Gran Teatre del Liceu
Thomas HAMLET
Carlos Álvarez, Diana Damrau, Eve-Maud Hubeaux, Nicolas Testé, Albert Casals, Enric Martínez-Castignani, Ivo Stanchev, Celso Albelo, Rubén Amoretti, Carlos Daza, Josep Fadó. Dirección: Daniel Oren. V. de Concierto, 7 de marzo de 2019.
 
Carlos Álvarez, Diana Damrau y Celso Albelo encabezaron el reparto del regreso de este Hamlet en el Liceu // Gran Teatre del Liceu / Antoni BOFILL 
 
Se corría el riesgo con la oferta de otra ópera larga al Liceu, a pocos días de Rodelinda,  de poner a prueba la capacidad del espectador para las carreras de fondo y si ya la ópera barroca y la grand opéra tinen en común esa incapacidad para facilitar las degluciones plácidas, el darse este Hamlet en forma de concierto y con una sola pausa no iba a facilitar las cosas. Los espectadores, en efecto, no podrían disfrutar de otras compensaciones visuales que no fueran la amplitud de gesto y los saltitos de Daniel Oren, al que no puede hacérsele reproche alguno que no sea el de una cierta tendencia a exagerar el pianissimo en algunos ataques situando el sonido al límite de lo audible. Presentó el director israelí la versión de la obra con el final original, sin acudir a la adaptación que, para salvar el honor de Shakespeare, acabó siendo el dénouement el Covent Garden y utilizado –con algún pequeño cambio– por Richard Bonynge en su grabación de la obra. ¿El público? Aguantó bien, y si hubo alguna butaca vacía –más de una, al terminar el descanso– la mayor parte de la audiencia gozó del concierto y aplaudió mucho al final. También es verdad que la ópera no se dio completa al haberse prescindido del divertissement del cuarto acto (La fête du Printemps), pero ello no deja de tener cierta lógica en una representación sin acción escénica.
Oren dirigió el tráfico en la dirección correcta, respirando con los cantantes y valorando el aliento lírico de la partitura, con un buen trabajo en el modelado de las gradaciones dinámicas en coros y orquesta, muy bien ajustados en esta ocasión. Protagonista de excepción en un papel que no corresponde exactamente a su territorio de elección Carlos Álvarez tuvo que luchar en sus primeras frases con la amenaza de una flemilla que no acabaría apareciendo pero que le obligó a depender de la ayuda de un botellín de agua para tenerla a raya, lo que no le impidió, por cierto, sonar como un trueno en el brindis y resolver todos los pasajes de tensión con una emisión confortable y fraseo modélico. En la segunda parte, y ya sin molestias, Álvarez realizaría toda una exhibición, tanto en el  monólogo del tercer acto como en “Comme une pâle fleur”. Un total dominio de la extensión y una dicción francesa admirable acabaron de cerrar una actuación magistral, así reconocida por el público. Se registró, en cambio, una cierta decepción en relación con la prestación de Diana Damrau, cuyo dominio de los pasajes de coloratura pareció muy inferior al ejercido por ella misma en su Linda di Chamounix. Resolvió bien la gran escena de la locura del cuarto acto, pero se la vio refugiarse demasiadas veces en un pianissimo escasamente expresivo. Su clase innata, no obstante le permitió alcanzar un triunfo que nadie le discutió. Gustó más, sin embargo, la actuación de Eve-Maud Hubeaux, que exhibió la bien proyectada voz que le sirvió para triunfar en La favorite y brilló en el arioso “Dans son regard plus sombre”. Celso Albelo, todo un lujo para el papel de Laërte, sacó el máximo partido de su cavatine de salida y añadió prestancia al finale ultimo. Nicolas Testé aportó su sólida voz de bajo-barítono al personaje de Claudius y cubriendo con su habitual competencia la línea de secundarios se hicieron aplaudir Albert Casals, Iva Stanchev, Rubén Amoretti, Enric Martínez-Castignani, con los simpáticos sepultureros de Carlos Daza y Josep Fadó cerrando la relación.  * Marcelo Cervelló