Alagna es el rey de la fiesta

A Coruña

09 / 12 / 2022 - José Luis JIMÉNEZ - Tiempo de lectura: 4 min

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galaalagna-operaactual-aaoc (1) El tenor Roberto Alagna en A Coruña © AAOC / Alfonso REGO
galaalagna-operaactual-aaoc (1) El tenor Roberto Alagna en A Coruña junto a Aquiles Machado © AAOC / Alfonso REGO

Amigos de la Ópera de A Coruña

Gala de ROBERTO ALAGNA

Fin de la temporada

Obras de Halévy, Giordano, Massenet, Bizet, Chaikovsky, Wagner, Leoncavallo, Mascagni, Alagna, Mendoza, Denza, Di Chiara, Falvo. Orquesta Sinfónica de Galicia. Dirección: José Miguel Pérez-Sierra. Teatro Colón, 7 de diciembre de 2022.

Los Amigos de la Ópera de A Coruña quisieron cerrar su 70º aniversario a lo grande, y pocos lo son más que Roberto Alagna, uno de los nombres propios de la lírica internacional desde hace tres décadas. Fue la guinda a una temporada de celebración y nuevos tiempos, con cambio incluido al frente de la dirección artística coruñesa. Y si el concierto fue concebido como una fiesta, sin duda Alagna se coronó como el rey de la misma, no solo por su sobresaliente desempeño artístico, sino por su capacidad de comunicar, su inmediata sintonía con el público, que le acabó despidiendo de pie en un Teatro Colón que mereció una mejor entrada para disfrutar del último gran divo, apelativo que el artista luce con orgullo.

El programa de la velada fue un recorrido por la versatilidad de Alagna, entre el repertorio francés y el italiano menos habitual, pero también el ruso y el alemán. Quizás debió ordenarse con un poco más de criterio, agrupándose bien siguiendo una evolución cronológica, bien por una lógica idiomática. Habría facilitado el discurso del concierto. Son matices que, sin embargo, no deslucen a un tenor que se mostró en todo momento entregado a sus arias. De impecable traje negro, con chaleco y corbata a juego, apareció en escena durante los primeros compases de “Rachel quand du seigneur” de La juive de Halévy. Alagna desplegó una voz timbradísima, con un color que sigue siendo personal y reconocible tras 40 años de carrera, y al que el leve desgaste del esmalte le sirven al artista para identificarse en papeles maduros como Eleazar. Arriba sigue sonando brillante, con agudos bien colocados y que llenaban la sala, pero al mismo tiempo conjugando distintas intensidades en la emisión. Su “Kuda, Kuda” con el que abrió la segunda parte fue el mejor ejemplo de canto recogido y búsqueda de medias voces y piani.

Alagna llegaba a A Coruña tras triunfar en La Scala con Fedora, después de 14 años ausente del coliseo milanés. Y de la ópera de Giordano regaló la escena del segundo acto “Mia madre, la mia vecchia madre”. El intérprete exhibió un dominio absoluto del fraseo en italiano como antes lo había hecho en francés, de la intención a la hora de cantar y de decir, a lo que se suma su gran expresividad. Vive lo que canta, lo siente íntimamente y así lo exterioriza para el público, como cuando se persignó antes de afrontar “O souverain”, de Le Cid. Pequeños detalles con los que fue poco a poco ganándose a los asistentes. El mejor momento de la velada sonó en alemán, con un “Mein lieber schwan” cargado de intención, sin exhibicionismo en el canto. Su voz lírica encarnó a la perfección la pureza del caballero del cisne. Las dos últimas piezas del programa fueron “Testa adorata” de la olvidada Bohème de Leoncavallo y “Non, je ne suis pas un impie”, de la ópera de su hermano David Alagna, Le dernier jour d’un condamné.

"El mejor momento de la velada sonó en alemán, con un 'Mein lieber schwan' cargado de intención, sin exhibicionismo en el canto"

La fiesta necesitaba soltarse un poco el pelo, y Alagna lo hizo desde el principio. De primera propina, un “Dicitencello vuie” a flor de piel, donde el alma siciliana del intérprete emergió para mostrar su afinidad con las canciones populares. Hizo bajar del palco a Aquiles Machado para cantar con él a dúo “Cielito Lindo” y “Funiculì, funiculà”, con palmas al tiempo del público, que ya se había desmelenado junto al maestro de ceremonias. Y cuando parecía que con “La Spagnola” se cerraba una noche especial, Alagna sorprendió arrancándose con una nana siciliana que solía cantarle a su hija pequeña, como él explicó, y en la que volvió a mecerse sobre la media voz y el susurro.

José Miguel Pérez-Sierra dirigió con notable maestría al tenor y a una Sinfónica de Galicia especialmente brillante, que se encontró muy cómoda en la construcción de atmósferas en sus piezas orquestales, como la suite de L’Arlesienne o los preludios de Carmen. La orquesta coruñesa volvió a mostrar su particular sintonía con Wagner en una versión del Liebestod intensa y emocionante. Y la batuta se plegó a unos tempi más lentos en el Intermezzo de Cavalleria rusticana que, lejos de desentonar, resultaron muy musicales. El director se entendió a la perfección con el cantante, al que acompañó con su habitual buen hacer.

Para el final, ahora que concluye la temporada lírica coruñesa, una reflexión sobre la misma. Tiene muy poca explicación que las funciones de ópera cuelguen el cartel de no hay billetes, con independencia de sus intérpretes, y que tres actuaciones de solistas tan soberbios como Alagna, Asmik Grigorian o Vanesa Goikoetxea hayan tenido aforos que llegaban entre el 50 y el 70 por cien. La asociación deberá preguntarse qué está fallando, ya sea la política de precios o la de abonos, pero oportunidades como las que estos tres artistas han brindado este año no pueden saldarse con asistencias tan pobres. La temporada es el punto final definitivo a la etapa de César Wonenburger, que dejó las líneas maestras de la misma ya trazadas, y abre una ventana de expectativa e ilusión de cara a la próxima, con Aquiles Machado ya con plenos poderes. Se intuye que vienen cosas importantes. El tiempo dirá.  * José Luis JIMÉNEZ, corresponsal en A Coruña de ÓPERA ACTUAL