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Premios Ópera Actual 2007

Jaime Aragall, la voz más hermosa

El nombre de Jaime Aragall es sinónimo de belleza vocal. Admirado en todo el mundo por su timbre y por su fraseo, el tenor barcelonés desde siempre se ha caracterizado por llegar directo al corazón del público con su arte, con una incondicional cohorte de admiradores. Por su carrera, por su entrega y por su talento, Jaime Aragall recibe el Premio ÓPERA ACTUAL.

Por Pau Nadal

[Artículo publicado en la pág. 21 de ÓPERA ACTUAL 100]

Ópera Actual: Remontándose al principio, ¿podría comentar algo sobre su padre, la basílica de Santa María del Mar, la película El gran Caruso y el maestro Puig?
Jaime Aragall: Mi padre influyó mucho en mi vocación porque tenía una buena voz, aunque sólo cantaba por afición y por gusto, en familia y en fiestas señaladas. De los 9 a los 14 años estuve en la Escolanía de Santa María del Mar, en el barrio barcelonés en el que vivíamos. A los 17 años, ya con un gran oído, vi con un grupo de amigos y un montón de veces la película de Mario Lanza, que acabó de confirmar mi vocación, como le sucedió a mi amigo José Carreras. Al año siguiente fui a estudiar con mi maestro, Jaume Francisco Puig.

Ó. A.: Poco después pisa por primera vez un escenario para debutar.
J. A.: Antes obtuve en Bilbao el segundo premio del concurso de la Asociación Bilbaína de Amigos de la Ópera [el primero fue para Giorgio Merighi]. Seguidamente hice una audición en el Liceu, primero para el señor Masó y luego, ya en el escenario, para el señor Pamias. Gusté y me propusieron efectuar mi debut, que tuvo lugar, a los 20 años, el 14 de diciembre de 1961, con el Beppe de Pagliacci.

Ó. A.: A continuación emprende la aventura italiana, que rápidamente se convertiría en un éxito.
J. A.: En enero de 1963 me fui en tren a Milán, con mucho frío, soledad y tristeza. Para ello me habían ayudado mis hermanos y la familia Mir. Cuando llegué no tenía dónde ir, encontrando refugio en una iglesia, en la que me proporcionaron colchón y manta. Poco después estuve en una pensión. El tenor Bruno Prevedi me había dado la dirección del profesor de canto y tenor Vladimiro Badiali, que vocalmente me encontró sin problemas y que sobre todo me orientó en la carrera que intentaba comenzar. Él dio la cara por mí en el Concurso de Voces Verdianas de Busseto a los pocos meses de haber llegado a Milán, y del que fui ganador.

Ó. A.: ¿Se le abrieron pronto las puertas de la Italia operística?
J. A.: Enseguida hice audiciones en La Fenice y en La Scala. En la primera debuté con Gerusalemme, con Leyla Gencer y Giangiacomo Guelfi. De la dirección musical se encargaba Gianandrea Gavazzeni y Jean Vilar firmaba la puesta en escena. Me escuchó el maestro Francesco Siciliani, director artístico de La Scala, y me propuso hacer mi presentación en el gran coliseo milanés con L’amico Fritz, en el que alterné con Gianni Raimondi. Esa misma temporada canté también en La Scala Cardillac, de Hindemith, y La Bohème. Con esta última ópera volví a Barcelona con un éxito para mí especialísimo por tratarse del teatro de mi ciudad y en el que había hecho mis primeros pinitos.

Ó. A.: ¿Podría decirse que el Liceu, La Scala y la Ópera de Viena son sus teatros preferidos?
J. A.: Desde luego. O al menos unos de ellos, porque no quiero olvidarme de Munich, de Berlín –donde debuté cuando nació mi hijo mayor, Jaime, con La Traviata junto a Pilar Lorengar y con Lorin Maazel a la batuta– ni tampoco del Metropolitan de Nueva York, en el que actué por primera vez en la temporada 1967-68 con Rigoletto. En todos esos coliseos fui muy bien acogido por el público. Básicamente, lo importante es hacer bien lo que has de hacer y transmitir tu emoción a quienes te escuchan.

Ó. A.: ¿Le han tratado bien los medios de comunicación? ¿Lee usted las críticas?
J. A.: En general la prensa me ha tratado muy bien, y sí que leo las críticas. Algún crítico a veces no me ha puesto muy bien, pero es normal, porque uno no puede estar siempre igual de bien.

Ó. A.: Comente algunos aspectos de su repertorio.
J. A.: En general siempre procuré sentirme bien con lo que hacía. En los primeros años podría haber hecho incluso I Puritani, y más tarde me llegaron a ofrecer Turandot para la inauguración del nuevo Liceu. También decliné la oferta de cantar Manon Lescaut en Viena. Puede decirse que lo más ligero que he hecho ha sido Le pescatrici, de Haydn, y lo más spinto, Don Carlo, Tosca y los ensayos de Il Trovatore. No eran para mi voz, pero me hubiera gustado hacer Andrea Chénier, Carmen, Pagliacci o Cavalleria rusticana.

Ó. A.: Últimamente dedica gran parte de su actividad a los recitales. ¿Se siente a gusto en ellos?
J. A.: Mucho, y además preparo muchas cosas para los conciertos con Marco Evangelisti, que es un excelente músico, gran conocedor del repertorio y de la voz.

Ó. A.: ¿Cómo ha sido su relación a lo largo de su carrera con directores de escena y de orquesta?
J. A.: Con los registas nunca he tenido problemas. He trabajado mucho con Giancarlo del Monaco, una persona genial y gran conocedora del teatro lírico, y también me he encontrado a gusto con Otto Schenk y Jean-Pierre Ponnelle. En cuanto a los maestros, al principio de la carrera fue decisivo el apoyo de Gianandrea Gavazzeni. Enseguida pude cantar bajo la dirección de otros grandes directores, como Lorin Maazel y Giuseppe Patanè; más tarde lo hice a las órdenes de Georges Prêtre o Carlos Kleiber, un genio de la batuta. Y debo mencionar el trato y el apoyo recibidos por parte de Gianfranco Rivoli, Richard Bonynge y Georg Solti, con quien grabé Tosca y Simon Boccanegra.

Ó. A.: ¿Qué puede decir de su fama de buen compañero?
J. A.: Puede que se deba a que, aunque en el escenario quiera ser el mejor, fuera de él soy un hombre normal, de la calle. Desde luego nunca he puesto la zancadilla ni he tratado con mala idea a nadie.

Ó. A.: ¿Qué otros tenores han gozado de su predilección?
J. A.: Al principio escuchaba mucho a Del Monaco, Di Stefano y Corelli, pensando que nunca les llegaría a la suela de los zapatos. Luego he admirado mucho a ese gran caballero que fue Alfredo Kraus; y también a mis amigos Carreras, Domingo, Lavirgen y Pavarotti. Entre los actuales admiro a Salvatore Licitra y José Bros.

Ó. A.: ¿Qué explicaría sobre su salud?
J. A.: Enfermedades importantes nunca he tenido. Mi talón de Aquiles han sido las depresiones, que en ocasiones puntuales supusieron problemas en mi trayectoria y que quien no las ha sufrido no sabe bien lo que son.

Ó. A.: ¿Ha valido la pena dedicarse al canto?
J. A.: Claro que sí. Y aún estoy en el ajo, porque mi vida es el teatro. También disfruto mucho enseñando, con mi concurso de canto y escuchando buena música sinfónica. Actualmente hago lo que me apetece. Ya no soy un hombre joven y, lógicamente, la actividad artística es menor, más dosificada y menos frenética que hasta hace poco.

Ó. A.: Ha empezado hablando de su padre. ¿Quiere hacerlo ahora de su familia?
J. A.: Mis hijos Jaime, Daniel y Juan Ramón son, aparte de la música, lo mejor que me ha dado la vida, así como mis nietos Paula y Jaime. En cuanto a Luisa, mi mujer, lo es todo para mí: comprensiva guía, consejera y esposa ejemplar.

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