A Coruña: En la casa gallega de Albelo

09 / 09 / 2019 - José Luis JIMÉNEZ - Tiempo de lectura: 3 min

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Celso Albelo durante su recital en A Coruña, acompañdo por Juan Francisco Parra © M. Á. FERNÁNDEZ

Programación Lírica A Coruña

Recital de Celso ALBELO

Recital inaugural

Obras de C. Guastavino, A. Ginastera, A. Esparza Otero, A. Brandt, J. Quintero, G. Puccini, G. Verdi, G. Donizetti, F. Asenjo Barbieri, J. Guerrero, A. Vives y P. Sorozábal. Piano: Juan Francisco Parra. Teatro Colón. 8 de septiembre de 2019

Alguien ha definido a Celso Albelo como el tenor gallego que nació en Canarias, un chascarrillo del que él mismo hace gala. La humorada responde a la importancia que una organización pequeñita como los Amigos de la Ópera de A Coruña ha tenido en el arranque de su carrera del intérprete desde que hace casi tres lustros debutó en la ciudad. Entonces le dieron la oportunidad de subirse por vez primera a un escenario importante, y el recompensó aquella confianza con una actuación que hoy nadie olvida. Hoy, intérprete, asociación y afición se profesan un cariño inconmensurable. En las temporadas líricas coruñesas, Albelo es el hijo predilecto, con el que se cuenta siempre que su calendario lo permite. Este año ha sido el encargado de levantar el telón de la programación con un recital en el que combinó piezas operísticas de su repertorio presente y futuro, y una selección de su primer trabajo discográfico, Íntimamente (Sony), configurado alrededor de canciones de autores iberoamericanos.

Precisamente, estas páginas más populares jalonaron en su totalidad la primera parte del recital, que arrancó con cinco piezas de Carlos Guastavino. Desde la Pampamapa inicial hasta Pueblito mi pueblo Albelo demostró su plena sintonía con este repertorio, exhibiendo la delicadeza, sensibilidad y cuidado de la palabra que son su seña de identidad como intérprete. Gracias a un notable control de la emisión, el tenor canario no tuvo problema en jugar con los pianissimi y las medias voces, fabricando un clima íntimo, el mejor ecosistema para un canto suave y de paso lento. Una página como la Milonga de dos hermanos sirvió para probar que es capaz de variar el registro a una interpretación más vívida y ágil. En la Canción al árbol del olvido (Ginastera), el canario lució de nuevo ese canto sedoso que se desliza por la partitura con infinita dulzura, en un ejercicio inconfesado de seducción hacia el público que llenaba el Teatro Colón. Incluso se permitió aderezar con unas gotas de regusto napolitano el Dime que sí de Esparza Otero, y concluyó su primera parte con una Morucha que ya es algo más que una canción en la voz de Albelo, es una declaración de amor que sube y baja abrazada a un juego de intensidades íntimas y delicadas.

En el traje verdiano, Albelo se encuentra cómodo, sobre todo con un centro que se ha asentado, un fraseo que cincela al detalle y el manejo de reguladores que dan variedad al canto

La selección operística mezcló repertorio ya consolidado con otro en proceso, pero quizás la novedad más llamativa fuera la inclusión del aria de Rodolfo de La Bohème, un papel que Albelo tiene comprometido a corto plazo en la Ópera de Mascate. Su aproximación belcantista al rol resulta extraña en una primera escucha, al que dota de una luminosidad innegable. Pero la articulación del aria y el texto pucciniano tienen por delante un mayor desarrollo. Todo lo contrario que ocurre con la escena de Riccardo de Un ballo in maschera, rol que debutó el pasado febrero en Nápoles con éxito de crítica y público. En el traje verdiano Albelo se encuentra cómodo, sobre todo con un centro que se ha asentado, un fraseo que cincela al detalle y el manejo de reguladores que dan variedad al canto. Riccardo está plenamente cuajado en la voz del tenor, como lo está igualmente el Percy de Anna Bolena, cuya escena final interpretó a continuación, sin duda lo mejor de la noche, asomándose a un sobreagudo firme y rotundo que encendió los ánimos de los aficionados.

La sección zarzuelera del recital la inauguró el pianista Juan Francisco Parra (soberbio en el acompañamiento, como suele) con una transcripción a piano de Los diamantes de la corona (Asenjo Barbieri) a cargo de Anselmo del Valle, una página cuya rareza explicó al público, al no ser habitual que el género lírico español se traspusiera a piano. En su interpretación demostró su genio con una lectura viva y pícara, que engarzó de nuevo con las romanzas de Guerrero y Vives, Mujer de los ojos negros, Canto a la espada y Por el humo se sabe, respectivamente, resueltas sin problema por un Albelo ya entregado.

No podían faltar las propinas, que en esta ocasión fueron elegidas por el público. Se arrancó con «No puede ser», para no abandonar la zarzuela, siguió con «La donna è mobile» y como regalo final, «Ah! mes amis», con su rosario de Do4 desplegados sin aparente dificultad, ahí es nada.