Festival de Glyndebourne
Cavalli HIPERMESTRA
Raffaele Pe, Emöke Baráth, Benjamin Hulett, Ana Quintans, Mark Wilde, Renato Dolcini. Dirección: William Christie. Dirección de escena: Graham Vick. 4 de junio de 2017.
 
Emöke Baráth y Ana Quintans, dos de las protagonistas de Hipermestra © Festival de Glyndebourne / Tristram Kenton
 
Tómese una obra poco conocida del periodo barroco, agréguese un director más que experto en este repertorio al clavecín, cantantes-actores jóvenes y una puesta en escena imaginativa y coherente; póngase todo esto en un teatro moderno rodeado de una de las campiñas más bellas del mundo y, ¿qué se obtiene? Una de esas raras experiencias operísticas que van contracorriente.
La propuesta escénica de Graham Vick de esta ópera de Cavalli es lujosa, los diseños de Stuart Nunn ubican la acción en un mundo moderno, rico por el petróleo, pero amenazado por sus vecinos. ¿Suena familiar? Dentro de este contexto la acción es ágil; las emociones, enormes, y todo funciona de forma coherente sin siquiera una mención de la palabra alemana Konzept. La acción comenzaba con un apasionado dúo entre Hipermestra y Linceo, cargado de sensualidad, contrastando con el destino de sus 49 hermanos, asesinados por sus –49– esposas para proteger el reino de Danao (de ahí nacen las Danaides). Linceo escapa, pero Hipermestra es encarcelada por su padre por su desobediencia. Esta es una historia que como toda tragedia griega hace que los personajes se encarguen de confirmar las profecías que tratan de evitar. Al final Danao es asesinado y Linceo se da cuenta de que Hipermestra le ha sido siempre fiel y hay un final relativamente feliz.
El mismo William Christie participó de la acción con humor y elegancia, con él y los diez músicos vestidos de forma árabe. Si la acción fue inteligente, la música fue excepcional. Para esta ópera Cavalli no escribió arias, sino escenas: es como un Wagner barroco. Cada momento mueve al drama como si fuese teatro con música. Si el lector piensa que se trata de algo aburrido con mucha declamación, se equivocará, ya que Hipermestra es una joya del repertorio. Cada detalle está bien elaborado, y así Vick lo entendió.
No existe Brexit en la ópera: el director era americano y los cantantes procedían de Portugal, Italia, Brasil y Hungría, además de contar con algunos elementos locales. Raffaele Pe fue un ardiente Linceo, contratenor valiente y de bellísimo sonido. Emöke Barath no solo fue una bella Hipermestra, sino que cantó con gran pasión. Ana Quintans descolló como Elisa, una mujer despechada que, sin embargo, es fiel y al final consigue a su hombre, Arbante, un rol difícil de actuar llevado a buen puerto por Benjamin Hulett. Como el torturado Danao triunfó Renato Dolcini, mientras que Mark Wilde se divirtió descaradamente como Berenice, un rol puente entre los buenos y los menos buenos. Diez cantantes excelentes y otros tantos músicos también magníficos crearon una obra casi perfecta. Fuera de la sala brillaba el sol y esperaban los deliciosos picnics con champán; dentro, el teatro se convertía en realidad. Así vale.  * Eduardo BENARROCH