A Coruña: Spyres, más que un baritenor

24 / 09 / 2019 - José Luis JIMÉNEZ - Tiempo de lectura: 2 min

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© Teatro Colón / M. A. FERNÁNDEZ

Recital de MICHAEL SPYRES

Programación Lírica A Coruña

Obras de Händel, Mozart, Rossini, Bellini, Verdi, Meyerbeer, Bizet, Auber, Ponchielli y Sorozábal. Piano: Mathieu Pordoy. Teatro Colón, 21 de septiembre de 2019

El segundo de los recitales de la Programación Lírica de los Amigos de la Ópera de A Coruña trajo de vuelta a la ciudad al tenor Michael Spyres tras el gratísimo recuerdo que dejó un par de años atrás con su rol de Pirro en Ermione, una sensacional carta de presentación. Para este regreso, el intérprete norteamericano quiso elevar todavía más el listón, y confeccionó un programa que tituló Canciones del mar, compuesto por páginas de los más diversos estilos y autores con el elemento marino (en sus múltiples variantes) a modo de común denominador, una selección de lo más inhabitual y al alcance de muy pocos. El resultado no defraudó y dejó claro que en determinados papeles, muy pocos son mejores que este Spyres.

"Spyres lució una gran habilidad para combinar la técnica de emisión y exhibir con maestría un 'canto di sbalzo' de notable factura"

Del cantante es bien conocida su transfiguración casi perfecta de lo que en tiempos fue la figura del baritenore. En Spyres el centro y el grave suenan poderosos, robustos, casi cavernosos, y llenan la sala con autoridad. Cuestión distinta es el agudo, que en función de la vocal sobre la que se emita en ocasiones no impacta lo debido, y se percibe una pérdida de color. He ahí la habilidad del cantante para combinar la técnica de emisión y exhibir con maestría un canto di sbalzo de notable factura. Fueron estas las mejores páginas del recital, con Spyres travestido del legendario Nozzari para cantar la cavatina de entrada del Otello rossiniano, «Ah! Si, per voi già sento«, y el aria de Antenore «Mentre qual fiera ingorda», de Zelmira. En la primera, incluyó la cabaletta «Amor dirada il nembo«, a una sola vuelta pero con variaciones, como exige el estilo belcantista.

Pero si Spyres sabe ejercer de Nozzari, no es menos cierto que también sabe hacerlo de Rubini. Lo evidenció en el aria de entrada de Il Pirata, «Nel furor delle tempeste«, que coronó con un Re4 y un soberbio filado en el sobreagudo final que acreditó la capacidad técnica del americano. Probablemente, la pieza más brillante de la velada. Entiéndase más como lamento que como reproche el hecho de que esquivara las cabalette de Gualtiero y Antenore, cuando con el dominio que había mostrado de las agilidades podrían haberle granjeado una mayor entrega del público que llenaba el Teatro Colón. Las dos piezas que abrieron el recital, «E ben folle quel nocchier« (Händel) y la mozartiana «Fuor del mar« ya habían evidenciado la facilitad del tenor para el canto fiorito, que confirmó con Rossini y Bellini. Como curiosidad, abordó las L’esule de Verdi y Rossini, sin mayor problema.

La sorpresa vino en la segunda parte, que arrancó con tres páginas del repertorio francés, «O Paradis» (Meyerbeer), «Je crois entendre» (Bizet) y «Du pauvre seul ami fidèle» (Auber). Spyres lució una voz mixta exquisita, con un timbre esmaltadísimo y redondo, de adecuación perfecta a la expresividad que requiere el género francés. El aria de Nadir sobrecogió con una segunda estrofa a media voz de gran sensualidad e intimismo. Y fue por aquí cuando el calor y el exceso de humedad empezaron a hacer mella en el intérprete, con alguna flema traicionera que en modo alguno empañó su canto. Menos acierto interpretativo en «Di tu se fedele« del Ballo in maschera, donde Spyres no encontró el acento adecuado para este Verdi, ni su técnica de emisión es la adecuada para este estilo de ópera más romántica, algo similar a lo que le sucedió en el «Cielo e Mar» (Ponchielli). Aquí se pide más mordiente arriba.

La incomodidad de Spyres con el ambiente le llevó a regalar «solo una más», como él mismo reconoció entre risas al público que lo aclamó al final del tour de force del programa oficial. Y la entrega de este fue total cuando el americano se atrevió con el No puede ser (Sorozábal), con un resultado notable. El acompañamiento de Mathieu Pordoy fue adecuado, sin piezas de solista que permitieran pequeños descansos para el cantante. Lo habría agradecido.