Anduaga, estrella de la 'Lucrezia Borgia' del Festival Donizetti

Bérgamo

24 / 11 / 2019 - Pablo MELÉNDEZ-HADDAD - Tiempo de lectura: 4 min

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Anduaga Lucrezia Un momento de la desoladora producción de 'Lucrezia Borgia' de Andrea Bernard © Festival Donizetti / Gianfranco ROTA
Anduaga Lucrezia Marko Mimica y Xabier Anduaga, como Don Alfonso y Gennaro © Festival Donizetti / Gianfranco ROTA
Anduaga Lucrezia Una irreconocible y espectacular Varduhi Abrahamyan (derecha), en el papel Maffio Orsini © Festival Donizetti / Gianfranco ROTA
Anduaga Lucrezia Marko Mimica, Xabier Anduaga y Carmela Remigio como Don Alfonso, Gennaro y Lucrezia © Festival Donizetti / Gianfranco ROTA

Festival Donizetti Opera

Donizetti: LUCREZIA BORGIA

Nueva producción

Carmela Remigio, Xabier Anduaga, Varduhi Abrahamyan, Marko Mimica, Manuel Pierattelli, Alex Martini, Roberto Maietta, Daniele Lettieri, Rocco Cavalluzzi, Edoardo Milletti, Federico Benetti. Orquesta Juvenil Luigi Cherubini. Coro del Teatro Municipale de Piacenza. Dirección: Riccardo Frizza. Dirección de escena: Andrea Bernard. Teatro Sociale, 24 de noviembre de 2019.

El Festival Donizetti Opera de Bérgamo ofreció su tercer título de esta edición consiguiendo un éxito absoluto: se trataba de una de las obras maestras del compositor bergamasco, Lucrezia Borgia, que llegaba en una nueva edición crítica de la Fundación Donizetti firmada por Roger Parker y Rosie Ward.

"Cuando Anduaga –'lo spagnoleto'– abría la boca y daba vida a la música de Donizetti, parecía que el cielo se abría"

Riccardo Frizza, director musical del Festival, llevó a la Orquesta Juvenil Luigi Cherubini por caminos de gloria, ofreciendo una lectura siempre atenta a los cantantes, cuidadosa del detalle, y con absoluto espíritu teatral.

En el papel principal, la soprano Carmela Remigio aparecía junto al Gennaro del tenor español Xabier Anduaga –ambos triunfadores, junto a Jessica Pratt, de la edición 2018 en la exhumación de Elisabetta en el Castillo de Kenilworth–, esta vez secundados por una gran Varduhi Abrahamyan como Maffio Orsini. Pero cuando Anduaga –lo spagnoletto, como le llamaba parte del público– abría la boca y daba vida a la música de Donizetti, parecía que el cielo se abría… La suya es una voz brillante, expresiva, educada, timbrada y esmaltada del sobreagudo al grave, con un poderío belcantista absoluto tanto en el fraseo que le permite su control de fiato como en los detalles de estilo. A sus 24 años el reciente ganador del Operalia podría llegar a inscribir su nombre al lado de los grandes tenores que ha dado España. El futuro dirá.

Remigio se transformó en Lucrezia, la única mujer en esta ópera de hombres; gran actriz, la edición crítica le favoreció al limpiar la partitura de los sobreagudos impuestos por la tradición –sí, se añoró algo de circo–, con una interpretación entregada y generosa. Lo da todo, pero sus posibilidades vocales son limitadas en este papel y si convence es por su generosa entrega.

Insuperable el Maffio Orsini de la camaleónica Varduhi Abrahamyan, cómoda en el estilo y virtuosa intérprete, uniendo a su arte florido en la ornamentación una actuación varonil y creíble.

Marko Mimica, que interpretó a Alfonso D’Este en Bilbao, repitió aquí en el papel aportando concentración y buena línea, con los extremos del registro todavía por acabar de redondear.

Golpe de guión

La elegante nueva producción del regista y arquitecto Andrea Bernard (1987), ganador del Premio Europeo de Dirección de Ópera 2016, subraya, sobre todo, el lado maternal de Lucrezia, pero también aportó un golpe de guión importante: la versión mantuvo el dúo del segundo acto de Gennaro y Maffio escrito por Donizetti para París, convirtiéndolo aquí en una declaración de soterrado amor homosexual, y la verdad es que funciona: al final el sacrificio de Gennaro parece nacer de su amor por su amigo, que también agoniza.

La funcional escenografía y los lujosos vestuarios diseñados respectivamente por Alberto Beltrame y Elena Beccaro redondearon la propuesta junto a los movimientos coreográficos de Marta Negrini y al diseño de iluminación de Marco Alba.

El resto del amplio reparto –una de las característica de este Donizetti innovador– lo completaron Manuel Pierattelli (Jeppo Liverotto), Alex Martini (Don Apostolo Gazella), Roberto Maietta (Ascanio Petrucci), Daniele Lettieri (Oloferno Vitellozzo), Rocco Cavalluzzi (Gubetta), Edoardo Milletti (Rustighello) y Federico Benetti (Astolfo). El coro del Teatro Municipale de Piacenza  cantó y se movió con total soltura.

Se agradece la nueva edición crítica que ilumina una ópera tan manipulada, tan fundamental y tan poco valorada como esta, que además en su trayectoria ha tenido casi una decena de versiones originales que han ido imponiendo cambios, cortes y añadidos, sin hablar de las notas erróneas de los manuscritos decimonónicos. Se optó por trabajar con la utilizada en La Scala en 1833 más ciertos cambios realizados por el compositor en 1840 para su estreno en París, como el dúo antes citado, subrayando además las innovaciones que un osado Donizetti incluyó en su ópera dibujando situaciones dramáticas interesantes y hasta geniales.

De ahí la grandeza de Lucrezia. La escritura vocal sigue siendo de máximo cuidado técnico y melódico, pero el texto dramático adquiere una consideración inusual hasta la época que se desmarca del antiguo estilo belcantista. Ahora la coloratura, el virtuosismo y el ornamento dan sentido dramático al libreto uniendo música, personajes y situaciones, construyendo escenas a partir de elementos que se conectan entre sí, en contraposición a la separación convencional de los números musicales que se había impuesto desde las épocas de Mozart; en los pasajes cerrados entremezcla fragmentos en arioso, intervenciones solistas o números corales inusuales hasta el momento.

Donizetti innova y cambia la distribución de la plantilla orquestal por considerar que la tradicional dificultaba la comunicación entre los instrumentistas y el director, luchando contra el sector más conservador. Inserta un concertato y una stretta que cierran el prólogo, sustituyendo la habitual utilización de este recurso para clausurar cada acto. Tampoco era usual la existencia de numerosos personajes secundarios, o trasladar la escena con coro –aquí exclusivamente masculino– desde la primera escena al comienzo del segundo acto.

La importancia que Donizetti concede al apartado sentimental, resultante de su natural e innato instinto dramático, será otro de los logros de Lucrezia Borgia, intentando una profunda caracterización psicológica de los personajes. Con las aportaciones plasmadas en este título se anuncia el ocaso de la época dorada del belcantismo romántico que, ante una inminente reforma del género, acabará por sucumbir gracias al desarrollo que consolidaría más tarde el genio creativo de Verdi.