Opéra Comédie
Donizetti  DON PASQUALE
Bruno Taddia, Julia Muzychenko, Tobias Greenhaigh, Edoardo Miletti, Xin Wang, Katia Abbou, Vincent Bexiga. Dirección: Michele Spotti. Dirección de escena: Valentin Schwarz. 26 febrero de 2019.
 
La propuesta escénica de Valentin Schwarz acabó condicionando a orquesta, solistas y coro y por deslucir la obra de Donizetti // Opéra Comédie / Marc GINOT 

Sorprendió la presencia de un nutrido grupo de personas con discapacidad auditiva en las primeras filas de la sala. Antes de alzarse el telón, dos artistas –Katia Abbou y Vincent Bexiga– presentaron la velada dirigiéndose a ese sector del público en particular. A lo largo del espectáculo, ambos actores acompañarían traduciendo sobre las tablas todos y cada uno de los textos cantados. Una gran iniciativa de inclusión.
Andrea Cozzi presentó la casa de Don Pasquale como una gran biblioteca de cuyo techo colgaban peces, anfibios y otros animales, amén de una voluminosa recreación del virus del Sida, un montaje que tuvo la virtud de la claridad: Don Pasquale era poco más que viejo y malo. La escenografía y el trabajo dramático totalmente hiperbólico impuesto por Valentin Schwarz dominaron por completo la orquesta, los solistas y el coro, y, si bien Michele Spotti respetó con aplicación los tiempos de la partitura, también se vio obligado a exagerar los efectos orquestales en momentos épicos y a menguar la sutileza de los pasajes líricos.
Bruno Tadella –Don Pasquale– fue el mejor valor vocal y dramático de la noche pues su caracterización muy exagerada del personaje podía, en rigor, admitirse y, además, aún sin disponer de una gran voz, el artista se salió del atolladero vocal con gran profesionalidad. Julia Muzychenko –Norina de mal carácter y algo rígida– estuvo impecable en el registro agudo y forte, pero emitió en el piano notas poco justas y poco audibles; creó un gran momento de emoción dramática al arrepentirse muy sinceramente de haber destruido con furia el violín del pobre Don Pasquale. No le faltaron a Edoardo Miletti –Ernesto– ni potencia ni vis cómica, pero su emisión nasal y su presencia física, exageradamente poco elegante, no alcanzó a emocionar en los pasajes líricos. La bella voz del barítono Tobias Greenhaigh y su gran presencia escénica justificaron su actuación, y aunque el director de escena justificara que Malatesta debía ser un sacerdote, es posible que el público entendiera por qué. Tal vez, a los ojos de Schwarz, era un ajuste de cuentas personal contra la Iglesia Católica fuera de época (y de lugar, si fuera este el caso).
Las contadas intervenciones del coro que dirige Noëlle Gény fueron justamente reconocidas. Al final de la noche el público aplaudió con emoción y en silencio, moviendo las manos con los brazos en alto, como veían hacerlo quienes ocupaban las tres primeras filas.  * Jaume ESTAPÀ