Grand Théâtre
Bellini NORMA
Alexandra Deshorties, Rubens Pelizzari, Ruxandra Donose, Marco Spotti, Sona Ghazarian, Migran Agadzhanyan. Dirección: John Fiore. Dirección de escena: Jossie Wieler y Sergio Morabito. 16 de junio de 2017.
 
Alexandra Deshorties protagonizó Norma en Ginebra © Grand Théâtre / Carole Parodi
 
Norma es un personaje poliédrico con profundos sentimientos contradictorios que hacen de él uno de los roles más interesantes del romanticismo operístico: la Norma del deber como suma sacerdotisa, la Norma madre, la Norma amante y despechada y la Norma vengativa. La aproximación a la psique del personaje ya le confiere una dificultad interesante, a lo que hay que sumar dos factores más: el eminentemente musical y la leyenda de los grandes nombres que lo han interpretado. En el aspecto musical, Norma significa la cúspide máxima del bel canto, y lo poliédrico del personaje hay que traducirlo en frases eternas de canto elegíaco junto a estallidos de ira, además de demostrar una sólida técnica y coloratura. Así mismo, artistas como Callas, Caballé o Sutherland, entre otras, han otorgado un halo de misticismo al personaje que añade una dificultad añadida a la labor de cualquier intérprete contemporánea.
La Norma de Alexandra Deshorties es una mujer solitaria y vengativa, muy próxima a Medea. Con timbre penetrante de centralidad envolvente y graves –de pecho– de cierto impacto, Deshorties es una sacerdotisa que acongoja más que despierta compasión. Hizo una entrada impactante en “Sediziosi voci” y en “Dormono entrambi” estuvo francamente bien –quizá su mejor momento–, a la que siguió un bien resuelto dúo “Mira, O Norma”; supo dosificar furia y desgarro en “In mia man al fin tu sei”. Sin embargo, le faltó la elegancia y fraseo necesarios para acometer ese canto elegíaco que es “Casta Diva” o los emotivos “Oh Rimembranza” y el conclusivo “Deh! Non velerli vittime”, que carecieron de la honestidad, delicadeza y sensibilidad necesarias. Deshorties tampoco gustó por una técnica poco refinada que le hacía acometer los momentos de coloratura con imprecisiones, notas falsas y hasta agudos gritados.
A su lado la mezzo Ruxandra Donose (Adalgisa) supo administrar su instrumento, más adecuado quizás para repertorios más pesados, para ofrecer una buena interpretación. La suya es una de Adalgisa delicada en cuanto a canto e interpretación y de grueso instrumento. Se mostró sutil en su aria “Sgombra è la sacra selva”, a la que seguiría una muy correcta escena con Pollione, para despistarse junto a Deshorties en el dúo del primer acto. Rubens Pelizzari (Polione) es un tenor de bonito instrumento con un carnoso registro central y ancho grave, aunque el agudo tienda a colocarlo detrás de la máscara, restando brillantez al sonido. Pudo disfrutarse de su actuación, a pesar de no poseer un depurado estilo belcantista, pero, en realidad, en esta Norma de Ginebra, ¿quién lo tenía? Por su parte, Marco Spoti fue un olvidable Oroveso con una indefinida voz, de extraña proyección y dicción difusa.
El director norteamericano John Fiore fue un verdadero lujo al frente de una muy inspirada orquesta de la Suisse Romande. Esgrimió unos tempi rápidos pero no acelerados, fraseos delicados, dinámicas y contrastes que ofrecieron una muy interesante versión, verdadero eje musical de esta Norma, junto a una magnífica prestación del coro.
La dirección de escena de Jossie Wieler y Sergio Morabito situó la acción en un pueblo de Francia en plena ocupación alemana, pero mantenía los ritos celtas y los druidas en plena época moderna. Todo se desarrolló en un mismo espacio, que resultó ser una antigua iglesia abandonada en la que, dentro de un armario, Norma tiene su lecho, al lado del antiguo altar. La propuesta escénica, no exenta de polémica, justifica un cambio intemporal, pero mantiene casi intacta la esencia de Romani, con un trabajo de actores profundo que le otorgaron de veracidad e impacto dramático.  * Albert GARRIGA