Teatro de La Zarzuela
Arrieta MARINA
Olena Sloia, Alejandro del Cerro, Damián del Castillo, Ivo Stanchev, David Oller, Graciela Moncloa, Antonio González. Dirección: Ramón Tebar. Dirección de escena: Ignacio García. 15 de junio de 2017.
 
El Teatro de La Zarzuela repuso Marina en el montaje de Ignacio García © Teatro de La Zarzuela / Javier del Real
 
La siempre bien recibida Marina se repuso en el Teatro de La Zarzuela con no poca expectación y una visión renovada. Frente a la apuesta por las voces más conocidas de hace unos años y la alargada sombra de Alfredo Kraus, se optó en esta ocasión por contar con un trío protagonista formado por cantantes de garantías pero lejos de las grandes figuras, y que rindió en líneas generales a un nivel más que respetable. La partitura en versión operística se deja querer, con un color tímbrico inacabable y una capacidad expresiva en plena madurez, por mucho que su extroversión le juegue alguna mala pasada que otra.
El director musical, Ramón Tebar, propuso una lectura enfebrecida a ratos, en ocasiones hasta onírica, que favoreció mucho el empuje que habitualmente se echa en falta en la ORCAM. Las citas al Donizetti de Lucia o al Verdi de la trilogía popular se subrayaron adecuadamente, sin ostentación ni exceso de recato. En el lado menos positivo también se vio como ese entusiasmo se llevaba por delante en ocasiones a las voces menos ligeras o a los coros rítmicamente más complejos. El libreto, punto débil de la ópera –por lo atropellada de su prosodia y exceso de ripio–, fue dicho con toda la naturalidad posible y defendido con convicción por todo el elenco.
En lo vocal la soprano Olena Sloia tenía que asumir la complicada papeleta de Marina, un personaje que cabalga a caballo entre la coloratura y el instinto dramático, sin acabar de decidirse por ninguno de ellos. Tras un inicio algo dubitativo fue creciendo en escena hasta clausurar con su endiablada aria final a nivel superlativo: su voz tiene facilidad en el agudo y un registro medio con más terciopelo que mordiente, aunque todavía no maneja con soltura los graves ni dramatiza de manera convincente cuando la partitura crece en exigencia. Sin embargo, cada nota estuvo en su sitio, aun tardando más de la mitad del primer acto en transmitir su enamoramiento al esqueleto del canto. Con todo, convenció y se llevó una merecida ovación –la más intensa– al acabar el espectáculo.
Algo parecido ocurría con Alejandro del Cerro, una voz lírica con proyección, brillo y potencia suficiente como para no dejarse devorar por el tutti de la orquesta. Su papel se mueve en ocasiones en registros incómodos, y más allá de alguna duda puntual siempre salió airoso. Damián del Castillo construyó un Roque algo pánfilo en lo dramático pero muy solvente en lo vocal, acompañado por un Pascual de Ivo Stanchev perfecto en su rol de contrapeso.
El montaje de Ignacio García ya era conocido pero mantiene un encanto marítimo que parece llenar de salitre los pies de los espectadores de las primeras filas. A destacar la bellísima iluminación, que regaló un amanecer final inolvidable, y un vestuario alejado de los clichés que imperan tras la escena. Gran éxito, de nuevo, de Marina. * Mario MUÑOZ