Ópera Nacional de Chile
Verdi RIGOLETTO
Sebastian Catana, Sabina Puértolas, Yijie Shi, Judit Kutasi, Alexey Tikhomirov, Ricardo Seguel. Dirección: Maximiano Valdés. Dirección de escena: Walter Sutcliffe. Teatro Municipal, 14 de julio de 2017.
 
 
Sebastian Catana y Sabina Puértolas, Rigoletto y Gilda en Santiago de Chile © Ópera Nacional de Chile / Patricia Melo 
 
Un sector del público abucheó la dirección de escena de Walter Sutcliffe y su equipo. Sin embargo, esta tuvo momentos de valor dramático que no se deben desconocer. El regista situó la acción en la actualidad para dar cuenta de una historia terrible que aborda como un psicodrama. Rigoletto vive en un espacio demarcado por su propia conciencia y por eso es que la maldición cae sobre él y se transforma en una suerte de profecía autocumplida. Ese espacio nocturno y tenebroso por el que él deambula es una prolongación de su mente que no le deja en paz jamás.
Hay ideas ricas en contenido, como vestir a Gilda como una adolescente de 14 años, con coletas y en pijama, lo que hace más insoportable la crueldad del tema expuesto. También cuadros pavorosos, como el camino hacia la muerte, con la chica en medio de sus asesinos. Y ese atractivo juego de convenciones teatrales con padre e hija supuestamente escondidos observando, en medio de ellos, las relaciones de Maddalena y el Duque. El final mismo es de fuerte impacto, con el cadáver de Gilda abandonado, mientras el padre se pierde otra vez en su propia oscuridad.
Es cierto que la primera escena del primer acto parece extraña, con esa desagradable visión anatómica del cuerpo de un hombre con giba. Tampoco se sabe con certeza si la fiesta se desarrolla en una corte con muy mal gusto para vestirse –incluido el Duque– o es la bacanal de un mafioso y sus rufianes. Salvo eso, el resto no puede ser apreciado de forma literal, sino tratando de experimentar este viaje hacia las tinieblas de la mente y del corazón que propone, con acierto, el director de escena.
Maximiano Valdés fue un guía certero para este Verdi oscuro y trágico; su lectura fue sencilla y cuidadosa, preocupada sensiblemente por las voces y su expresividad. Al inicio de la función se anunció que el rumano Sebastian Catana estaba afectado por un cuadro alérgico pero que, a pesar de eso, iba a cantar. La afección pudo notarse levemente en el “Pari siamo” y al inicio del dúo “Piangi, fanciulla”, pero el barítono actuó con el alma y la voz tronó, en todo el registro, con una seguridad a ratos apabullante. Hay que decir que su Rigoletto no es tan conmovedor como impresionante; estremece porque uno observa algo así como la caída de un súper hombre, una suerte de titán hecho pedazos.
La soprano española Sabina Puértolas fue una preciosa Gilda. Dueña de una voz lírico-ligera que maneja con liviandad y absoluto imperio, es además una actriz sensible que sabe cómo comunicar el camino desde la inocencia a la autodestrucción. Si bien su voz no es suficiente para el cuarteto del último acto, no se olvidarán su exacta coloratura, sus pianísimos flotados y su musicalidad. Fue ovacionada.
El tenor chino Yijie Shi no es voz para el Duque de Mantua, pero canta todas las notas y tiene una facilidad de emisión admirable, formada en su experiencia con Rossini. Ese es su repertorio exacto, lo que no quita que construyó con seriedad este Verdi que exige al tenor un material de otro tipo. 
Quizás puede parecer excesivo, pero el timbre y el terciopelo de la voz de la mezzosoprano rumana Judit Kutasi (Maddalena) se parecen a los de Elena Obraztsova. Hubo dos desajustes de afinación en sus escenas, pero el material es el de esas cantantes que ya no existen. Habrá que verla en un rol de mayor compromiso. Correcto y temible sin aspavientos el Sparafucile del bajo Alexey Tikhomirov, y admirable el crecimiento vocal y escénico del bajo-barítono chileno Ricardo Seguel, que cantó un noble y ultrajado Conde de Monterone.  * Juan A. MUÑOZ