Opéra National de Paris
Rossini LA CENERENTOLA
Juan José De León, Alessio Arduini, Maurizio Muraro, Chiara Skerath, Isabelle Druet, Teresa Iervolino, Roberto Tagliavini. Dirección: Ottavio Dantone.  Dirección de escena: Guillaume Gallienne. Palais Garnier, 14 de junio de 2017. 
 
Teresa Iervolino y Juan José De León fueron Cenerentola y Don Ramiro en París © Opéra National de Paris / Vincent Pontet
 
La noche empezó muy bien gracias a Ottavio Dantone: la orquesta pareció divertirse interpretando la obertura de forma vivaz y alegre también. Aunque el foso se impuso a los cantantes en más de una ocasión, fue también un apoyo permanente y eficaz –ritmo, fuerza y precisión– para ellos durante toda la velada.
En conjunto, los artistas sobre el escenario echaron a perder cuantas ocasiones se les brindaron para crear momentos de sabor rossiniano. Por ejemplo, el final del primer acto o incluso el esperado sexteto del “Questo è un nodo avviluppato”. Faltó precisión y, sobre todo, coordinación. Además, cuando la partitura aumentaba el tempo, los cantantes todos iban perdiendo las consonantes por el camino, quedándose con las vocales y, al cabo, solo se oía una pasta sonora no identificable.
Ya al levantarse el telón parecieron los intérpretes paralizados ante el esfuerzo a realizar. Algo mejoraron las cosas con la intervención de Teresa Iervolino (Cenerentola) en “A ponente ed a levante...”, pero fue Roberto Tagliavini (Alindoro) quien provocó el primer aplauso tras su larga intervención del primer acto (“Sublima il pensiero…”). Esta primera ovación fue seguida por otras, pues el público, de buena pasta, quiso alentar a los cantantes y salvar la noche.
Iervolino mostró en su aria final disponer de una voz grave, sin dificultades, con bellos agudos, flexibilidad y potencia. Su dicción italiana no fue muy comprensible sin embargo y su emisión algo nasal en los registros bajo y medio afeó su trabajo. El timbre de Juan José de León (Don Ramiro) en el registro agudo no envidió al de nadie y, habiendo ganado el tenor la confianza en sí mismo, mostró en varios momentos toneladas de potencia que el público premió. No obstante, y como en el caso del resto de sus compañeros, su canto perdía eficacia cuando la orquesta marcaba ritmos acelerados. Maurizio Muraro (Don Magnifico) no aprovechó el momento que le brindaba “Un magnifico mio sogno…” para imponer su ley. Siguió a su aria un silencio sepulcral en la sala. Por desgracia, si bien Chiara Skerath (Clorinda) e Isabelle Druet (Tisbe) defendieron correctamente sus roles dramáticos en el escenario, sonaron sus voces con demasiado metal, ofendiendo así los oídos del público. Pásese un velo muy tupido sobre el trabajo de Alessio Arduini (Dandini), en particular por su desagradable timbre rugoso y rasposo, su falta de precisión y otros errores de ritmo por doquier.
Esta fue la primera aparición como director de escena de ópera de Guillaume Gallienne, actor de cine y de teatro muy conocido y justamente apreciado en Francia. Trabajó individualmente con los cantantes con intensidad e introdujo chistecillos y alguna grosería de poca monta. Vistió de novia –de blanco– al coro femenino, pensando, tal vez, en el célebre film de Buster Keaton Siete ocasiones (1925). Vale decir que la escenografía de Éric Ruf separó sin cesar a los cantantes unos de otros, con lo cual el canto rossiniano perdió, por este solo hecho, muchos puntos.  * Jaume ESTAPÀ