A Coruña: La exitosa superficialidad de Saura

14 / 09 / 2019 - José Luis JIMÉNEZ - Tiempo de lectura: 3 min

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El Don Giovanni de Juan Jesús Rodríguez, en septiembre durante su debut en el personaje, en la Programación Lírica de A Coruña © Amigos de la Ópera de A Coruña
El Don Giovanni de Juan Jesús Rodríguez, en su debut en el personaje, cuando se enfrenta al Comendador © Amigos de la Ópera de A Coruña
Aplausos finales del 'Don Giovanni' que Carlos Saura ha firmado en A Coruña © Amigos de la Ópera de A Coruña

Programación Lírica A Coruña

Mozart: DON GIOVANNI

Nueva producción

Juan Jesús Rodríguez, Simón Orfila, Gilda Fiume, Ginger Costa-Jackson, Francisco Corujo, Rocío Pérez, Gerardo Bullón, Andrii Goniukov. Orquesta Sinfónica de Galicia. Coro Gaos. Dirección: Miguel Ángel Gómez Martínez. Dirección de escena: Carlos Saura. Teatro Colón, 13 de septiembre de 2019.

Una primera reflexión, casi utilitarista: qué olfato tuvieron los Amigos de la Ópera de A Coruña cuando confiaron la producción de su única ópera representada (habrá otro título, pero ya en versión concierto) a Carlos Saura, sabedores de que habría una inusitada expectación entre los aficionados y los medios. Pocas veces una inversión tan modesta como la que se le presupone a este Don Giovanni ha reportado tales beneficios en repercusión. Porque, en realidad, la concepción de Saura es estéticamente muy austera, de escasos elementos pero con fuerza visual, basando el grueso de la acción en unos bocetos suyos proyectados sobre dos grandes paneles a modo de telones pintados, apoyados en un cuidado vestuario de época de Pedro Moreno, ganador de dos Goya, y con la mano de Emilio López auxiliando en la dirección escénica.

"Simón Orfila fue la mejor de entre las voces masculinas, curtido en su papel; magnífica su aria del Catálogo, una de las señas del intérprete. Orfila sí supo encontrar la ductilidad que demanda el canto mozartiano"

Pocos elementos pero usados con tino, lo justo y necesario para crear momentos interesantes, como la serenata «Deh! Vieni alla finestra», con una joven proyectada mientras se desnudaba en una ventana dibujada con trazos grises, o la conseguida escena final, con el Comendador acompañado de una tropa de encapuchados portando faroles, logrando una adecuada ambientación. Hacer más con menos: la filosofía de los Amigos. Y llevan años abonados con éxito, también en el Don Giovanni. Aunque en esta ocasión es necesario introducir matices.

El esencial es qué concepto de Don Giovanni quería trasladar Saura. Y ahí hay que admitir que no se sale de lo corriente, del libidinoso seductor de amplio espectro, que si bien es cierto que no es esclavo de ninguna reinterpretación espuria, aquí adolece de falta de profundidad, cayendo en una lectura convencional y sin mayor detalle. Curioso, dado que si algo marca y determina a los personajes del cine de Saura es su pasado y el modo en que este los condiciona. Tampoco ayudó un Juan Jesús Rodríguez muy voluntarioso en su debut en el papel, implicado (a pesar de los tempi del foso) y al que se le debe aplaudir el ingente esfuerzo por intentar constreñirse en el exigente traje vocal del Don, pero al que desbordó a menudo. No obstante, gustó al público. Su disoluto fue romo, casi siempre de nobleza autoritaria pero de intenciones incompletas, ayuno del refinamiento que obliga el papel. Hay amplio margen para su desarrollo. Se echó de menos una mayor flexibilidad que hiciera creíble al seductor, también en los recitativos, donde el contraste con el experimentado Leporello de Simón Orfila fue evidente. El bajo-barítono menorquín fue la mejor entre las voces masculinas, curtido en su papel, muy adecuado en ese juego de la comedia sin gigione, exenta de excesos. Magnífica su aria del Catálogo, una de las señas del intérprete. Orfila sí supo encontrar la ductilidad que demanda el canto mozartiano. El más braveado en los saludos finales.

Entre ellas, una gran triunfadora, la soprano Gilda Fiume: su Donna Anna fue un personaje afectado y cantado con la sensibilidad exigida. Voz redonda, de bello timbre, cubierta en las subidas al agudo, deslumbró en el control de la emisión en sus dos grandes páginas, «Or sai chi l’onore» y «Non mi dir». En esta segunda, lució una exquisita media voz y un dominio singular de la coloratura. Canto de alta escuela. En absoluto desmereció la Zerlina de Rocío Pérez, fácil para la soprano madrileña, que además imprimió picardía en sus dúos con el buen Masetto de Gerardo Bullón, igualmente notable en sus intervenciones, encontrándose cómodo en los juegos de intensidades. La Donna Elvira de Ginger Costa-Jackson tuvo como principal inconveniente una encarnación algo monolítica, que si bien a primera vista puede encajarle al personaje por aquello de sus desquiciados celos con Don Giovanni, a la larga agota el interés. La voz de la mezzo americana fue más que suficiente, no así su dicción, a ratos borrosa. Francisco Corujo superó la difícil prueba del Don Ottavio, en el que por momentos no se le vio cómodo al serle exigida una emisión mucho más aligerada, pero esquivó los obstáculos con su buen hacer en escena y un fraseo trabajado. Corujo sabe decir. Meritorio su «Il mio tesoro». Y por último, cumplidor en el mejor sentido de la palabra el bajo Andrii Goniukov como Comendador, alejado de los intérpretes eslavos de voces intestinas e ininteligibles.

Al frente de la sobresaliente Sinfónica de Galicia (a pesar de su reducida formación dadas las mermadas dimensiones del foso del Teatro Colón) estuvo Miguel Ángel Gómez Martínez. En los días previos defendió su lectura de la partitura como la más respetuosa con el espíritu de su compositor. Pero las versiones filológicas tienen problemas cuando se enfrentan a públicos contemporáneos, principalmente si pierden el sentido del ritmo y caen en pasajes excesivamente melódicos, haciendo un Mozart lento, puntualmente pesante, antiguo. Y, en sentido inverso, cambiar el ritmo para un «Là ci darem la mano» demasiado ágil, forzando las prestaciones del intérprete. Aun así, incluso con las diferencias de matiz que se puedan señalar en una u otra escena, en su conjunto resultó una dirección orquestal adecuada. Justos elogios para el entusiasmo y entrega, una vez más, del Coro Gaos.

Las funciones de este ciclo lírico se están llevando a cabo en el Teatro Colón debido a que problemas burocráticos han impedido el uso del Palacio de la Ópera. El coqueto teatro de la Marina coruñesa tiene ese regusto a añejo que le viene muy bien a la ópera mozartiana, con la que además se celebra una particular onomástica. Según los historiadores y musicólogos locales, Don Giovanni fue la primera ópera que se representó en A Coruña en 1798, en el teatro que la autoridad había expropiado unos años antes al empresario Nicolà Setaro.

El principal elemento incorporado por Saura ex profeso a este Don Giovanni fue su exigencia de que debía interpretarse la versión vienesa de 1788, sin la escena coral final «Ah, dov’è il perfido». El cineasta consideraba que el seductor debía penar su reprobable conducta en los infiernos, sin redención posible. Y ahí la última reflexión: qué oportuna fue la visión de Da Ponte al considerar que las condenas públicas deben hacerse después de la comisión contrastada de actos infames, no fruto de denuncias anónimas. Recuerden, Don Giovanni no cae por serle infiel a Donna Elvira, sino por mancharse las manos con Donna Anna y el Comendador. Aprendamos.