ABAO-OLBE
Rossini  SEMIRAMIDE
Silvia Dalla Benetta, Daniela Barcellona, Simón Orfila, José Luis Sola, Richard Wiegold, Itziar de Unda, Josep Fadó, David Sanchez. Dirección: Alessandro Vitiello. Dirección de escena: Luca Ronconi. 16 de febrero de 2019.
 
El conjunto de voces encabezado por Silvia Dalla Benetta, Daniela Barcellona y Simón Orfila se movió con poderío por un montaje estático y sin sentido // ABAO-OLBE / E. MORENO ESQUIBEL
 
El programa de mano exponía el por qué, o para qué, el ya fallecido Luca Ronconi prescindió en su Semiramide de una representación convencional sustituyéndola por una neutra, atemporal, sintética, cargada de simbolismos difíciles de apreciar –de ahí, la explicación–, todo ello muy discutible. La acción queda desprovista casi totalmente de movimiento escénico sin la presencia del coro, es decir el pueblo, la ciudadanía, que se representa por figuras que surgen del suelo y desaparecen (¿sumergiéndose en un inframundo?) con los actores casi siempre movidos (en lugar de moviéndose) sobre elementos neutros. Tampoco se buscaba belleza, aunque sí es verdad que todo tenía un gran impacto visual, junto a una iluminación, de Pamela Cantatore, bien lograda y siempre subrayando la figura, logrando realzar adecuadamente los personajes. Algnos espectadores habrán gustado de esta visión de la obra, pero otros muchos habrían preferido una versión clásica que no sustrajera la acción teatral que Semiramide como ópera, por su longitud y su embrollado argumento, parecen requerir. El vestuario de Emannuel Ungaro, más bien rebuscado, quiso impactar con el medio desnudo de la protagonista, aunque en estos tiempos eso no es novedad.
Pero si desde una perspectiva teatral la representación sedujo poco, la vertiente musical trajo una espléndida compensación. No hubo fallos: todo sonó preciso bajo una dirección segura de pulso firme con que Alessandro Vitiello llevó a la Bilbao Sinfonikoa, que tuvo una actuación más que sobresaliente, y al Coro de Ópera de Bilbao –esta vez cantando desde el foso–, que volvió a emplearse con la espléndida precisión, cohesión y poderío vocal con que están caracterizando sus actuaciones. Los tempi se distribuyeron con adecuada viveza permitiendo a los cantantes resolver las muchas dificultades a que la partitura les obliga, sin caer en premiosidad alguna. Y el elenco estuvo de principio a fin en estado de gracia.
La soprano Silvia Dalla Benetta hizo alarde de una voz bella, potente, dominando con soltura las agilidades y en los momentos vitales se manifestó con una soberbia expresión dramática. No le fue a la zaga ni en técnica ni en voz ni en expresión la mezzo Daniela Barcellona, igualmente poderosa y expresiva en el papel de Arsace, que tuvo además una actuación teatral de primera. A la altura de ambas brilló Simón Orfila, con una perfecta línea de canto y variedad expresiva en sus miedos y en sus furias; su dúo con Semiramide fue impresionante, como lo fue el de ésta con Arsace. Solvente y eficaz Richard Wiegold, que supo dar empaque y autoridad a su rol de Sumo Sacerdote. Jose Luis Sola mostró su finura y estilo en todas sus agilidades, aunque por momentos su voz se escuchó algo velada. Itziar de Unda hizo una gran Azema, luciéndose en este pequeño papel, y tanto José Fadó como David Sánchez supieron cumplir con acierto sus roles menores. Un trío protagonista de verdadera altura, coro, orquesta y dirección de primera: las claves de un éxito.  * José Miguel BALZOLA