Opéra National de Lorraine
Richard Strauss ARIADNE AUF NAXOS
Volker Muthmann, Josef Wagner, Andrea Hill, Michael König, Ju In Yoon, LorinWey, Thomas Florio, Andrew McTaggar, Amber Wagner, Beate Ritter, Alexander Sprague, John Brancy, Jan Stava, Christophe Berry, HeeraBae, Lucie Roche, Elena Galitskaya. Dirección: Rani Calderón. Dirección de escena: David Hermann. 6 de junio de 2017. 
 
Dos detalles del montaje de Ariadne auf Naxos en la visión de David Hermann © Opéra National de Lorraine
 
La noche concluyó brillantemente. Amber Wagner (Ariadne) y Michael König (Bacchus) brindaron un diálogo final de campanillas; las dos voces compaginaron sus particularidades en un todo y crearon un momento de bellísima música y de gran emoción. Voces potentes, de bello timbre, sin afeites ni postizos, fueron capaces de pasar del forte –sin gritos– al piano con facilidad pasmosa. Sabían perfectamente lo que estaban cantando, expresando con fuerza el misterio que les envolvía. Con el apoyo de la orquesta, bajo la batuta de Rani Calderón –magistral en este momento–, alcanzaron la dimensión requerida por el autor y llevaron al cénit la conclusión de la noche lírica.
 
Ya en su lamento la soprano había dado claras muestras de su valor artístico, por la potencia contenida, el sentimiento, la tristeza de su cantar. Poco o nada necesitó entonces actuar para transmitir sus sentimientos, su penar y su adoración –y su resentimiento– hacia Teseo, el ser amado.
 
Andrea Hill (el compositor) empezó su actuación con falta de expresión y su emisión estrecha dio del personaje una idea de fragilidad no exenta de la voluntad del libretista. A través de las desastrosas noticias que fue transmitiendo el mayordomo –Volker Muthmann, muy en su papel–, la mezzo fue reforzando su canto y ensanchando la voz hasta conseguir la justa dimensión del personaje al cabo del prólogo. La actuación de Beate Ritter –Zerbinetta vivaz y coqueta– estuvo a la altura de su canto; dio lo mejor de sí misma en la célebre aria y, a pesar de alguna nota aguda fuera de control, demostró flexibilidad y presencia escénica. Sobresalieron, entre los demás comprimarios –todos ellos a muy buena altura–, Josef Wagner (Musiklehrer) y John Brancy (Arlequín).
 
La escenografía de Paul Zoller fue fiel a las indicaciones del libreto. Déjese de lado el pasillo con las tres puertas de los camerinos, no exentos de humor, en el que el tenor, la soprano, Zerbinetta y su troupe preparaban sus cometidos en el prólogo. Apláudase en cambio la escenografía de la ópera, consistente en dos plataformas imbricadas e independientes: en la de la izquierda, un bosque en cartón piedra en el que se ubicaban Zerbinetta y sus compinches; en la de la derecha, un lugar sórdido y sombrío que podría ser la parte postrera de un escenario. Allá se desconsolaba Ariadne. Las dos plataformas se separaron para dar espacio al diálogo final.
 
David Hermann dirigió a sus actores con muchos aciertos –logró la conjunción de los dos estilos teatrales a la perfección– y algunas incrustaciones que hubiese podido ahorrarse. No fueron de mal gusto, pero interrumpieron la continuidad de la acción, al menos en dos momentos muy señalados: durante el monólogo de Zerbinetta y en las penúltimas notas del diálogo final. No fue poco.  * Jaume ESTAPÀ