Opéra-Comique
Saint Saëns LE TIMBRE D’ARGENT
Raphaëlle Delaunay, Edgaras Montvidas, Hélène Guilmette, Tassis Christoyannis, Yu Shao, Jodie Devos.
Dirección: François-Xavier Roth. Dirección de escena: Guillaume Vincent. 13 de junio de 2017.
 
Guillaume Vincent se encargó de la puesta en escena de Le timbre d’argent © Opéra-Comique / Pierre Grosbois 
 
El teatro de la Opéra-Comique de París abrió finalmente sus puertas tras más de dieciocho meses de obras y, si bien la mayor parte de la transformación quedó oculta a los ojos del público por ser de carácter técnico, la sala brilló con mil colores. Se escogió para la ocasión un título poco habitual, Le timbre d’argent (1877), de cuya resurrección se esperaba mucho y, a juzgar por los aplausos finales, los parisinos quedaron colmados con el espectáculo. Ya la obertura –sublime, un poco larga– dio una buena indicación de lo que sería la noche: trabajaron admirablemente las maderas y François-Xavier Roth extrajo de la orquesta Les Siècles una gran fineza de ejecución –característica de la música francesa–, no exenta de una cierta acidez de timbre. La partitura, de estricta confección gala, pudo hacer pensar en Charles Gounod en los pasajes más líricos y también en Jacques Offenbach durante un par de furiosos galops. No se olvide además, la indispensable españolada, a la manera de la de la sala de juego de La Traviata de Verdi.
 
El timbre del título  consistió en una campanilla de aquellas vistas en las recepciones de los hoteles de las películas americanas: quién la tañía invocaba al diablo y este le daba oro, pero al tiempo robaba la vida de algún amigo o pariente del agraciado. Conrad, el protagonista, está enfermo y sufre un fuerte delirio en Nochebuena. Durante su pesadilla, enamorado de una bailarina, abandona a su novia e impulsado por el propio diablo utiliza el timbre. En consecuencia, mató a su futuro suegro y a su mejor amigo. El joven evita la condena eterna en el último segundo, gracias a la generosa intervención de su amada Hélène, tal Don Juan Tenorio salvado de la quema por Doña Inés. Tras superar Conrad su delirio, pasada la terrible Nochebuena, la cosa acaba en boda.
 
La escenografía, firmada por James Brandilly, utiliza con cordura y arte algunos números de prestidigitación –palomas, pañuelos y bastones aparecieron y desaparecieron– de Benoît Dattez y técnicas de vídeo pensadas por Baptiste Klein. Guillaume Vincent, el director de escena, pudo así ocuparse con mayor eficacia de los actores. Añádase que, puesto que el objeto del delirio de Conrad era una bailarina –rol impecablemente interpretado por Raphaëlle Delaunay, con fluidez y un necesario descoco–, el director tuvo que contar también con la ayuda del coreógrafo Herman Diephuis. El equipo, bien unido, realizó un extraordinario trabajo de conjunto en la puesta en escena del espectáculo.
 
Otro tanto se dirá de las voces. Hélène Guilmette fue una Hélène dulce y enamorada de su poco fiel –en sueño– Conrad. Su timbre cristalino y su perfecta dicción dieron una idea muy feliz del sufrido personaje. También, y con idénticas características, se juzgó positivamente el trabajo de Jodie Devos en el papel de Rosa, su hermana. Fue Tassis Christoyannis (Spiridon) quien se llevó el gato al agua en las voces masculinas. Ciertamente el barítono mereció por sus cualidades intrínsecas –fuerza, expresión, buen acento– el descomunal aplauso, pero también por la amplitud de miras que el compositor dio al mágico personaje. A su lado no desmerecieron en absoluto Edgaras Montvidas (Conrad) ni, sobre todo, Yu Shao en el papel de Bénédict. Pero, las voces que mejor merecieron el aplauso del público fueron, con gran justicia, las de los miembros del coro Accentus, que realizaron en esta ocasión un trabajo inolvidable, por la versatilidad y la fluidez de sus cantos.  * Jaume ESTAPÀ
 
 
 

 

Share this: