Théâtre du Capitole
Meyerbeer LE PROPHÈTE
John Osborn, Kate Aldrich, Sofia Fomina, Dimitry Ivashchenko, Mikeldi Atxalandabaso, Thomas Dear, Leonardo Estévez. Dirección: Claus Peter Flor. Dirección de escena: Stefano Vizioli. 27 de junio de 2017.
 
Dos detalles de la producción de Le prophète concebida por Stefano Vizioli © Théâtre du Capitole
 
Tras Robert le diable (1831) y Les Huguenots (1836), Le Prophète (1849) fue la tercera colaboración entre Eugène Scribe y Giacomo Meyebeer. La obra, de formato grand-opéra, trata un tema histórico transcendente, en cinco actos, con un ballet durante el tercero y una enorme cantidad de música y de voces. Es por ello que obras de este género se programan con rara frecuencia. Añádanse las consecuencias de la mala prensa que se hizo a Meyerbeer en su día (ÓPERA ACTUAL 1) –y que se mantiene en la actualidad– y se comprenderá el interés de esta valiente iniciativa tolosana.
Le Prophète trata sobre el personaje histórico Jan Bockelson –Jan van Leiden o Jan Beukelszoon o Johann Bockold o Jean de Leyde–, que en el siglo XVI contagió a la ciudad de Münster de su locura anabaptista, una variante de la iglesia reformada que rechazaba el sacramento del bautismo. En la ciudad alemana fue coronado profeta-rey y reinó aplicando el terror, empobreció a sus súbditos, se casó más de veinte veces y murió torturado y quemado a los 27 años.
La escenografía de Alessandro Ciammarughi aunó estilos figurativos de épocas pretéritas –un campo de trigo– con otros, estilizados –una casa con textos poco legibles en las paredes–, más al gusto de hoy. Los cuadros de conjunto –el coro apareció repetidas veces– fueron tratados con suntuosidad, grandeza y solemnidad. En el espacio así creado propuso Stefano Vizioli su puesta en escena, lineal y legible, sin añadiduras ni otras pegas dramáticas, para facilitar a los cantantes su trabajo. Los numerosos movimientos coreográficos que incluían el ballet del tercer acto, todos ellos de buena ley, corrieron a cargo de Pierluigi Vanelli.
Dirigió con fluidez y precisión Claus Peter Flor, sin escatimar decibelios en los momentos de exaltación patriótica y religiosa, y, al mismo tiempo, ahondó en la expresión de la orquesta, los sentimientos de los personajes. El director, atento a partes iguales entre el foso y el escenario, respetó a los cantantes y tuvo en cuenta las características sonoras de la sala, particularmente vivas.
Apláudase la excelente pronunciación francesa de los cantantes teniendo en cuenta que ninguno de los solistas era francés. El estadounidense John Osborn (Jean), tenor de gran generosidad, más heroico que lírico y dotado de notables medios vocales, mostró fuerza en sus múltiples agudos y ciencia en las terribles transiciones del forte –con muchas efes–, al pianísimo. Junto a los principales comprimarios, desplegó en el quinto acto todo su saber, creando un momento de gran fuerza musical. Kate Aldrich (Fides) ganó la confianza y la voluntad del público desde su primera aparición. Cierto es que el personaje de la madre contribuyó al resultado, pero fue en el aria “Dieu, comme un éclair”, en el último acto, cuando puso toda la carne en el asador y mantuvo su rango a la altura del tenor. Otro tanto consiguió la soprano rusa Sofia Fomina (Berthe), que desveló todo su potencial también en el acto que cerró plaza: timbre de calidad, justeza, expresión, comprensión del texto y ganas de quedar bien.
Rómpase una lanza en favor del trío de anabaptistas formado por Dimitry Ivashchenko (Zacharie),el tenor español Mikeldi Atxalandabaso (Jonas) y Thomas Dear (Mathisen), y sin olvidar a Leonardo Estévez en el papel de Oberthal. Aplaudió también el público al coro (Alfonso Caiani), otro protagonista de la obra que convendría poner al nivel vocal y dramático de los tres principales solistas. Finalmente, ya que de grand-opéra se trató, no se olvide el trabajo de los diez bailarines y su aportación a modo de descanso, o incluso de recreo, al compás de una música brillante y nada afín con la historia, en plena mitad de la truculenta trama.  * Jaume ESTAPÀ