Arriesgada y profunda nueva ópera sobre las violencias invisibles

Badajoz

01 / 12 / 2023 - Mario MUÑOZ - Tiempo de lectura: 3 min

Print Friendly, PDF & Email
paz badajoz Una escena del estreno absoluto de 'La paz perpetua' en Badajoz © Félix Méndez

Ópera Joven - Diputación de Badajoz

José Río-Pareja: LA PAZ PERPETUA

Estreno absoluto

Christian Borrelli, Juan Noval-Moro, Cristian Díaz, Toni Marsol e Isabella Gaudí. Ensemble Sonido Extremo. Dirección musical: Jordi Francés. Dirección de escena: Susana Gómez. Teatro López de Ayala, 25 de noviembre de 2023.

Cuando Juan Mayorga ingresó hace algo más de cuatro años en la Real Academia Española para ocupar el sillón M pronunció un discurso que era puro amor por la palabra teatralizada: «Bajo ese tragaluz al otro lado del cual habrá cielo o ciclorama, todo se aparece con la fantasmagórica intensidad propia del teatro. Bien podría ser ese vidrio un gran foco, si no es boca de la cueva […] de la caverna de Platón. A este lado del vidrio, es fácil sentirse ficción o sueño o sombra de otro más real». Esa frase era al teatro algo parecido a lo que es el final de Falstaff a la ópera: “Tutto nel mondo è burla”. Con ese cinismo lúcido de uno y otro se aparecen los tres protagonistas de La paz perpetua sobre el escenario: un pastor alemán, un rottweiler sin pedigrí y un chucho de la calle. Los tres competirán por pertenecer a un equipo antiterrorista de élite, donde habrán de obrar a veces mal para el utópico bien mayor. El texto de Mayorga, adaptado de su obra de teatro homónima, es arriesgado no solo por el punto de partida, sino por evitar lo acomodaticio y no nublarse con las intensidades filosóficas. Hay mucho humor en esa triple voz canina que resume los modelos sociales que se ven a diario: el que acepta sin cuestionar, el que se violenta ante lo que no comprende, el que paga precio por dudar. No hay respuestas a los conflictos (¿cómo podría haberlas?) pero sí una mirada ácida que suaviza el tono, sonríe y se posa con ternura en lo bello de algún personaje, como en esa versión canina del Billy Budd de Melville que es el perro Enmanuel, cercano, dudoso, culposo, reconocible en cualquiera de nosotros.

El reto de José Río-Pareja en este caso es, por un lado, personalizar el habla de cada personaje, diferenciarlo del mundo humano y coser esos retazos hasta conseguir que crezcan sin agostarse durante una hora y media. Lo consigue, entre otras cosas por no olvidarse de los alrededores de los personajes y poner densidad sonora al absurdo, como en los instantes en los que los perros se someten a pruebas inconcebibles. Por el otro lado, la dificultad radicaba en mantener la socarronería del texto sin duplicar el gag, evitando el doble chiste que anula el sentido cómico. El entramado motívico está muy trabajado y aunque el filosófico mundo sonoro del pastor alemán puede parecer el más cercano, es Odín, el perro de la calle bregado en mil batallas, el que maneja un universo referencial más rico, pasando de lo pop a lo tanguero, de lo trascendente a lo terrenal en cuatro compases. Gracias a ese turismo musical consigue Río-Pareja extender el relato de la obra y completar la historia previa de sus personajes: a través, por ejemplo, de la música desclasada de Odín se entiende quién es y su pasado de superviviente. Con todo, es la escena final —los últimos momentos del moribundo Enmanuel— la que se resuelve con mayor inteligencia y belleza, jugando con el sentido de pertenencia que aportan los ecos de la tonalidad y un lirismo más evidente. El público reconoce esa poética musical y la convierte en una vuelta a las Ítacas, justamente tras la intervención de la rotunda voz humana.

"No se sale sonriendo de 'La paz perpetua', pero sí más humano, o menos ciego, o mejor informado del alma de los demás"

El reparto de la ópera, estrenada en Teatro López de Ayala, se ajusta a la perfección al tipo de vocalidad/teatralidad requeridas por la partitura y el libreto, con una construcción fantástica de personaje por parte de Juan Noval-Moro (Odín) y de Christian Borrelli (Enmanuel), que supieron transmitir fragilidad sin almíbar. Cristian Díaz (John-John), Toni Marsol (Casius) e Isabella Gaudí (Humano) completaron un apartado vocal sin fisuras y repleto de contrastes. El maratón de Jordi Francés a la dirección, atento a las sutilezas de la tímbrica, a los juegos de ritmo cargados de ironía y al lirismo oculto de algunas transiciones, fue sobresaliente. Acompañamiento de altura por parte del Ensemble Sonido Extremo, a pesar de unas condiciones acústicas y físicas complejas. La dirección escénica de Susana Gómez sacó petróleo de un escenario apenas ocupado con tres cajas, cuatro barras y una rampa, pero donde todos los movimientos tenían sentido propio.

No se sale sonriendo de La paz perpetua, pero sí más humano, o menos ciego, o mejor informado del alma de los demás. Más culto en violencias invisibles. Ojalá tenga el largo recorrido que merecen aquellas partituras que no escatiman ni en riesgos ni en dudas.  * Mario MUÑOZ, crítico de ÓPERA ACTUAL