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La ópera por dentro: El piano

Rubén Fernández Aquirre: El piano y la voz

El pianista de cantantes Rubén Fernández Aguirre reivindica aquí la figura de ese profesional del teclado que se dedica en cuerpo y alma a trabajar con la voz. Desde el recital al ensayo en un teatro, desde acompañar concursantes de un certamen de canto a preparar un papel con un intérprete, Fernández Aguirre habla desde su propia experiencia de las posibilidades profesionales que tiene un pianista enamorado de la voz humana.

Por Rubén Fernández Aguirre

[Artículo publicado en la pág. 30 de ÓPERA ACTUAL 103]

Un niño de seis años empieza a tocar el piano y algunos fines de semana canta en la zarzuela El Caserío. Durante años, con su familia, canta en una coral de Barakaldo; con 16 primaveras lo seleccionan en el Coro Joven Europeo y asume los ensayos a piano de la Sociedad Coral de Bilbao de las Pasiones de Bach, de los Carmina Burana o de los Requiems de Brahms, Fauré, Verdi o Britten; después se va de gira para interpretar estas obras como barítono desde el coro; a los 17 correpite la ópera La Favorita con los ganadores del Concurso de Canto de Bilbao. ¿A qué podría dedicarse este chaval? Tendría necesariamente que encontrar una profesión que fusionara sus dos pasiones: el piano y la voz...

Haciéndome esta pregunta acabé mis estudios de piano y música de cámara en Vitoria, pero no encontré la respuesta en nuestro país. Con una beca de la Diputación Foral de Vizcaya me trasladé a Viena y allí empecé a estudiar Korrepetition descubriendo las asignaturas de Repertorio de Lied, Oratorio, Ópera, Formación de la Voz, Reducción Orquestal... Disfruté de cantidad de recitales y de tardes inolvidables en la Staatsoper, pero sobre todo aprendí con mis profesores y compañeros a valorar y a entender que ser pianista de cantantes implica escoger rutas, que aun no siendo incompatibles, requieren instrumentos de navegación muy diferentes...

En primer lugar, como dice el maestro Miguel Zanetti, “hay que considerar de una vez para siempre como pianista de cámara –más conocido como acompañante– a aquél que se sienta a interpretar un Lied, mélodie o canción de concierto”. Es evidente que hay que tocar –y bien– el piano, para interpretar las Canciones playeras de Esplá, los grandes ciclos de Lied alemán, o las Canciones gitanas de Dvorák, por ejemplo; lo mismo para arias de ópera y romanzas de zarzuela, repertorio en el que hay que buscar un sonido más orquestal y no tan pianístico. Pero en el escenario lo fundamental es la complicidad, esa confianza total que permita al cantante lanzarse al vacío sabiendo que hay una red que lo soporta. Hay que estar atento a miradas, gestos, saber esperar esa décima de segundo para respirar... En definitiva: hacer música entre dos.

En nuestro país generalmente se asocia al gran cantante con la ópera y al gran pianista como solista, por lo que el territorio del recital no es todavía tan popular. Si a esto le añadimos que muchos cantantes al enfrentarese a un recital prefieren pianistas extranjeros, hace que para los pianistas españoles sea casi imposible vivir como pianista de cámara o recital. Afortunado de mí, disfruto de varios conciertos al año con cantantes como Carlos Álvarez, Elena de la Merced, Ismael Jordi o Nancy Fabiola Herrera, entre otros, pero sobre todo es con Ainhoa Arteta con quien más comparto escenarios.

Un segundo cometido es el de repertorista. Mucha gente no es consciente de lo apasionante que es montar un personaje de ópera con un cantante. No sólo hay que preocuparse de la parte musical o de conocer lo mejor posible la técnica vocal, sino también de la traducción y pronunciación del texto para sumergirse en las emociones del personaje. Es un orgullo y una gran responsabilidad ser el primer oyente y espectador en la creación de un personaje. Este año, por ejemplo, he disfrutado de la frescura de Marzelline (Fidelio), de la valentía de Tamino (Flauta Mágica), de la bondad de Cenerentola, del enamoramiento de Fenton (Falstaff), del miedo de Blanche (Diálogo de carmelitas) o de la pasión de Fernando (Doña Francisquita). Muchos pianistas nacionales desarrollan esta labor en Conservatorios o Escuelas de Canto y también se puede ejercer en Cursos de perfeccionamiento (en mi caso, la comparto con la maestra Ana Luisa Chova).

Otra opción es la de correpetidor. El hecho de correpetir en un teatro –acompañando los ensayos a piano–, hace que vivas la ópera desde dentro, que trabajes diariamente con directores musicales y de escena, y sobre todo que te contamines orquestalmente de la música. En la cotidiana locura del montaje de una ópera, el correpetidor es el refugio de cordura que debe estar siempre al servicio, respondiendo en el momento y lugar adecuados: es el clavo de abanico de una producción, que además se hace invisible para el gran público. Sería ideal para un pianista joven estar en contacto con esta faceta, por ejemplo, haciendo alguna ópera al año, aunque esto es complicado ya que los teatros normalmente cuentan con pianistas estables. Mis experiencias teatrales en Viena correpitiendo óperas de Mozart, en el Taller del Palau de la Música de Valencia, en el Concurso de Canto de Bilbao, en el Teatro Real y, sobre todo, en el Teatro de La Maestranza, me han ayudado mucho para ejercer mejor como repertorista.

Por último, se puede ejercer como pianista acompañante en clases magistrales –mis últimas experiencias este año han sido con Ileana Cotrubas en Pamplona y con el gran Enrique Viana en Madrid– o en un concurso de canto (participé en el Operalia del año pasado celebrado en el Palau de les Arts de Valencia). Lo que se busca en esta situación es dar la mayor tranquilidad y confianza al cantante o al concursante para que se encuentre lo más cómodo posible. Es un trabajo más en la sombra que realmente no es muy agradecido –sobre todo el de los concursos–, ya que siempre suele haber cambios de última hora y es imposible conocer al dedillo todo el repertorio, por lo que es fundamental tener una buena lectura a primera vista.

Dicho todo esto, yo me pregunto: ¿por qué en algunos teatros y salas de concierto españoles se anuncian recitales en los que no aparece el nombre del pianista? ¿Por qué leemos tantas críticas de recitales, incluso en revistas especializadas, en las que al pianista ni se le nombra? ¿Por qué hay agentes y cantantes que no cuentan con pianistas españoles? ¿Por qué seguimos escuchando frases absurdas como “ése no es un buen pianista porque se dedica a acompañar”?

Son preguntas de difícil respuesta que imagino tienen que ver con esa falta de cultura del recital que sí existe en otros países. No hay que olvidar que la cantera de pianistas españoles se nutre de nombres tan importantes como Lavilla, Zanetti, García-Morante, Álvarez Parejo, Zabala, Turina, Burgueras o Viribay entre otros, que dignifican de manera sobresaliente el trabajo del pianista de cantantes. Citando de nuevo al maestro Zanetti: “Lo que tenemos que lograr los que a esto nos dedicamos, y los que vienen detrás (...) es que se nos considere en España como en otras partes del mundo: como auténticos músicos de cámara”.

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