Opéra de Lausanne
Mozart DON GIOVANNI
Kostas Smoriginas, Riccardo Novaro, Anne-Catherine Gillet, Lucia Cirillo, Catherine Trottmann, Anicio Zorzi Giustiniani, Ruben Amoretti, Leon Kosavic. Dirección: Michael Güttler. Dirección de escena: Éric Vigié. 9 de junio de 2017.
 
Don Giovanni, en la concepción escénica de Éric Vigié © Opéra de Lausanne
 
La Ópera de Lausana cerró la temporada con una nueva producción del Don Giovanni mozartiano firmado escénicamente por su intendente, Éric Vigié. Este dramma giocoso subió al escenario de la capital del cantón Vaud con un singular melange de ideas y conceptos: el regista recurrió a iconos y estereotipos españolísimos para componer una dirección no exenta de jocosidad. Así, subieron a escena elementos tan variopintos como socorridas peinetas y mantillas acompañando a vestidos de flamenca, Don Ottavio de cordobés, una figura de la virgen del Rocío que se deslizaba sola por el escenario siguiendo a Donna Elvira, embarazadísima de Don Giovanni. Por otro lado, la comitiva nupcial de Zerlina y Masetto estaba integrada por personajes del siglo de oro de la literatura española, quijotes, pícaros y otros caballeretes y mujeres campesinas con cierto aire freak. A todo ello, un mini-Velázquez aparecía de vez en cuando en escena para ir avanzando en La adoración de los magos, que logró terminar en la penúltima escena, cuando queda sepultada por las llamas que también se llevan al disoluto protagonista. El baile del primer acto es una clara referencia al Juicio final del Bosco. Muchas ideas y referencias, algunas muy manidas, otras de cierta efectividad, como lo fueron la escena del cementerio y la cena con el Comendador, de gran impacto sonoro-visual.
Michael Güttler dirigió a la Orchestre de Chambre de Lausanne con gran empeño y cuidado. Supo extraer en su conjunto ese sonido que se espera de una interpretación mozartiana, con acento en las dinámicas –que apoyan el juego escénico y musical– y en la pulcritud del sonido, con momentos de sentida musicalidad y, cuando fue necesario, del chisporroteo característico del de Salzburgo. Las intervenciones del coro fueron efectivas tal y como se esperaba.
El apartado solista fue llevado a cabo por un equipo de jóvenes cantantes con un resultado en general sólido. Quizás los más mozartianos fueron Riccardo Novaro (Leporello) y Anicio Zorzi Giustiniani (Don Ottavio). El primero ya dejó constancia de su buen hacer en su entrada “Notte e giorno faticar” para terminar de seducir al público en el aria del catálogo y a lo largo de todas sus intervenciones. Giustiniani, dotado de un instrumento blanquecino pero bien proyectado y mejor fraseado, interpretó una eterna “Dalla sua pace” muy musical y en “Il mio tesoro” hizo gala de su sólida técnica. Anne-Catherine Gillet como Donna Anna estuvo magnífica a lo largo de la representación, aunque un “Non mi dir” carente de delicadeza y con algún escollo técnico le ensombrecería una actuación hasta el momento excelente. Leon Kosavic (Masetto) llamó la atención por la calidad de su instrumento y quedaron ganas de escucharlo más. Lucia Cirillo (Donna Elvira) hizo una interpretación sólida a pesar de un instrumento no siempre agraciado y gustó mucho en “Mi tradí”. Por su parte, la Zerlina de Catherine Trottmann fue correcta sin más, aunque mejor que su compañero en “La ci darem la mano”, Kostas Smoriginas, quien, aunque mostró actitud y prestación escénica, dibujó un protagonista de sombría voz, con una proyección deficiente y abusando de un sonido engolado y cantando casi siempre en forte, incluso en la delicada canción de la mandolina. Rubén Amoretti fue un lujo como un Commendatore que puso los pelos de punta al respetable en sus breves intervenciones.  * Albert GARRIGA