Longborough Opera Festival
Wagner TRISTAN UND ISOLDE
Peter Wedd, Lee Bisset, Geoffrey Moses, Stuart Pendred, Harriet Williams, Stephen Rooke. Dirección: Anthony Negus. Dirección de escena: Carmen Jakobi. 14 de junio de 2017.
 
Peter Wess y Lee Bisset, Tristán e Isolda en Longborough © Longborough Opera Festival / Matthew Williams-Ellis
 
Ubicado en lo más profundo de la campiña inglesa se erige un pequeño teatro cuya fachada rememora a Bayreuth, donde cada acto se anuncia con una sola trompeta desde un balcón y donde en 2013 se presentó un Anillo completo elogiado por la prensa. Solo quinientos espectadores asisten a cada representación; la orquesta está parcialmente cubierta por el escenario –como en Bayreuth– y las funciones son preparadas meticulosamente. Rodeado de paisajes de increíble belleza, Longborough  es un sueño hecho realidad por su fundador, Martin Graham, y un grupo de valientes mecenas. No fue una sorpresa que esta función también fuera un éxito.
Lee Bisset era toda una furia salvaje como una Isolda poseída por algo muy intenso. Cada microgesto era válido y la Personenregie –como con todos los personajes– era íntima; su transición era también enérgica. A su lado, un Tristán valiente pero ingenuo, un héroe virgen seducido por una maga del amor;  su despertar sexual en el segundo acto fue no solo una novedad dramática sino también muy conmovedor, y al ser descubierto por Marke su vergüenza pasaba del escenario a la platea, donde caían las lágrimas. Peter Wedd podía con la tesitura; la voz segura, baritonal; la postura a veces insegura, pero siempre convincente como un niño que deseaba hacer las cosas bien.
Stuart Pendred era un fiel Kurwenal actuado con destreza; un rol difícil sin caer en el melodrama y con voz sana y comunicativa, al igual que la Brangania de Harriet Williams, quien reflejó al milímetro las reacciones a las demandas de una Isolda fuera de sí. Si bien la voz de Geoffrey Moses se encontraba vacilante, paradójicamente también calzaba con un Rey Marke viejo que se sentía traicionado.
La puesta en escena de Carmen Jakobi era detallada, moviendo bien a los cantantes, y los decorados minimalistas de Kimie Nakano daban una sensación de espacio y misterio.  Anthony Negus dirigió con tremenda autoridad una función cuyo interés dramático no decayó. Su fraseo fue inteligente, tomado a buena velocidad; este fue no solo un Tristan rápido sino coherente. Ya se anuncia un nuevo Anillo para los próximos años...  * Eduardo BENARROCH