Baluarte
Recital JUAN DIEGO FLÓREZ
Obras de Rossini, Mozart, Leoncavallo, Puccini, Massenet y Verdi. Vicenzo Scalera, piano. 10 de junio de 2017. 
 
Fue en 2004 la primera vez que Juan Diego Flórez –Premio ÓPERA ACTUAL 2011– acudió a Pamplona para ofrecer una versión concertante de La donna del lago junto a otro afamado tenor, Gregory Kunde, y ya entonces dejó un recuerdo imborrable en una velada organizada por AGAO. Aunque volvió a la capital navarra en otra ocasión con posterioridad, el concierto objeto de esta reseña se recordará por la generosidad, la conexión con el auditorio y la excelsa calidad de cuanto allí se escuchó. Comenzó el recital, muy bien estructurado, calentando la voz con unas canciones de Rossini al que siguió un bloque dedicado a Mozart con dos arias, una de El rapto del serrallo y otra de Mitridate, que se permitió introducir y comentar su discutida autoría. Realmente no se entiende por qué no ha frecuentado este compositor en escena, ya que reúne todas las cualidades necesarias para brindar unas versiones de libro. Concluyó la primera parte con su autor fetiche, Rossini, y su Otello, del que cantó la endiablada aria “Che ascolto? Ahimè”: demostró por qué ha sentado cátedra en este repertorio, con un despliegue de toda suerte de agilidades perfectamente emitidas y consiguiendo del público una unánime respuesta de entusiasmo.
La segunda parte comenzó con una serie de canciones de Leoncavallo –entre las cuales incluyó la famosa Mattinata para gozo y deleite del respetable–, a la que siguieron dos arias puccinianas, la célebre “Firenze è come un’albero fiorito” de Gianni Schicchi y “Che gelida manina” de La Bohème, en las que volvió a enseñar lo que es cantar con buen gusto, elegancia, generosidad y sabiendo transmitir emociones. Es cierto que es un repertorio alejado de sus características vocales, que necesitaría de una mayor densidad vocal y una zona grave más cuajada, pero en un recital y acompañado de piano es perfectamente legítimo este acercamiento a compositores que están fuera de su repertorio.
La siguiente intervención fue quizá el punto álgido del recital, con la interpretación de “Pourquoi me réveiller” de Werther, ópera que ha incorporado ya a su repertorio y que sabe abordar a la perfección, salvando esas pequeñas carencias ya mencionadas y suplidas por el calor de una voz redonda, uniforme y perfectamente emitida con una elegancia que solo los grandes han sabido ofrecer. Concluyó el concierto con dos piezas verdianas, “La mia letizia infondere” de I lombardi y “De’ miei bollenti spiriti… O mio rimorso” de La Traviata, en la que la complicidad con el público era ya total, permitiéndose bromear relajadamente sobre una molesta flema que le hizo interrumpir la última pieza y comenzarla de nuevo acabándola con su cabaletta y con un soberano y mantenido agudo que hizo poner al público en pie y dar comienzo a una atronadora sesión de aplausos.
Tras la aclamación llegó la tanda de propinas, que se convirtió en una auténtica tercera parte de la velada. Como viene siendo ya habitual en él, la comenzó, guitarra en mano, con tres populares canciones –La flor de la canela, Cucurrucucú Paloma y Solo le pido a Dios– que consiguieron la esperada respuesta del público. Volvió a salir acompañado de su pianista, Vincenzo Scalera –discreto y atento en todo el recital–, para interpretar “La donna è mobile”, la jota del Trust de los tenorios y finalizar poniendo la guinda con los nueve Do de pecho de La fille du régiment. Sobran comentarios ante el delirio de un auditorio que aplaudió puesto en pie todas y cada una de sus propinas. Pamplona espera ya su regreso.  * Alberto OSÁCAR