Festival de Aix-en-Provence 
Bizet CARMEN
Stéphanie d’Oustrac, Michael Fabiano, Elsa Dreisig, Michael Todd Simpson. Dirección: Pablo Heras-Casado. Dirección de escena: Dmitri Tcherniakov. Grand Théâtre de Provence, 8 de julio de 2017.
 
Dmitri Tcherniakov ofreció su lectura de Carmen en Aix-en-Provence © Festival de Aix-en-Provence / Patrick Berger 
 
El método Tcherniakov de cuestionamiento radical de las obras llevadas a escena volvió a funcionar a toda potencia en Carmen, un título ante el cual el propio director ruso confesaba en el programa de mano que sentía reticencias. Evitar toda la imaginería asociada a la ópera de Bizet, ya sea en versión folclórica o actualizada, era más que de esperar, también hasta cierto punto la reescritura de los diálogos hablados. No tanto que Dmitri Tcherniakov centrase el foco en Don José, del cual se asistió a su tragedia. O, mejor dicho, a la tragedia del hombre que hace de Don José, ya que toda la representación girará alrededor de un gran juego de rol, una terapia a la cual una esposa preocupada inscribe a su hastiado marido para que vuelva a sentir alguna emoción en su vida. ¿El argumento del juego? Carmen, por supuesto.
En una gran sala aséptica –Tcherniakov firma también decorado y, junto a Elena Zaitseva, vestuario–, este ficticio Don José irá interactuando con el resto de jugadores, todos perfectamente identificados con un cartel, incluyendo una Carmen que entra precipitadamente para su habanera, más cómica que seductora. Con una precisión diabólica, Tcherniakov va cerrando el círculo sobre el protagonista, que pasa de la desgana a una plena participación que va más allá de lo deseable. Sus arrebatos violentos preocupan a Carmen, pese a las palabras tranquilizadoras del administrador del juego, hasta que la mente de Don José se derrumba. El director ruso remacha el último clavo en el cuarto acto, con la repetición acelerada de todas las acciones vistas en el primero con un doble de Don José, mientras el auténtico lo contempla estupefacto. Al final, todos celebran su supuesta curación, pero el pobre hombre se hunde en la desesperación ante la mujer que –cree– ha asesinado brutalmente. Se puede discutir el tratamiento de shock que aplica Tcherniakov, pero su virtuosismo teatral es deslumbrante.
Desde el foso, Pablo Heras-Casado impuso una lectura apasionante de la obra maestra de Bizet, ofrecida en una edición harto completa. Conjugando una sensualidad tímbrica que resaltó colores y texturas con una férrea pulsión rítmica, el director granadino condujo con mano maestra el tránsito de comedia colorista a tragedia incontenible. A la espléndida prestación de la Orquesta de París hay que sumar la buena labor del Coro Aedes, entregado también a nivel escénico.
El derroche de energía vocal y física desplegado por los protagonistas fue otro de los puntales de la representación, sobre todo el Don José de Michael Fabiano, sobre cuyas espaldas residía buena parte de la propuesta. El tenor norteamericano posee las reservas de metal suficientes para las escenas más dramáticas y la ligereza de emisión ideal para los momentos más delicados del personaje. Stéphanie d’Oustrac no necesitó hinchar artificialmente su voz ni recurrir a efectos vulgares para encarnar una Carmen de gran inteligencia musical, que fue creciendo a lo largo de la velada. El montaje reserva a Micaëla un papel más activo que el habitual –la preocupada esposa que entra de forma inesperada en el juego–, circunstancia que aprovechó de forma óptima Elsa Dreisig con una voz radiante. Los secundarios fueron impecables, con lo que la única decepción vino del Escamillo corto de agudos y de personalidad de Michael Todd Simpson. Un detalle que no empañó una representación sorprendente.  * Xavier CESTER