Teatro dell’Opera
Berg LULU
Agneta Eichenholz, Jennifer Larmore, Martin Gantner, Willard White, Brenden Gunnell, Zachary Altman, Charles Workman. Dirección: Alejo Pérez. Dirección de escena: William Kentridge. 19 de mayo de 2017.
 
Lulu, en una propuesta escénica de William Kentridge, en Roma © Teatro dell’Opera / Yasuko Kageyama
 
Lulu regresaba a Roma después de 49 años y esta vez lo hizo con el tercer acto completado por Friedrich Cerha. Aunque las casi cuatro horas de duración resultaron un poco duras para los espectadores, la representación fue acogida con sonoros aplausos, porque no faltaron en ella los elementos que satisfacen el gusto del público, desde el erotismo al thriller casi cinematográfico que culmina sus muchos momentos de suspense con el asesinato de Lulu. Estos, sin embargo, serían aspectos solo superficiales. Profundizando un poco, puede reconocerse en Lulu la personificación de la mujer moderna y emancipada que con su libertad, simbolizada por su sensual falta de prejuicios, sitúa a los hombres ante una crisis que pone en evidencia su fragilidad, erosiona sus certidumbres y acaba conduciéndoles a la muerte. Pero hay algo más. Lulu es un retrato despiadado de la humanidad entera: los diversos personajes son presentados primero como fieras o como máquinas, carecen de sentimientos y todo cuanto acontece lo hace sin causa ni propósito. Nada tiene sentido, ni el amor ni el delito. La violencia expresionista del texto original de Wedekind es sustituida por Berg por una vocalidad fría y con tajantes comentarios orquestales.
William Kentridge firmó un espectáculo muy fiel a Berg, excavando a fondo en el texto y la música para sacar a la luz el significado de la obra en todos sus niveles. De igual modo la escenografía de Sabine Theunissen y el vestuario de Greta Goiris reprodujeron fielmente  la realidad de los años treinta del siglo pasado, aunque siempre aparecía una pared torcida o un color improbable para revelar una hendidura en aquel orden aparente. El elemento más característico de la producción, con todo, sería la proyección en las paredes de unos rostros humanos en trazos negros que se formaban y se deshacían como reflejo del ambiente angustioso de la obra de Berg.
La dirección de Alejo Pérez fue clara y precisa, sin que se le escapara un solo detalle de la partitura, revelando toda la teatralidad que se esconde bajo esta helada superficie. Agneta Eichenholz correspondió con una voz muy dúctil a las muy distintas exigencias del arduo papel protagonista, trazando un completo retrato de la contradictoria personalidad de Lulu. Jennifer Larmore fue una intensa Geschwitz, el único personaje que parece tener sentimientos humanos. Los hombres, aunque tengan a su cargo cometidos largos y difíciles, son como un coro que rodea a la protagonista y se hicieron apreciar colectivamente más que se forma individual. Merecen al menos ser citados Martin Gartner, Willard White, Brenden Gunnell, Zachary Altman y Charles Workman, este último sustituyendo a última hora a un colega indispuesto y cantando a un lado del escenario con la ayuda de un atril.  * Mauro MARIANI
 

 

 
 
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