Festival de Aix-en-Provence
Cavalli ERISMENA
Francesca Aspromonte, Carlo Vistoli, Susanna Hurrell, Jakub Józef Orliński, Alexander Miminoshvili. Dirección: Leonardo García Alarcón. Dirección de escena: Jean Bellorini. Théâtre du Jeu de Paume, 9 de julio de 2017.
 
 Erismena de Cavalli volvió a la vida en el Théâtre du Jeu de Paume © Festival de Aix-en-Provence / Pascal Victor 
 
La recuperación del extenso catálogo de Francesco Cavalli, uno de los máximos representantes de la ópera veneciana de mediados siglo XVII, continúa sin pausa, con Leonardo García Alarcón ejerciendo como uno de sus más estimulantes impulsores. Después de Elena en 2013, el director argentino ha vuelto al Festival de Aix con otra joya, Erismena, estrenada en 1655. El rocambolesco libreto, lleno de travestimentos, personalidades fingidas y relaciones familiares inesperadas, dio pie a Cavalli a crear una partitura irresistible, en la cual su dominio del recitar cantando se ve complementado por arias de una carga expresiva inversamente proporcional a su duración. García Alarcón azuzó a los aguerridos instrumentistas de su Cappella Mediterranea para mantener una tensión permanente y enfatizar los cambios inesperados de registro.
El tamaño óptimo del Théâtre du Jeu de Paume ayudó al impacto de la representación, propiciando una proximidad con músicos y cantantes que atrapó a los espectadores. El multinacional reparto contaba con voces jóvenes y frescas que saborearon con fruición los elementos más amorales del libreto de Aurelio Aureli. La voz jugosa y el fraseo incisivo de la Erismena de Francesca Aspromonte se complementaron a la perfección con el timbre más claro y el canto más dulce de la Aldimira de Susanna Hurrell. No menos contrastados fueron los tres remarcables contratenores: Jakub Józef Orliński como un brillante Orimeno con apreciables aptitudes para el break dance; Carlo Vistoli con un instrumento más terso ideal para los acentos más tiernos de Idraspe, y un contundente Tai Oney como Clerio. El maquillaje no pudo disimular la juventud de Alexander Miminoshvili, autoritario Erimante, mientras que la desopilante Alcesta de Stuart Jackson robó todas las escenas en que apareció.
La producción de Jean Bellorini tuvo como principal mérito clarificar la confusa acción, aprovechando el máximo el exiguo espacio disponible. Una red móvil ofrecía inesperadas oportunidades escenográficas que el director francés aprovechó, mientras que el bosque de lámparas aportó momentos de poesía, pero también de diversión. El vestuario de Macha Makeïeff parecía ser fruto del saqueo a un almacén de ropa vintage de los 70 y 80, con una calculada mezcla de estilos y géneros que casaba con la libertad formal de la ópera de Cavalli.  * Xavier CESTER