueva experiencia auditiva para la música de cámara.

Una de las claves del éxito fue, sin duda, la pasión que Juan de la Rubia siente por los órganos de iglesia. El organista titular de la Sagrada Família no tuvo ninguna duda en aprovechar toda la amplitud del instrumento de la basílica de Castelló. Los tres músicos, de hecho, tocaron y cantaron casi escondidos desde las alturas del palco del organista. Como en un inusual servicio religioso, el público se sentó en los bancos de espaldas al altar, obligado a prestar atención a un quehacer artístico que el ritual quiere siempre inconspicuo. Un portentoso coral de Bach abrió la velada, instalando una atmosfera que osciló en todo momento entre el recogimiento y la exaltación.

"La claridad tímbrica de la voz de Goerne sirvió de contrafuerte a la difuminación de los melismas, que sucumbieron inevitablemente al efecto de la reverberación"

Fue así, uniendo ambientes y caracteres dispares, que la propuesta de Goerne y compañía rompió el esquema performativo clásico de la música de cámara. La deliciosa primera parte del concierto estuvo dedicada a una de las especialidades del barítono alemán: las cantatas de Bach. Ante el amplísimo vacío de la nave gótica, la candidez de sus arias —normalmente redondeada por un finísimo acompañamiento de bajo continuo e instrumento obligado (mayoritariamente el violín)— cedió al peso del órgano. El resultado fue un Bach como siempre reposado, pero más espectacular, más reluciente. La claridad tímbrica de la voz de Goerne sirvió de contrafuerte a la difuminación de los melismas, que sucumbieron inevitablemente al efecto de la reverberación. Una reverberación que, en cualquier caso, los músicos aceptaron, conscientes del reto que ofrece siempre, y que usaron hasta sus últimas posibilidades para deslocalizar un repertorio que el propio festival de Vilabertran tiende a ofrecer en su espacio canónico.

La coherencia en la tría del repertorio es un ingrediente importante en los conciertos, y no tiene que darse nunca por sentada. La experiencia de Matthias Goerne y de Juan de la Rubia, sin embargo, prometía ya un recorrido interesante. Las cantatas de Bach, puntuadas por la sonata para violín y órgano en do menor, BWV 1017 —maravilloso anuncio del aria Erbärme dich que la jovenísima María Dueñas interpretó con una madurez y una sensibilidad admirables—, dieron paso a una segunda parte mucho más breve, pero si cabe más intensa, con los Vier ernste Gesänge, op. 122 de Johannes Brahms. Este peculiar ciclo de canciones, una de las últimas obras de su autor, sobresale efectivamente por su seriedad (Ernst). Brahms elaboró musicalmente cuatro fragmentos bíblicos de enorme profundidad, que van mucho más allá del credo católico; desde su ingenuidad veterotestamentaria se cuestionan sin miedo el más allá, y aborrecen a la vez que celebran el poder destructor de la muerte. Brahms trabaja con estos textos de una forma muy similar a Bach: sus canciones funcionan a veces como el papel del Evangelista, cuya voz resigue una melodía incierta destinada a servir una dramaturgia. El gesto exagerado de Matthias Goerne, que canta siempre con todo su cuerpo, respondió a esa consciencia dramatúrgica que Brahms, como Bach, parece reclamar para la interpretación de sus lieder. Con Brahms llegaron los fortísimos —las dinámicas habían sido la única ausencia destacable de la primera parte—, la exploración de los registros extremos y las espaciadas cadencias conclusivas en el órgano. Y entre líneas, como una cita involuntaria pero evidente, la indecisión temperamental del Winterreise de Schubert, que no tardará en instalar su juego de luz y sombras en la canónica de Santa Maria de Vilabertran.  * Lluc SOLÉS, crítico nacional de ÓPERA ACTUAL